Jesús Montoya: «Escribo entre el silencio y el canto», por Oriette D’Angelo ~

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Foto de Alejandra Pernía

Jesús Montoya (Tovar, Mérida, 1993). Estudiante de Letras mención Lengua y Literatura Hispanoamericana y Venezolana de la Universidad de Los Andes. Es fundador del grupo literario Los hijos del lápiz. Ha obtenido tres menciones en distintos concursos literarios tanto nacionales como internacionales.

Ganador del I Concurso literario Manuel Felipe Rugeles, convocado por el Gabinete de cultura del estado Táchira (San Cristóbal, 2013). Ganador del primer lugar en la mención de poesía por la obra Primer viaje, así como una mención especial en la categoría de ensayo por el texto titulado Apuntes de la ironía en el cuento “El príncipe feliz” dentro de la sociedad victoriana del XXIII Concurso de cuento, poesía y ensayo, convocado por la Dirección de Asuntos Estudiantiles (DAES) de la Universidad de Los Andes (Mérida, 2013). Ganador de la edición XII del Concurso para Autores Inéditos de Monte Ávila Editores en la mención de poesía con el poemario Las noches de mis años (2014). Recientemente obtuvo el primer lugar del XVII Concurso Nacional de Poesía Joven “Lydda Franco Farías” convocado por la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello por la obra Fueron las olas (2014).

Jesús Montoya escribe con la rebeldía de alguien que crece y no abandona su origen con la palabra. Su voz es fuerte y logra un ritmo que oscila entre la calma y la furia. Sentimos a Jesús leer y cantar con la energía de alguien que sabe lo que tiene que decirle al mundo. Víctor Manuel Pinto sostiene que “Primer viaje, tiene la belleza de la imperfección, leemos a un joven conmovido por su propia presencia en un mundo donde busca a su ser a través de ese paradójico linaje de orfandad existencial; canta con su lenguaje, con el que entiende y entendemos, el suyo y el nuestro.” (blog de Víctor Manuel Pinto).

La poesía de Jesús Montoya nació para cantarse.

***

En tu poesía hay una constante evocación a la infancia. ¿Te identificas con algún poeta venezolano que siga esta tendencia?

Jesús Montoya: Para mí la infancia es un presente inagotable. La referencia que se destaca a ella dentro de mi trabajo pretende hacer alusión al niño como un creador, o a una parte dormida del alma. Ese niño, en verdad, no está asociado a un cuerpo representado, descrito, sino a algo que concibo desde la abstracción, a algo etéreo, a una voz de consuelo que sirve de vínculo para un posible encuentro con el estado primigenio de las cosas. El niño no tiene miedo de jugar o de cantar, así como tampoco de deformar lo creado. El niño es la inconsciente inocencia de la poesía, y la infancia prevalece en su eco para mí. Siento este tema en los poetas venezolanos que nombraré muy disímil entre ellos, pues cada uno imprime su sello personal: Ida Gramcko, José Barroeta, Rafael Castillo Zapata, y probablemente algunos destellos en Juan Sánchez Peláez.      

 ¿Cuál poeta ha tenido mayor influencia en ti y por qué?

JM: Esta es una pregunta difícil, siempre he procurado no quedarme rezagado en ningún universo lírico, pretendo ser un nómada en ellos. Claro que hay obras que he releído, poetas por los que guardo una profunda admiración y cariño, pero no podría destacar a ninguno en específico.

Has ganado muchas menciones y premios en importantes concursos literarios venezolanos ¿Consideras que es importante participar en ellos? ¿Por qué?

JM: Creo que eso está en decisión de cada autor. He concursado porque es una manera viable de llevar mi obra a otras personas.

El paisaje es un tema fundamental en tu poesía. Tu voz poética está en la búsqueda constante de un lugar que la defina y para ello haces alusión a las colinas y a la calle ¿Crees que Mérida, el lugar donde naciste, se refleje siempre en tu poética?

JM: El paisaje es una memoria quebrantada. En mi caso, me parece que éste no posee correspondencia con la representación de un paisaje rural, su atmósfera es mutable y está profundamente apegada a distintos elementos urbanos que se mezclan con un tono bucólico en calma. El paisaje es la serenidad en constante contemplación. La calle es el vagar, la grafía del desastre, y muchas veces la alegría y el encuentro con mis amigos. El cielo y las colinas ennoblecen mi forma de ver el mundo, pero sigo estando abajo. La geografía de Mérida es así, como también la de San Cristóbal. Ellas no sólo se reflejan en mi obra, lo son todo para mí. Fue en estos espacios de viaje, en estas carreteras y en estos caminos desolados donde escribí cada uno de mis poemas, y aunque no haya hecho tanto hincapié en darles una materia de edificación propiamente a estas ciudades en ellos, indudablemente están ahí.  Sin embargo, pienso que pese a que “la calle” son estas calles y a que “las colinas” son estas colinas, también podrían ser otras. Hay cierta universalidad a la que aspiro. 

Estudiaste Derecho durante unos meses antes de cambiarte a la carrera de Letras. ¿Qué experimentaste en la facultad que te hizo cambiarte?

JM: No estuvo tan mal, aprendí lo que pude. Aunque, evidentemente, corrí de alguna manera una suerte de fantasma. Me gustaba mucho ir en la mañana a perder el tiempo en la universidad. Decidí cambiarme porque siempre quise estudiar Letras.

Foto de Alejandra Pernía

Foto de Alejandra Pernía

¿Cuál es la actividad que desempeña el grupo Los hijos del lápiz al cual perteneces? ¿Crees que en la Venezuela actual puede surgir un nuevo grupo literario? ¿Se dan las condiciones?

JM: Los hijos del lápiz fuimos un grupo de amigos, adolescentes y enemigos enmascarados que nos reuníamos a leer poemas y a prestarnos libros en la librería Sin límite de San Cristóbal todos los viernes a las tres de la tarde. Tales enemigos y rivalidades fueron desapareciendo y esfumándose en su abrupto reconcomio con el pasar de las tardes y sólo quedamos: Manuel García, Fernando Vanegas, Diego Sánchez, Sury Sánchez, Josué Calderón, Pablo Montilva, Sacha Guerrero y quien suscribe. Ninguno pasaba de los diecisiete años (excepto Sacha, quien tendría en ese entonces alrededor de veintidós años). Allí generamos mediante la rutina un espacio de ocio y aprendizaje continuo, que luego, creo yo, trajo algunas promesas literarias al Táchira. Hicimos al menos una docena de recitales que tuvieron como protagonistas la experimentación y el odio de algunos escritores pertenecientes a la comunidad universitaria de la ULA de San Cristóbal y a otras esferas culturales tachirenses tan altas cuya mención no vale la pena destacar. Creo que fue importante en la ciudad, después de que culminamos con nuestras “tertulias” a muchos jóvenes se les dio por formar grupos en contra del nuestro, y a otros por hacerlo de manera más solidaria con la literatura tachirense, destaco el trabajo de Púrpura poesía. Por su parte, Los hijos del lápiz es un grupo que carece de existencia en el presente, aunque los integrantes seguimos siendo grandes amigos. Puedo, finalmente, decir que fue toda una aventura y que sólo tengo cuatro personas a quienes agradecer: al poeta Luis José Oropeza y al narrador Pedro José Pisanu, quienes con su presencia y humor nos guiaron a muchos de nosotros en nuestras primeras lecturas y en la corrección de nuestros textos iniciales, y cuyas advertencias sobre varios espacios de los que fuimos echados fueron bastante acertadas. Las otras dos personas son Cristian Pérez y Daniela Rodríguez, los chilenos, que en esa pequeña travesía literaria llamada Los hijos del lápiz jamás nos desampararon.

En cuanto a la pregunta de los grupos literarios en Venezuela, pienso que sí, que es posible que surjan, y respecto a las condiciones, creo que un verdadero grupo literario se formaría así no las hubiera. Me parece que en la poesía joven venezolana actual se está generando una especie de hermandad, por lo que no podríamos hablar de un grupo, sino de un trabajo mutuo que cada día ha ido acrecentándose, sobre todo con el uso de la red. El tiempo actual de la poesía joven venezolana es un tiempo que apuesta por la indagación de cosmos individuales en cada uno de sus poetas.

¿Cómo logras la consistencia sonora en tus poemas? ¿Qué tan importante es el ritmo en la poesía?

JM: El ritmo dibuja una ascensión en el sujeto. La poesía y la música están desde siempre íntimamente ligadas, procuro no romper esta relación en mi trabajo. Cada vez que escribo un texto trato de darle un tono para que sea leído en voz alta, sin que por esto pierda su íntima conexión desde el silencio con el lector. Es una doble tarea, escribo entre el silencio y el canto. 

Juan Gelman dice que la poesía es una forma de resistencia. ¿Qué tipo de resistencia crees que se ejerce escribiendo?

JM: Todas las que el autor sea capaz de imaginar.

¿Cuáles poetas venezolanos (clásicos y actuales) recomiendas leer?

JM: La lista puede ser larga, trataré de nombrar algunos, seguro que se me escapan muchos. Su importancia no tiene nada que ver con el orden de esta lista, a excepción de la primera, me permito el espacio para una pequeña publicidad:

Antonia Palacios, Marco Ramírez Murzi, José Barroeta, Ida Gramcko, Jairo Rojas Rojas, Igor Barreto, José Delpino, tú, Luis Fernando Álvarez, Daniel Arella, Pablo Rojas Guardia, Rafael Castillo Zapata, Enriqueta Arvelo Larriva, Natasha Tiniacos, Pablo Mora, Guillermo Sucre, Adelfa Geovanny, Víctor Manuel Pinto, Jacinto Fombona Pachano, Ramón Colmenarez, Gelindo Casasola, Dira Martínez Mendoza, José Antonio Ramos Sucre, Maily Sequera, Marta Kornblith, Alejandro Castro, Josué Calderón, Yorgenis Ramírez, Gabriela Kizer, Daniel Oliveros, Luis Moreno Villamediana, Daniela Nazareth, Susan Urich, Luz Machado, Francisco Catalano, Emira Rodríguez, Saili Eyzell, Rogelio Aguirre, Clared Navarro, Eliseo Villafañe, Vicente Gerbasi, Jorge Paredes, Antonio Mora, Julieta Arella, María Ruiz, Roberto Morán, Esdras Parra, Pamela Rahn, Armando Rojas Guardia, Fernando Vanegas, Adalber Salas, Nérvinson Machado, Miguel Ángel Hernández, David Parra, María Auxiliadora Álvarez, Pedro Varguillas, Miguel Marcotrigiano, Víctor Varela Mora, Freddy Yance, Juan Beroes, Antonio Arráiz, Eugenio Montejo, Miyó Vestrini, Caupolicán Ovalles, Diana Moncada…

¿Tienes alguna rutina a la hora de escribir? ¿Escribes sólo ante la inspiración o mantienes horarios para trabajarla?

JM: A veces escribo a mano durante mis viajes de Mérida a San Cristóbal y viceversa, no es un trayecto tan extraordinario, pero genera en mí mucha nostalgia. Otras veces escribo en mi habitación en la computadora, nada fuera de lo común, aunque en ciertas ocasiones tengo el presentimiento en mi imaginación de que el teclado es un piano (por lo general desafino). Escribo ante la inspiración que me abandona, cuando ya la he visto/sentido alejarse, su horario puede variar. 

¿Qué importancia le otorgas a la difusión de la literatura a través del Internet? ¿Ha tenido alguna incidencia en tu propio trabajo?

JM: Le otorgo una vital importancia, gracias a Internet he conocido la obra de muchos autores fascinantes, libros de poco acceso. El medio digital nos permite extender la memoria literaria de distintos países y la del nuestro, y considero que cada vez va ampliándose más. Próximamente planeo comenzar con una tarea exhaustiva de escaneo de distintas obras “desaparecidas” de la poesía venezolana. Me interesa hacerlas llegar al mundo. Me interesa que los jóvenes poetas venezolanos y de otras partes las lean. 

@lorcaerantodos

@lorcaerantodos

¿Qué estás escribiendo actualmente?

JM: No podría explicarlo, apenas es un esbozo, lo que sí puedo decir es que será un libro bastante extenso.

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Blog: http://doloresdepalabra.tumblr.com/
Facebook: Jesús Montoya
Twitter: @lorcaerantodos

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+Leer: Poemas de Jesús Montoya

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