Mínimo diario de diciembre, por Carlos Egaña (Venezuela, 1995) ~

 

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Self-Portrait with Cigarette | Edvard Munch

19 de diciembre

Una despedida. Un préstamo de Daniel: el Diario de Praga de Caupolicán Ovalles. Una fiesta en Los Chaguaramos. Un conjunto de inútiles que baila al son de Bad Bunny. Una ronda de shots. Una confesión sobre una clase de Goyo. Una carcajada que se multiplica y se torna envidia. Un desahogo sobre la futilidad de tantos profesores, de tantos trabajos, de tan pocos futuros. Un chiste sobre el suicidio. Un chiste sobre el pasado, mi arrogancia e indisposición de mirar a mis compañeros de clase. Un deseo de buena suerte a Jeremías, otro emigrante. Un recuerdo de los amigos que se han ido a Europa. Un recuerdo de los amigos que se han ido a Chile y Argentina. Un recuerdo del amigo que se fue.

Pienso
que el pasado no existe
él anda conmigo como
un perro
a mi lado
que no muerda le he dicho
                                    al ANIMALITO.

Un momento incómodo. Una solución típica: más alcohol. Una llamada inesperada. Un saludo de un amigo que se hizo viral tras enfrentar a su padre públicamente. Un cambio de interlocutor: el padre enfrentado. Una conversación sobre los beatniks. Una invitación a una oficina del gobierno. Un extraño sentimiento de culpa. Una pregunta por quién llamó. Una aclaración. Un desahogo sobre la futilidad de tantos políticos, de tantos caminos, de tan pocos futuros. Un momento incómodo: simulo lanzarme por una ventana para volver a la risa.

Pienso
que como en los últimos días
he tomado
tanto vino
debo estar tinto
           por lo que
les pido
que no me sirvan
en
                       vaso
                         alguno
ni que mucho menos
se les ocurra
                         BEBERME.

Un mensaje de texto. Un encuentro bajo humo en La Castellana. Un hasta luego. Un reclamo, no, muchos reclamos. Una sonrisa, un balbuceo, una reverencia.  Una velocidad que desconozco, el tablero de la Jeep está hecho mierda. Una velocidad que aleja los animalitos de la cabeza. Una velocidad que alarga la noche. Un abrazo a la abuela Clara. Un apretón de manos, un beso en el cachete, los estudiantes de Economía hacen bulla. Un porro. Una conversación sobre el colegio y el Opus Dei. Una extraña sensación de soledad. Una mordida del animal, un par de gotas mías derramadas: hora de partir.

¿Y si yo cayese
             de pronto
            en el cielo?
Son las 12 y 20
de la noche.

Una velocidad que huye de los espectros, de la nada. Una velocidad que exige atención, pilas, cachetéate la cara, no te quedes dormido, apenas vas por La Trinidad. Una velocidad tinta que le teme al cielo. Mi hogar, mi cama, mis registros mentales. Pienso en las últimas horas, los últimos días, los últimos años: ¿cómo coño llegué hasta aquí’?

22 de diciembre

Quisiera haber escrito estos versos de Caupolicán para ti, preciosa, para ti:

Si algún día
lleno de una inaudita alegría
fuese a tu encuentro
evitaré mi
encuentro.

Porque cada vez que veo tu morral verde en la Católica, vuelvo el peso de los estudios en la pesadez de unos latidos. Porque te fumas un cigarro y quisiera ser ceniza. Porque con tu risa ahuyentas a mis detractores y a mis muertos. Porque no eres el temblor que marca cada uno de mis pasos: eres mi calma. Porque la gente me ve y susurra “qué ladilla” y tú lo susurras en otro tono. Porque eres mi diferencia, mi falta, la gota de no-yo que necesito para no hastiarme. Porque no quiero que veas desde tu calle el atardecer que sugiere una pared grafiada, quiero que lo veas en mis ojos. Porque quiero que vacíes mi alma y me tomes como espejo. Porque en vez de lanzarte conmigo al precipicio, me mantienes atado a una cuerda. Y todavía es muy temprano para saltar.

A pesar de que la cague tanto, de que siga en mi lucha contra el tiempo, de que haga la paciencia una cruz, de que mis palabras traicionen mis intenciones (Ovalles, de nuevo:

Sentado en mi lengua
pude observar
con absoluta calma
el desfile de los que iban a la muerte
sonrientes
                       y olvidados de sí mismos),

estoy afuera de tu edificio. Sé que no saldrás, así que te dejo en vigilancia mis gustos, mis páginas, mis tesoros. Antes que vanagloriarme por gustarles a niñas que se creen jipis, por codearme con los artistas que reprocharon la ciudad en Zoológico, por causar tanto caos en una universidad tan políticamente estéril, prefiero perderme en ti. Todavía espero que me abras la puerta y me dejes entrar al laberinto.

31 de diciembre

Camurí es un carnaval. A medias, al menos, pues no hay inversión de roles entre los empleados y los socios del club playero. De resto, Bajtín deliraría. El candidato presidencial saluda a quienes salen del baño con una birra en la mano; cantidad de pies, usualmente acolchados, se hacen uno con la arena, con otros pies, con el rostro de algún imbécil que empujó muy duró; adultos y niños borran la jerarquía al atragantarse juntos  con ron desde la mañana. So white, though, repetiría Baietti a lo largo de sus tres días en la playa.

Nunca me ha gustado venir. Como me comentó mi querido Luis Enrique: “Camurí es como Río de Janeiro, ¿sabes? En cada rincón, cada avenida, cada orilla, abunda una expresión de alegría. Me imagino que es la peor ciudad para suicidarse.” Olvídate de un diálogo con el director de tal empresa o el ex ministro o el hijo del diputado, tómate una cerveza.

Doy fe
de que siempre
he querido
vivir
como un marrano
igual
que el resto
y que no ha sido
POSIBLE.

O mejor: atento, que dirijo tal empresa o me encargué de este ministerio o mi padre es equis. Aprovecha y tómate una cerveza conmigo.

–¡Feliz año, Egaña! ¡Salud! –un abrazo, un elogio a los fuegos artificiales, una pregunta sobre mi libro. No distingo si las felicidades son hipócritas o carnavalescas, si son por cortesía o por la rasca. Apenas alcanzo a pensar que jamás vi a este pana leyendo un libro en bachillerato. ¿Su sonrisa tendrá algún efecto en mí?

Soy capaz
de darme cuenta
que sólo he venido para que me vean
ese precioso aire que cubre
mis huesos.

Tal vez soy muy prejuicioso. Tal vez al no darles de comer, los animales de la infancia han sido alimentados por otros. Todavía los veo como cachorros.

Reviso mi celular y noto tu mensaje. Doy una vuelta por la fiesta con Baietti en busca de una amiga suya, una estudiante de Brown. So white, también piensa. Leo tus deseos de nuevo y me sonrío: la noche es larga y estás tan lejos.

No soy para
           HOY
en rigor
el día de mañana
ya que no concluyo.

Te llamo. Oigo tu voz grave, me siento en las escaleras del edificio Aguaribay, sonrío como el mejor de los imbéciles y se me ocurre: ¿cómo llegué hasta aquí?

~

Carlos Egaña (Caracas, 1995). Estudia Letras en la Universidad Católica Andrés Bello. Es autor del poemario Los Palos Grandes (dcir ediciones, 2017). Escribe en medios mainstream como Prodavinci y El Universal, y en medios de nicho como Tráfico Visual y Guatafoc. Por último, es Coordinador Editorial de la revista Desorden.

 

 

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