El escéptico, el espectador: una semblanza de Domingo Michelli; por Carlos Egaña

Foto por Faride Mereb

Foto por Faride Mereb

Como la mayoría de los integrantes de Guaire y Tráfico, Domingo Michelli fue otro alumno más que deambuló entre módulos en la Universidad Católica Andrés Bello. Egresado de la Escuela de Letras, destinó su vida implacablemente al arte. Fue cofundador y editor de uno de los medios de difusión literaria más interesantes de los últimos años, así como profesor de uno de los colegios más reputados de la ciudad. Y, si bien su paso por el mundo literario ha sido fugaz –solo alberga un libro de cuentos publicado póstumamente en librerías: Tristicruel–, este no ha sido en vano; mucho menos insustancial. Es algo misteriosa la figura del joven autor que no dio tiempo para darse a conocer a las masas. Se pretende, pues, en esta semblanza, hacer un esbozo sobre el impasible autor, cuyo esfuerzo y obra literaria han de marcar un antes y un después en las futuras generaciones del entorno cultural.

“Sabía quien era Domingo antes de conocerlo. Siempre me había llamado la atención verlo apartado, frente al salón de clases, con unos audífonos inmensos que le cubrían las orejas y oyendo death-tones a todo volumen. Era un año mayor que yo; es decir, él hacía segundo año mientras yo hacía primero. Un día, se acercó a mí y me regaló un CD, lleno de canciones que había compilado. Así inició nuestra amistad,” dice Isabella Saturno, quien fue su mejor amiga durante sus años universitarios. ¿Quién hubiera dicho que tal par de disociados (¿qué otra manera de ver a un estudiante de Letras bajo los ojos del espectador común?) hubiese fundado Arepa, aquella revista experimental que ha marcado un hito los últimos años?

“Él siempre tuvo la idea de hacer una revista un tanto alternativa en su presentación, como el Rayado sobre el techo de Adriano González León y Salvador Garmendia, que era una hoja plegada. No quería que fuera como un libro, en fin,” explica Saturno en referencia a la fundación de la revista. Bien con cinco números hasta el momento (“el sexto y último ha de ser en tributo a Domingo,” completa la cofundadora), la forma de arepa con servilleta que lleva, siendo el primer elemento una fotografía relacionada a la temática de cada número y el segundo, la revista per se, ha sido un factor clave de su ejecución. Sobre su contenido, que alberga escritos de autores como Cesar Segovia, Fedosy Santaella, Roberto Martínez Bachrich y otros escritores relevantes del momento, comenta Saturno que “Domingo tenía una barra muy alta, cosa que lo llevaba a estar detrás de los escritores todo el tiempo. En esto nos distanciábamos un poco, pues yo creía que a cada autor se le debería dar su libertad creativa. Aún así, él siempre andaba pendiente, guiando cuando necesario el camino de las colaboraciones. No dudaba en decir que un artículo era inútil si lo pensaba.”

Tras leer Tristicruel, hasta ahora, la única obra literaria publicada de Michelli (hasta ahora: “hay al menos una novela y dos poemarios de Domingo que andan inéditos. Todavía lo tendremos por un buen rato,” promete Saturno), es imposible no entrever una ciudad injusta y olvidada, hogar de seres cuya humanidad, tanto en lo físico como en lo psíquico, es puesta en duda. Toca  temas tan extrañamente enternecedores como los niños abandonados en Historia de los barrios escondidos de Caracas, así como aversiones inevitables de una sociedad paranoica en Gerontofobia. La capital del país queda, pues, a través de la ficción, desnuda e impúdica, como una trampa que solo le permite nostalgias a quien osa condenarse en un pasado personal e ilusorio.

            Adalber Salas, gran amigo y editor del autor, indica que “Domingo era un observador implacable de lo que ocurría a su alrededor, capaz de oler la estupidez a kilómetros de distancia y detectar la farsa con una sola mirada.” Así, el autor deja en el texto “comentarios [sobre Caracas] que hubiera querido que los demás escucharan.” De igual forma, Saturno explica que Michelli podía ver ciertos elementos de la ciudad con ternura, así como otros con acidez. Era, su visión de Caracas, “tristicruel,” como se hacen sentir los efectos del contexto en cada uno de sus relatos.

 “Domingo y yo usualmente nos reuníamos para hablar de literatura fantástica y de ciencia ficción. Más que todo de lo último. A mí me gusta muchísimo la ciencia ficción; a él también le gustaba,” expresa Carlos Sandoval, crítico literario y profesor de la Escuela de Letras de la Católica. Y en efecto, el género se ve reflejado en cuentos suyos como en Presovisión, donde se observa, en una Caracas del futuro, un programa de televisión que refleja la vida (y muerte) de círculos de presos; y Carruseles, donde se construye una “motovía” para solucionar los problemas viales de la ciudad. No es de sorprender que su tesis de grado haya versado principalmente sobre Crash, la novela de J. G. Ballard, autor representativo de la Nueva Ola de la ciencia ficción.

Ahora, vale acotar el tono siempre escéptico que le da Michelli a los avances ficticios de la tecnología en sus historias. Así, Salas, quien también fue su tutor de tesis, dice que Michelli “era una persona escéptica con respecto a los bienes de cualquier cosa que se ofreciera gratuitamente, con la facilidad de los milagros, prometiendo resolver los problemas de una sociedad o un individuo particular.” De igual modo, explica que “Domingo escogió hacer su tesis sobre Ballard por una aguda afinidad: sus preocupaciones y su noción del ser humano y la sociedad eran muy similares.” Es de asumir que tal interés que albergaba por la fantasía, por la ficción-fuera-de-lo-real, se traducía en una inquietud por los engaños de la tecnología, por su hastiosa dependencia y su influencia, a veces negativa, en el entorno humano.

Luego de graduarse, Michelli cursó brevemente estudios de maestría en dramaturgia en Buenos Aires. Aunque su afición por el teatro no parece haber sido siempre un asunto de interés. Cuenta Saturno que ya en sus últimos años de carrera fue interesándose más en sujetos como Artaud y Jarry, indagando cada vez más a fondo en áreas como el Teatro del Absurdo. “A Domingo le encantaba cosas experimentales, tipo Río Teatro Caribe. Eso de pararse en un autobús y montar en frente de todo el mundo una obra también le parecía genial.”  En la misma línea, Salas afirma que “Domingo prefería decididamente el teatro que era capaz de sacudir al espectador –cosa cada vez más difícil, valga acotar. Solía comentarme en persona o escribirme sobre las obras a las que había asistido, siempre subrayando este rasgo, valiéndose de él para evaluarlas: si sembraban o no en él una duda, una pregunta que lo tocara de raíz.”

            Otro punto que vale destacar de su estadía en Buenos Aires fue la relación por correo que sostuvo con Sandoval. Este revela que “mientras él andaba haciendo sus estudios de dramaturgia, me escribía por mail preguntándome que hacer con su libro de cuentos [Tristicruel, que obtuvo mención honorífica en el 1er Premio Equinoccio de Cuento Oswaldo Trejo]. Claro, si lo dejaba en manos de la editorial Equinoccio, de cuya colección de narrativa me encargo, le iba a salir el libro como en el 2015. Al final parece que se puso las pilas y cuadró algo con Adalber, que tengo entendido era de su mismo grupo en la universidad, y mira, su libro terminó saliendo antes que el de Víctor, que fue el que ganó el Premio.”

             A finales de su vida, Michelli se desempeñó como profesor de Literatura en el Colegio Integral El Ávila. En cuanto a tal etapa de su vida, según deja entender Isabel Ciorda, quien fue alumna suya, su nivel pedagógico era de una gran altura. “Logro que escribiéramos todas las semanas sin darnos cuenta,” y “no te hablaba como profesor, sino de tú a tú, dando recomendaciones de obras o películas que le gustaban,” son palabras que resaltan sobre su labor. Resume su experiencia con que se enfocaba “a formarte como una persona más culta, en vez de mandar libros que nadie iba a leer para terminar entregándole un mal trabajo.”

             Ahora bien, si amigos suyos como Salas y Saturno se vieron algo apartados de él durante su época como profesor de bachillerato, ambos igual tienen comentarios que ofrecer sobre su forma didáctica de ser. De tal manera, Salas dice que “era pedagógico, en la medida en que disfrutaba hablar de las cosas que lo apasionaban –literatura, cine, teatro, artes visuales, etc.– y lo hacía, además, con suma inteligencia y humor.” Saturno cuenta que era “un pana a quien ibas y le preguntabas,” pues tenía (y había leído) todos los libros del curso antes de que los mismos profesores los mencionaran.

            Así, también revelan, junto a Sandoval, que era un hombre bastante generoso. Explica el profesor que “en algún momento, una amiga suya le saco fotocopia a un libro de ciencia ficción cuyo nombre no recuerdo y él me lo prestó. Le explique que tenía muchas cosas encima, que no lo iba a poder leer sino hasta mucho más tarde. No dudo en regalármelo y, hasta el momento lo tengo, junto con un libro que me trajo de Argentina, de cuando hizo su maestría.”

           “No es una historia larga ni corta, es una historia construida con la voluntad de lo inaccesible, esa misma voluntad que llevó a la construcción de grandes imperios o a la colonización de.. las colonizaciones.” Con esta oración comienza Michelli Historia de los barrios escondidos de Caracas, tal vez el más prolífico (e indudablemente el más extenso) de sus cuentos. Creo que la misma podría aplicarse a su vida. Es comprensible que se levanten cejas, considerando la muerte voluntaria del autor a sus 27 años. Pero a fin de cuentas, ha sido tal voluntad de lo inaccesible lo que trajo a coalición una serie de proyectos que perturbaron para bien el mundo de las letras venezolano. Espero, esperemos que su legado y su obra-por-salir perturbe (más aún) los valores de la ciudad “tristicruel” que nos acecha cada día y cause regocijo entre sus lectores.

 [1] Versión original con el nombre de “Domingo Michelli, escéptico espectador” en El Ucabista, no. 135, enero-febrero de 2015.

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Carlos Egaña. Nació en Caracas, en noviembre de 1995. Miembro nada representativo de la última generación perdida (¿hasta cuándo, señores?). Víctima perenne de Capote, Bolaño y Ramos Sucre. Denunciante del aburrimiento cotidiano, satírico por excelencia y otros eufemismos improbables.

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