Geografía de una ciudad en crisis, por Carlos Egaña (Caracas, 1995) ~

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Ávila Composición

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Carlos Egaña (Caracas, 1995). Escritor venezolano. Estudia Letras en la Universidad Católica Andrés Bello (UCAB). Se desempeña como representante estudiantil ante el Consejo Universitario. Es autor del poemario Los Palos Grandes (Dcir Ediciones, 2017). Escribe en medios como Prodavinci, El Universal, Tráfico Visual y Guatafoc. Se desempeña como coordinador editorial de la revista Desorden. Aparece también en la antología de poesía “Amanecimos sobre la palabra” (Team Poetero, 2017). 

Con este cuento, Carlos Egaña resultó finalista del I Concurso de Cuentos por los Derechos Humanos de PROVEA en el año 2018. 

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Sudan. Las manos, las mejillas. De tanto en tanto, Andrés intenta limpiarse con la manga derecha de su suéter. Es una maña: ¿cómo alguien puede sudar con tanto frío, tan abrigado? Se sienta ante un par de sujetos demasiado rubios –demasiado catires. Estos le sonríen, sus ojos azules encierran cantidades de emociones plásticas. So, you’re Andrés, right?, le pregunta uno de los personajes, aunque ya sabe la respuesta. Venezuelans are not very common here. Por eso estoy aquí, piensa el muchacho sudoroso. Apenas se enteró de que tendría la oportunidad de presentar un portafolio para programas de cine y fotografía en una universidad como Concordia, en medio del invierno más desolado que había tenido en su vida (su primero: no estaba acostumbrado sino a épocas de sequía y lluvia, en las que parecía imperativo dictar un “qué calor tan hijo de puta” todos los días), hurgó desesperadamente sus grabaciones. Sus padres le habían dicho varias veces que algo tenía que hacer en otro país. Que no habían metido a su hijo en un colegio de niñitos ricos para que terminara desempeñándose como un mesero en Canadá… Precisamente por eso estoy aquí, porque ni de vaina me devuelvo, piensa.

            –So…, what exactly have you prepared for us?

*

–Estudiar Administración es una perdida de tiempo. O mejor: estudiar Administración es para perdedores que no quieren disponer de su tiempo. Para gente que prefiere tomar siestas en las tardes y caerse a curda en las noches, antes que empujar su rostro a un libro. Para gente normal, pues, ¿quién carajo quiere pasar todos sus días tratando de descifrar las opiniones de uno que otro autor, sobre uno que otro tema que no termina de definir el mundo? En Administración, solo tienes que esforzarte para descifrar los jeroglíficos que apuntaste en clases. No importa el promedio, no importan las actividades curriculares. Hablemos claro: Administración es una carrera para niños con plata. Estudias unos años para tener un título y luego, sin mayor problema, heredar el puesto de tu papá o de tu tío. Es una cosa más que todo formal: el título es lo que te distancia de los demás empleados… Sí, es una carrera cero problemática, hecha para gente que entiende o que da por sentado que ganar es una falsedad. Al final todos nos morimos, ¿no? ¿Para que gastar tanto tiempo en resaltar, en querer cambiar el mundo, si uno puede más bien disfrutar los pocos años que le dan a uno?… Suerte que somos niños con plata, eso sí.

            –Diego, ¿de qué coño estás hablando? –responde Andrés con indiferencia.

            –Es verdad: ¿de qué coño estoy hablando? Hacen falta unas birras, al menos, para hacer toda esta paja más divertida.

            –Eso, no haría mal un par de birras.

            –Lástima que tengo que esperar al bobo este para que me dé la cola –dice Diego en referencia a L., un estudiante de Derecho que, en sus ojos, no hace sino meterse en las farándulas más pavosas–. Desde los peos del doce de febrero, el tipo se la pasa con puros politiqueros de la Católica y la Central. No se da cuenta que lo dejan de lado, pero bueno…, al menos se tripea su vaina.

            –¿Tú fuiste ese día? –pregunta Andrés antes de agarrar, sin permiso, una silla de la mesa adyacente. Es una de sus pocas máximas: el que pregunta si algo está ocupado en la feria de la Metro, se jode.

        –Coño, pensé en ir. Pero al final preferí aprovechar el día sin clases. Caminar tanto…, y por ese lado de la ciudad…, eso no va conmigo. Además, yo estaba claro que iba a haber un muerto, una vaina de esas. Y no, señor: ya he oído demasiados cuentos feos de marchas para estar protagonizando uno.

            –Claro… Yo ese día estaba terminándole a Andrea, qué chiste. Lo peor es que la jevita quería ir a la marcha, y yo sin dejarle salir de su casa para salir de su vida. Creo que le cagué un poquito su vida.

            –Creo que le cagaste su vida. Punto –dice Diego entre risas. E insiste–: ¿Cómo le quitaste su derecho a la libre manifestación, fascista, loco?

            –Ay, cállate… Mira, en Twitter me está saliendo que la Metro se está quemando, qué carajo.

            Aparece L., con el peso de varios meses sin dormir sobre sus ojeras, y confirma la información. Con un megáfono en su mano derecha, hace conocer al estudiantado que en la salida de la universidad que da con la autopista está ocurriendo un enfrentamiento. Que unos miembros de la PNB dispararon bombas lacrimógenas hacia las áreas verdes adyacentes a la salida y causaron su incendio. Que hay chamos cayéndose a piedras y que, si bien no apoya tal tipo de actitudes, como compañeros, deberíamos ayudarlos para calmar de alguna forma la situación.

         –Como que no me iré dentro de un rato –comenta Diego–. ¿Será que nos asomamos?

            Andrés afirma con su cabeza y se dirigen a la salida. Jamás había visto algo similar (claramente, no se fijaban mucho en las imágenes que salían en las redes cada día): Decenas de muchachos descamisados, sus caras cubiertas con pañuelos y camisas rotas, rompiendo piedras contra el asfalto para facilitar su lanzamiento; otros cuantos, con sus brazos cubiertos por cualquier tipo de guante improvisado, cogiendo y devolviendo bombas lacrimógenas; muchos más corriendo de regreso a la Metropolitana, sus ojos hinchados y vueltos pequeñas cloacas, tosiendo la última cosa que bebieron en el cafetín.

    –Ayúdenme con esos chamos, que andan como muriéndose –les dice un L. repentinamente aparecido a Andrés y Diego, quienes tiemblan de la confusión, antes de forzar entre sus manos un spray lleno de Maalox. Les explica brevemente cómo funciona la cosa, que deberían echárselo en la cara y tapársela para absorberlo, y se adentra en la turba.

         –¿Será que le echamos bola? –pregunta Diego, asustado, a la nada; ya a Andrés lo había poseído la adrenalina. Tal vez más de lo debido: rescata su celular de sus bolsillos y toma unas cuantas fotografías de lo asombroso. Rocía con Maalox unos cuantos rostros desconocidos –otros, ni tantos, tal vez gente con quien estudió en el colegio– y, siguiendo los pasos de L., se mueve entre las masas. Pasado un rato, alguien lo agarra del brazo y se vuelve individuo de nuevo.

            –¿Cómo te viniste, andas en carro? –le pregunta L. a Andrés.

            –No, hoy me dieron la cola.

           –Vente con nosotros. Esto se apagará en un rato, mejor nos vamos ya. No vaya a ser que salgan a agarrar a un poco de chamos.

            –Dale, dale –responde Andrés automáticamente. Orgulloso, sin saber bien por qué, revisa las últimas fotografías que ocupan la memoria de su celular.

*

           –No te asustes, que aquí nunca se mete nadie –le dice Samuel, otro personaje de la Metropolitana que ha estado metidísimo en el Movimiento Estudiantil, a un Andrés ansioso–. Lo peor que podría pasar es que un poco de viejas tranquen la vía frente a La Muralla. Y, bueno, tú vives aquí al lado en Los Geranios, ¿no?

            –Sí.

            –Entonces…, L. me comentó que estás interesado en participar en las actividades del Movimiento.

            –Sí… Eh, en realidad no les había prestado mucha atención estos días, pero lo acompañé sacando a gente del peo antier y, coño, no sé, me di cuenta que mucha gente se está tomando está cosa en serio. Y creo que me hace falta tomarme esta cosa más en serio.

            –¿Seguro? Mira que demasiadas personas se meten en esto por una, dos semanas, y luego desaparecen. Que no es la idea, claro, pero tampoco podemos decirle a nadie que no puede ayudar –Samuel bebe de su refresco, engulle un par de papas fritas y sigue–, El Movimiento Estudiantil es inclusivo y esa paja

            –Seguro –dice Andrés, titubeando–. Más que seguro.

      –Bueno, el viernes hay una manifestación en la Central. Algunos dicen que en realidad, la cosa la convocaron para que les quitaran las clases, tú sabes cómo son esos chamos. Pero igual habrá gente de la Católica, de la Monte Ávila, así que no podemos faltar. Juzgando por cómo han terminado las marchas últimamente, la cosa se pondrá bien fea. ¿Te llegarás con nosotros?

            Andrés no responde al instante. Piensa en las mentiras que le tendrá que decir a su mamá, tan reacia a todo tipo de evento en el que alguien puede salir herido (reacia a la vida, pues, la pobre idiota). Piensa en las otras formas que podría ocupar su tiempo el mismo día: podría ponerse al día con Breaking Bad o reunirse con sus amigos de colegio, que seguramente no irán a la cuestión, y caerse a birras jugando Super Smash Bros. Pero también piensa que el entretenimiento podría ser demasiado efímero, que descubierto o no, tendría que soportar de igual modo las quejas de su madre el mismo viernes. Por último, piensa –entre los mordiscos que le da al último nugget que le queda– en las imágenes angustiantes, peligrosas, abrumadoras, sublimes que podría ver…, que verá.

            –Sí, vale, me llego– le confirma a un Samuel de ojos dudosos, después se levanta a botar los restos de su orden y pedir una barquilla de chocolate.

*

Qué vaina tan fea, piensa Andrés en medio de la Plaza del Rectorado. Mira los murales de Barrios y Vigas y, tomándolos como conglomerados de figuras geométricas irregulares sin sentido alguno, como doodles realizados sobre piedra, no siente sino desprecio. Mira, también, la torre del reloj y se le asemeja a una escalera cualquiera con el mero detalle de tener un círculo adherido a su tope. Todo le parece resultado de la imaginación de un desadaptado, de alguien que apenas conoce al hombre, que se obsesiona por figuras básicas y no por figuras existentes. Yo podría hacer esta vaina en papel, piensa y se imagina con unos cuantos creyones y un par de horas libres.

            No se atreve a decirlo en público, eso sí, pues teme el escarnio de quienes piensan la plaza como un monumento de la talla de la Estatua de la Libertad.

      –Estos tipos no dejan pasar –le comenta Samuel–. Parece que eso de que no entraremos en Caracas es en serio.

           –Qué cagada –y luego de pronunciar el lamento, Andrés se pone a pensar: ¿Cómo que no entraremos en Caracas? ¿No estamos ya en Caracas?

        –Bueno, yo voy a ver qué ocurre más adelante –dice L., luego de notar que dirigentes de otras universidad abren paso entre la masa inmóvil. No se puede…, no se va a quedar por fuera. Samuel, que muere por ser el próximo líder de la Metropolitana (a pesar de que al unimetano, al universitario común no le interesan esas cosas), sigue casi instintivamente a L.

            Andrés, solo, con una bandera naranja que ha de marcar el grupo de chamos de la Metropolitana presente en la actividad, no se da cuenta hasta un par de minutos que lo está. Además de los antes mencionados, las otras cuatro personas que salieron junto a él ya se fueron a sus casas. Sus otros compañeros de aulas vinieron por su cuenta, con motivos muy distintos a simplemente protestar. Comienza a ver a sus lados, pues, en busca de alguien a quien comentar su situación o dejarle la bandera; en su cara se marca una leve expresión de miedo.

              –¿Te quedaste solo? –le pregunta una niña que no lo conoce. Viste una camisa roja con una mano blanca en el pecho, se le presenta como María Alejandra–. Tienes una cara de susto increíble.

                –Algo así, al parecer –responde Andrés.

         –Bueno… Yo también perdí a mi grupito, tenía pensado ver si los conseguía adelante. O simplemente ver, pues. ¿Vienes conmigo?

            Andrés asiente y arranca el paso. Piensa en dejar la bandera, no tanto por el peso sino por la carga, pero no puede evitar cierta responsabilidad. Las personas más serias de este mundo que conoce –las únicas, en realidad–, lo confiaron con aquella misión.

            –Parece que algo feo va a pasar –le susurra María Alejandra al oído, con una cercanía que lo incomoda un poco. Levanta la cabeza y las miradas mordaces que sospecha en las caras de los verdes, parecen darle la razón a la niña. Apenas puede ver; alcanza a notar a un grupo de chamos dialogando o discutiendo por quienes llevan la barrera humana, ignorados en su mayoría por inmensos escudos.

             Saca el celular de sus bolsillos, apoya torpemente la bandera en su hombro, y toma unas cuantas fotos. Click: La personas que, frente a él y a María Alejandra esperaban sentadas en el suelo a que les abriesen el paso, se paran, alzan sus brazos, y comienzan a cantar el himno nacional; el sol, cómplice, posa para que los cuerpos parezcan espectros. Click: Sobre el techo que recubre el pasillo a su izquierda, se suben una tríada de estudiantes encapuchados, preparados para cualquier eventualidad. Click: El cielo, demasiado azul para lo que vendrá, es rasgado por una, dos rayas grisáceas. Y apaga y guarda el celular, pues la masa se empieza a disolver, el himno se torna en grito colectivo, los manifestantes se vuelven actores detrás de máscaras de tela.

            –Qué hijos de puta, ni siquiera respetan el himno –dice la recién conocida indignada, inmediatamente pregunta–: ¿tienes Maalox?

            Claro que sí: por alguna razón carga con el peso de un morral, cosa que ni existe en sus andanzas universitarias. Saca una botella spray y dispara hacia las manos de María Alejandra y las suyas. A tragar, emborracharse con el antiácido y resistir el peor de los gases… O bueno, eso sería lo ideal, pero apenas le queda un poco y simulando cierta caballerosidad, ha gastado la mayoría del líquido en la niña. El pobre –el pobre rico, mejor– apenas echa un poco en un pedazo de mantel que posa sobre su cara. Al principio resiste, sin problema. Luego de que María Alejandra lo convence a buscar un par de amigas suyas que estaban más adelante, Andrés saca de nuevo su celular y considera algo nuevo: grabar un pequeño film. Tengo que mostrarle a mis amigos esta vaina, piensa, recordando una cantidad de comentarios sarcásticos que alguna vez habían  hecho sobre las marchas estudiantiles. Captura, con cierta torpeza, una bomba que cae a su lado y recoge un estudiante de la Simón Bolívar con rudeza; también, una persona un par de metros más adelante mucho menos suertuda, que se ve ayudada por un par de descamisados para salir de la escena. Olvidando su estancia, se olvida de lo real de su alrededor hasta que María Alejandra lo agarra de la mano y lo jala hacia unas rejas. Es entonces cuando las lágrimas se vuelven reales: COÑO DE LA MADRE… Alguna vez le oyó decir a Samuel que todo buen venezolano ha visto a sus amigos y conocidos llorar angustiosamente, entonces a Andrés le pareció una exageración, solo entonces. Su rostro se enrojece, se vuelve picor, fuego, y empieza a toser o escupir o a vaciar su garganta de cualquier cosa. Su alrededor, antes tan nítido a través de la cámara de su iPhone, se torna en puro movimiento. Deja la bandera a un lado, ya qué carajo, y confía su futuro en quien le acaba de agarrar la mano.

            –¿Estás bien? –le pregunta, y Andrés solo quisiera tener la suficiente energía para responderle un contundente ¿te parece? Es entonces cuando un desconocido, cosa inexistente en tiempos de guerra, se le acerca y lo rocía sin delicadeza alguna. Traga, traga, le dice. Y sigue de largo. Es irreconocible, como muchos de los otros en la escena, sus labios han sido reemplazados por una máscara; sus ojos, por gafas de natación. Vuelto parte de la masa, de la rebelión, ha optado por perder su humanidad para recuperarla.

            Caminan juntos hacia la Plaza del Rectorado. Retroceden. Antes que pregunte o se preocupe, María Alejandra comenta que sus amigas ya están en sus casas, que se fueron justo cuando todo explotó, que el papá de una la vino a buscar en una moto. Apenas llegan, Andrés reconoce a Samuel con un grupo de compañeros; ha tomado clases con algunos de ellos. ¿Y la bandera?, le pregunta a Andrés. La dejé botada por ahí, responde este, exhausto. Bueno, ¡hay que buscarla!, mira que aquí todavía no estamos todos.

            –Coño, de verdad yo…

       –Equis, yo la busco. Total, aquí hay unos panas muriéndose por ver qué ocurre adelante –dice Samuel un tanto entusiasmado–. Y…, ¿esta pana, quién es?

*

           –Well, this one’s quite different –dice uno de los canadienses tras notar un cambio radical que acaba de tomar el portafolio. Luego de tantas escenas de desorden, no se esperaba el retrato de una joven en lo que parece la feria de un centro comercial.

            Andrés ríe y concuerda: las próximas fotos también serán algo diferentes. Las mira y recuerda aquella tarde, también distinta al resto de las de aquella época. Recuerda que apenas llegó a su casa el día de la marcha en la Central, María Alejandra le preguntó cómo andaba y de ahí conversaron hasta la madrugada. Recuerda las mentiras que le dijo, haciéndose pasar por joven preocupado por su futuro mientras repetía comentarios de L. y Samuel. Recuerda las risas y los qué-carajo-acabo-de-escribir. Recuerda que se la consiguió un par de días después en el brasero que vecina con el McDonald’s. Recuerda su emoción, cosa extraña, al notar que la niña vivía demasiado cerca. Recuerda que salieron en algún momento al Centro Comercial Paseo El Hatillo, que cada uno fue interrumpido por distintos personajes de su infancia, que a pesar de su indignación por los precios, compraron y devoraron un par de barquillas de chocolate. Recuerda que ella se alegró por el estado de las librerías Tecniciencias y Nacho, decía que eran tenduchos de libros más que, pues, librerías. Recuerda que le mostró las imágenes y los vídeos que había tomado el día de la Central, que a ella le encantaron, que le preguntó si había visto lo que habían producido un tal Donaldo Barros y un tal Braulio Jatar. Recuerda que la semana siguiente fue al apartamento donde ella vivía, que ella le mostró los vídeos y sintió envidia, que en algún momento en que desaparecieron sus padres, le enterró la mano bajo los pantalones y fue, por un instante, feliz. Recuerda que buscó junto con María Alejandra una cámara que su hermana uso alguna vez, que cuando le contó las razones por las cuales se había ido a Canadá, María Alejandra respondió sarcástica y cruelmente. Recuerda que esa fue la primera vez que se pelearon, que él no lograba comprender por qué ella reaccionaba tan duramente con quienes se habían ido del país. Recuerda que ella hablaba pestes de Sánchez Rugeles y de un supuesto Manuel Díaz Rodríguez, de todos aquellos autores que, según ella, han pintado a los ricos como quejones, a Venezuela como una mina de vagabundos. Recuerda que ella le prestó un par de novelas de un tal Renato Rodríguez (“leerás esa vaina y te darás cuenta que esto vale mucho más la pena que pasar roncha afuera”) que se le hicieron aburridísimas. Recuerda que alguna vez le comentó que el único autor que había leído y que le había gustado había sido García Márquez, y que ella se asqueó porque el tipo era “pana de Fidel Castro y otros tipos asquerosos de la América Latina.” Recuerda que un día lo llevó a un lugar extraño llamado Hacienda La Trinidad, que las bofetadas que le dieron el aire y la grama fueron irreales, que tomó fotos de su querida (“ni de vaina me vas a llamar gorda”) con su recién conseguida Nikon D3100. Recuerda que ese día su madre iba a estar en casa de una tía, que la hizo gemir unos minutos antes de apurarse a ponerse la ropa, pues calculó mal las horas y su madre llegó mucho antes de lo esperado. Recuerda la incomodidad de devolver a María Alejandra a su casa, una mancha de semen escurriéndose bajo sus pantalones, una serie de insultos y qué bolas saliendo de la boca de la niña. Recuerda que quedaron en que se verían el día después, en la marcha que se había convocado en son del tan clamado DIÁLOGO que ocurriría la misma noche. Recuerda que, mientras vio a Ramos Allup y a Andrés Velásquez (¿quiénes son estos tipos?, pensó) intercambiar escenas cómicas con Diosdado Cabello y Jorge Rodríguez, respectivamente, se apresuró a bombardear con risas el celular de María Alejandra. Recuerda que no estuvo despierto para escuchar a Capriles, que se durmió poco después de que la niña le mandase un osado te quiero, que se sintió, por mayores instantes, feliz. Recuerda que el día de la marcha fue la última vez que la vio, por lo que Andrés ríe y concuerda una vez más con el canadiense, deshace la sonrisa caricaturesca de su rostro y sigue pasando las imágenes, haciendo de la niña otro fantasma más de su pasado.

*

Cansado, Andrés repite la fórmula de cubrirse el rostro con Maalox y una franela vieja, y prepara su Nikon. Tal vez lo debió haber hecho antes: esta tarde, los grupos de choque (o tirapiedras, como los llaman regularmente) superan en demasía a los civiles comunes. Los pocos muchachos que decidieron quedarse en Caracas en Semana Santa no son en definitiva los más mansos. En el aire se siente la tensión: no sería la primera vez que las afueras de Ciudad Banesco, que la frontera de Bello Monte, se viese asfixiada por gas, gas, gas. Ya hacía rato desde que María Alejandra se había ido, llevaba tosiendo demasiado desde que empezó a bajar la turba por Las Mercedes. Había pensado que su enfermedad (“una mariquera,” dijo, “las fiebres conmigo nunca pueden”) no iba a ser mayor molestia, pero apenas llegaron a Chacaíto y vieron la entrada la oeste bloqueada, su cabeza y su cuerpo la empezaron a traicionar. Al menos tuvo la posibilidad de cantar el Himno Nacional completo en la Plaza Altamira, siempre se quejaba cuando los demás se detenían luego de la primera estrofa. Pero tal vez gritar tanto antes de la caminata no fue la mejor de sus decisiones.

            Antes de llegar a la barrera humana, Andrés anduvo cantando canciones de Soda Stereo y Gustavo Cerati con Samuel. Apenas el segundo comenzó a cantar Prófugos, ya entrando en la Av. Principal de Bello Monte, el primero consiguió algo que hacer para perder el nerviosismo. De nuevo: nunca había visto a tantos grupos de choque reunidos, animados, en un solo lugar. Creía que, como el Diálogo había sido logrado, iban a dejar a los estudiantes entrar en el municipio Libertador. Ese era el supuesto plan, de todos modos –al menos según lo que había comentado L. orgullosamente (“qué pejotero eres, obviamente nos van a joder,” le había dicho Samuel, cada vez más escéptico de las acciones callejeras del Movimiento.) Pronto se daría cuenta que tal cosa es una falsedad, que las apariencias son solo apariencias, que las promesas en los países donde las palabras son solo excusas o small-talk, no tienen verdadera validez.

            –¡Si no van a lanzar piedras, rompan algunas y pásennoslas! –grita una niña apenas comienza el enfrentamiento. Claramente, vino con intenciones de romper unas cuantas cabezas. Poco se da cuenta que la mayoría de las piedras caen sobre los cuerpos de sus compañeros, y no sobre las armaduras de los verdes.

            De qué desastre me saldré, tararea Andrés junto a Samuel, entrando en escena. El segundo, con algo de miedo, extrae de su mochila un spray de Maalox para ayudar a quienes corren de la frontera. El primero saca su Nikon y empieza a darle vida a lo que ocurre. (Jamás había / habría leído a Debray, pero seguramente hubiese estado en desacuerdo con su idea de que las imágenes son cenotafios.) Observa entre otras personas con cámaras, un par de hombres con chalecos antibalas y otro tipo de armaduras modernas. Maldito Donaldo, maldito Braulio, piensa, envidioso. Se acerca a la escena y se asegura de capturar movimientos increíbles, escenas que jamás verá en otro lugar. En algún momento, una bomba de gas roza su hombro y ni se inmuta. Graba la estela que deja, como si fuera un fenómeno hermoso más de la naturaleza. En eso anda hasta que se da cuenta que todo mundo ha comenzado a dispersarse; mira a su derecha y ve a un chamo que seguramente ni cursa estudios universitarios lanzarse al río Guaire.

            –Mamahuevo, soltaron las motos –oye entre tantos insultos.

            Y Andrés corre y se tambalea entre más gente que corre y se cae y se llena las piernas y los codos de moretones y se levanta y acelera el paso y oye el rugir de las motos y los insultos y los chillidos y los himnos de resistencia que solo podrían estar cantando quienes viven cerca (¿con qué puta energía claman resistencia?) y entre nervioso y desesperado deja la cámara caer al asfalto y se insulta y maldice entre susurros y jadeos y casi instintivamente extrae la tarjeta de memoria de la cámara y todo ocurre lento y sus pensamientos vuelan más alto que cualquier avión intimidante y apenas recoge la cámara siente una patada en su espalda y ve cómo el mismo pie que lo acaba de tumbar una vez más al suelo destruye la cámara y llora y tose y el Maalox pierde efecto y se ríen de él en su cara y quisiera decirle mil vainas a los policías o militares o lo que sean pero se queda mudo mudo mudo y lo montan en una moto y lo aplastan entre una espalda acorazada y una barriga grotesca y se siente asfixiado y violado y humillado y oye de lejos que le recomiendan que grite su nombre y no puede no lo logra no tiene voz no tiene cámara no tiene piernas lo ha perdido y todo y ha caído preso como otro tirapiedras más.

*

            –Hermano, ¿por qué tu no tienes las manos atadas con tirrap?

            Hace unas cuantas horas, un verde tuvo compasión con Andrés y decidió quitarle las esposas improvisadas. No le digas a nadie, guarimbero de mierda, le susurró entonces. En el Jeep en que lo montaron, pues, anduvo con las manos a sus espaldas simulando ser parte del proceso. Apretado, junto a otros tres estudiantes –dos de ellos hacen gala de  sus camisas azules–, tosía a lo largo del camino. Mi papá es militar, no hay peo, vamos a salir de aquí, insistía uno de los liceístas… Andrés solo podía pensar en su propio silencio.

            Los encerraron en un comedor toda la noche mientras gemían. Alguno tuvo la osadía de gritarles a los militares, de decirles que eran unos asesinos, unos maricones. No lo volvieron a ver en todo el día, y más de uno pensó haber escuchado sus lágrimas en la madrugada. ¿Tú quieres ver marico?, pues te doy marico, Andrés juraba haber escuchado entre grito y coñazo a lo largo de la noche. Sin embargo, de resto, les lanzaron unas canillas de pan alrededor de las once de la noche. La situación era una mierda, casi nadie podía mover sus manos, pero tenían comida. (Pero tenemos comida, pensaba Andrés, sin sopesar que el conformismo era un vicio más de su entorno.)

            A la mañana siguiente, los lanzaron en el patio y unos cuantos periodistas los entrevistaron. Sorpresa. Jamás esperaron que una ONG entrase al recinto militar en donde estaban siendo ocultados. Pudieron hablar de todo, sí, menos del compañero desaparecido… Prefirieron no hacerlo, realmente, no dejaban de pensar en el par de milicos que simulaban (¿simulaban?) apuntarlos con sus fusiles desde dentro del edificio.

            –Para que vean que los derechos humanos aquí se respetan –le insistía uno a un periodista que lo miraba con desconfianza.

            Al paso de unas horas, la sed y el hambre acumulándose en las gargantas de los detenidos, el miedo, siempre el miedo, insinuado en sus miradas, llegaron los padres de dos chamos. El padre del hijo del militar, quien lo miraba con más cariño que cualquier otra cosa. Parecía insinuar un Muy bien, hijo, poco a poco lo lograremos, pero las palabras se les escapaban ante cualquier compañero de armas. Y la madre de Andrés.

            –HIJODIOSMÍOSIGUESVIVONOPUEDOCREERLO –y de repente, una bofetada, un insulto, un comentario deprecativo–. CREÍAQUEHABÍASMUERTOPEROAQUÍESTÁSGRACIASADIOSLAVIRGEN.

            Y Andrés solo responde con un par de lágrimas y un abrazo –un abrazo que tal vez no carga mucho sentido, que al paso de los segundos se vuelve demasiado cariño innecesario, que conlleva más sudor que calidez, pero que hace falta para callar a su madre. (¿Dónde coño queda El Paraíso?, piensa cuando su madre le menciona la locación entre chillidos.) Esta, creyendo escuchar de la boca de su hijo palabras de aprecio y de ausencia, lo aprieta con fuerza.

            –Mañana irás al Palacio de Justicia –le dice su madre, ya hinchada…, solo hinchada–. Pero no te preocupes, que no te pasará nada. Ya cuadré cómo saldremos de esta…, –y con algo de cariño, cierra:– Eso sí, me las tendrás que pagar

              Se las tendré que pagar, piensa mientras se aferra a sus brazos. Y al paso de diez, quince minutos, de engullirse una pizza fría, su mamá se despide. Mira a sus acompañantes y nota que todos esquivan su mirada, que todos están un poco más sucios que él, que todos son un poco más feos que él. Y sonríe, suelta un serie de carcajadas que son calladas rápidamente por las amenazas de un militar obeso… O bueno, cuya entonación se reduce por las mismas. Pues Andrés sigue riendo en una voz baja, minúscula, hasta que entra la noche, hasta que les lanzan unas lonjas de jamón para cenar, hasta que el humo de sus cuidadores le da ganas de toser, hasta que cierra los ojos y se sueña sin rostro, rodeado de maniquíes vestido exactamente igual a él, viendo en una televisión a un grupo de maniquíes, vestidos exactamente igual a él.

            Y al ver que como él, solo tosen y tosen, es feliz.

*

            –Los cargos imputados son asociación para delinquir, obstrucción del libre tránsito y flagrancia de vehículos. De esto, se les juzga…

            Andrés jamás oiría tal frase suspensiva. Por más que le dijera luego a todos sus amigos que, al igual que ellos, estaba inmensamente sorprendido de que a todos los muchachos presentados solo él salió sin ninguna medida cautelar, que al parecer se olvidaron de él al presentar las pruebas forjadas, no lograba sepultar el hecho de que abandonó a sus compañeros de cárcel muy temprano. Aunque sí estuvo con ellos cuando los pasearon brevemente por un calabozo del Palacio (“ah, parece que por aquí no era que tenía que llevarlos,” dijo quien los guió a su juicio), donde cantidad de sombras y sonrisas desdentadas los insultaron e invitaron a unirse a su orgía involuntaria. Y también estuvo con ellos cuando, luego de registrarse, los llevaron a un banquito para esperar su turno (aunque salieron de CORE 5 a las seis de la mañana, una manada de aprisionados estaba esperando a las puertas del Palacio antes que llegaran). Pero al pasar tres horas, un hombre de boina roja los llevó a él y al hijo del militar a otro cuarto, donde estaban sus padres.

            –Qué leche que ambos estamos enchufados, ¿no? –le comentó entonces el compañero de cárcel.

            Apenas llegó a su casa, su mamá entró a su cuarto y le explicó cuál era el trato: que se iría a vivir a Canadá con su papá. Andrés no decía nada al respecto: mientras su madre insistía en que ya estaba buscando pasajes, en que tenía miedo que lo tuvieran fichado, en que le debió haber avisado qué estaba haciendo, aunque estaba orgullosa de haber creído en el país, agarró el primer libro que consiguió de su mínima estantería, Ídolos rotos, y leyó todo el último capítulo.

            –Está bien –contestó secamente al terminar su lectura, mismo momento en que la señora le preguntó rotundamente si había entendido. Espero a que saliera de su cuarto, a que bajara a la cocina para servirse un té o un café o algo por el estilo, y se metió en Facebook para escribirle a María Alejandra, quien le había escrito en su muro que era un héroe, que esperaba que estuviera bien, que toda Venezuela estaba pensando–: Tengo que contarte algo serio.

*

Recuerda que María Alejandra le recomendó que leyera El beso de la mujer araña, de Manuel Puig. Recuerda que tras pasar las primeras veinte páginas, concluyó que era una novela demasiado gay, y que la niña lo tildó de homofóbico y de pueblerino (“pareces un llanero, ajá, te da asquito ese tema, pero seguro te encantaría leer una escena de un tipo cogiéndose una burra,” le dijo en un voicenote de como cuatro minutos.) Recuerda que apenas le comentó que era seguro que se iba a Canadá, que le tenía que devolver el favor a su mamá (“tienes suerte que te puse a hacer el TOEFL y todos esos exámenes universitarios antes de que entraras en la Metropolitana,” sentenció entonces), que no le quedaba más nada que hacer en Caracas, que quería verle y despedirse “bien” de ella, la niña le respondió con una serie de puntos suspensivos y más nunca le contestó un mensaje. Recuerda que el día en que celebraría su despedida, solo Samuel y Diego se aparecieron en su casa, que L., quien le había dicho que necesitaba hablar con él y saberlo todo sobre su aprisionamiento, estaba en Nueva York, atendiendo a una conferencia sobre las turbas estudiantiles en la que, rodeado de políticos que llevaban años protagonizando chistes, él era el único estudiante. Entretanto, camina por las calles de Montreal en camino al apartamento de su papá, notando la extraña combinación de chores, medias y sandalias que al parecer, le bastan a más de un hijo de anglosajones protestantes para soportar la nieve. Le encantaría reírse al ver que el estereotipo existe…, le encantaría.

            –This is a great portfolio –le prometieron los asesores de Concordia.

            –I would only suggest to, I don’t know, make more visible the contrast between the protests and the girl –le dijo uno de los personajes, seguro de que la relación entre el caos y la calma en Caracas es tan maniquea como en el resto del mundo.

            Luego de pasar al lado de unos árboles azules hechos de papel en Sherbrooke Street, Andrés ve un banquito desocupado, un tanto alejado del asfalto. Se sienta y mantiene su mirada en los árboles. ¿A quién se le podría ocurrir esto?, se pregunta. Se imagina en su casa en La Boyera, los árboles del jardín, azules, y sus hojas, de papel, y siente asco.

            De repente, oye unas palabras que se les hacen familiares. Voltea la mirada y nota que una pareja de argentinos o uruguayos vienen peleándose por la calle. Que en un momento, sus insultos se intensifican, se paran ante las hojas azules, sus gestos cada vez más exagerados. “Sos un boludo de mierda,” le dice la mujer a quien Andrés presume es su esposo o novio, y le suelta una bofetada. Y se va arrastrando los pies de la rabia de la escena.

            El argentino o uruguayo se queda mirando al suelo por unos segundos. Y luego, pasmado, levanta su mirada y mira directamente a Andrés.

            Y Andrés, sin resquebrajar el puente que ha tendido el extraño con sus ojos, se levanta de su banquito, destruye su portafolio con sus manos, pisotea cada una de las páginas, de las imágenes, y se larga a cualquier lugar.

Caracas, enero de 2016

Un comentario en “Geografía de una ciudad en crisis, por Carlos Egaña (Caracas, 1995) ~

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