Insumisos (2016), de Tzvetan Todorov; por Maikel Ramírez

9788416495382

El totalitarismo es una de las taras que le ha robado el sueño al prominente historiador y filósofo Tzvetan Todorov desde que en 1956 abandonara su Bulgaria natal, país satélite del comunismo soviético a la sazón. Conforme a esto, sus últimos trabajos examinan la metamorfosis que ha experimentado el totalitarismo en los Estados democráticos, nada inmunes a ceder a esta tentación. Insumisos, su reciente ensayo publicado por Galaxia Gutenberg y traducido por Noemí Sobregués, es un nuevo esfuerzo por advertir contra cualquier práctica totalitaria que se perfile amenazante en el horizonte actual.

            En primera instancia, Todorov previene al lector contra cualquier lectura en la que resuene el ataque terrorista contra Charlie Hebdo y, a consecuencia de ello, cualquier signo de islamismo o islamofobia, puesto que nada más se alejaría del interés que ocupan a sus páginas, a saber, revisar las vidas de ocho personas cuyas rutas de vida dan cuenta de insumisión y resistencia en contextos históricos peligrosos, o cuando menos inflamables, bajo el dictamen de principios morales que, aunque surgen en el espacio íntimo, se trasladan a la sociedad y alcanzan transformar las condiciones políticas y materiales por el bienestar del colectivo. Un poco más de doscientas páginas le bastan al reconocido intelectual para demostrarnos como Etty Hillesum, Germaine Tillion, Boris Pasternak, Aleksandr Solzhenitsyn, Nelson Mandela, Malcolm X, David Shulman y Edward Snowden no cedieron a las presiones de regímenes totalitarios de la ideología de turno.

            Todorov nos dice que el motivo para escribir esta obra es que, pese a que son personas harto conocidas, sus opciones éticas aún permanecen en la oscuridad. Antes de llegar acá, sin embargo, Todorov ha repasado la vida precaria que le tocó experimentar bajo la bota comunista durante sus años en Bulgaria, y cómo las esperanzas surgidas por las denuncias de Nikita Jruschov contra los crímenes de Stalin fueron despedazadas por la invasión del Ejercito Rojo a Hungría en 1956, lo que lo llevó a concluir que el mal no se constreñía a la sombra del máximo líder del partido, sino que era natural al sistema que representaba.  Quizá este libro no se habría materializado si a Todorov no le inquietara hurgar en la vida que él decidió no continuar: “…es una de las razones que hoy en día me empujan a observar más de cerca las vidas que yo no viví, vidas de resistencia moral, no violenta, al orden dominante”. Por lo demás, cada una de estas figuras termina aceptando que los límites de lo humano no se restringen a su propio cuerpo, sino, ante todo, se repliega hasta la vida de los otros.

            Insumisas como Etty Hillesum y Germaine Tillion encaran la voraz maquinaria nazi tras las ocupaciones de Holanda y Francia, respectivamente. Pero mientras que Hillesum no sobrevivirá a Auschwitz, Tillion continuará con su vida, salvo que cada vez más convencida de que el mal se puede alojar, incluso, en el grupo que se autoproclama como moralmente superior. La insumisión de Pasternak y Solzhenitsyn se manifiesta en la Unión Soviética Stalinista, donde el primero romperá su simpatía con el líder toda vez que aumentan el hambre, la miseria, los gulags y el fusilamiento de compañeros de las bellas artes. Otra muerte que determina el cambió de Pasternak es la de su viejo amor Tsvietáieva. El escritor depositará todo este lóbrego ambiente en su obra maestra El doctor Zhivago, novela que es publicada en Italia a despecho, y contra la presión, del Partido Comunista; Solzhenitsyn, en lo que le toca, es condenado a un campo de concentración luego de descubrirse su poca estima por Stalin. Reconocerá desde entonces que sobre sí recae la misión de contar cómo transcurría la vida dentro del gulag. Esta experiencia será la que vuelque en su trabajo mayor Archipiélago gulag, obra que, como El doctor Zhivago tiene gran resonancia en el extranjero y hiere de muerte al sistema comunista.

            Dos insumisos conocen las ideologías racistas más destructivas de su época: Nelson Mandela y Malcolm X. Una primera fase en el camino de Mandela hacia la insumisión lo muestra como un sujeto extremista dispuesto a acometer cualquier acto violento en su lucha contra el Apartheid en Sudáfrica. Casi veintiocho años en la cárcel cambiarán su vida para siempre. Durante aquella estancia,  Mandela descubrirá que sus enemigos no son completamente malvados, que en el fondo están llenos de gentileza y de buena voluntad. Es mucho lo que Madiba obtiene gracias a su buen trato hacia el opresor: desarma su violencia y también los libera, aunque ellos no lo sepan. Tras salir de la cárcel, Mandela no se muestra ávido por vengarse contra quienes han traído tanto dolor a la mayoría negra del país. Aunque deja perplejo a sus compañeros de lucha, nunca se abre un abismo entre lo que dice y sus acciones. Mandela logra la transición cuando desde todas las latitudes llegaban las amenazas de una guerra civil. Semejante, por otro lado, es la insumisión a la que arriba Malcolm X, quien pasa de considerar a todos los hombres blancos como demonios a perseguir una sociedad justa para todos. Antes, el líder negro debió convertirse al islam cuando pagaba condena en la cárcel. Su crítica puntiaguda contra el pacifismo de Martín Luther King cederá ante la idea de que ambos se encuentran tras el mismo objetivo.

            Nuestra época no es ajena a los sistemas de exclusión y los biocontroles de la población. Dos insumisos se hacen indispensables para Todorov: el israelí David Shulman y el norteamericano Edward Snowden. Shulman ha puesto de relieve la recuperación de la memoria histórica, pues tiene la convicción de que un pueblo que haya sufrido el Holocausto jamás podría infligir el mismo crimen, como, lamentablemente, sí lo hace Israel contra los palestinos. Shulman, asimismo, ha formado parte de comisiones cuya misión es atender el sufrimiento de las víctimas de Gaza. Snowden, por su parte, enfrenta otro tipo de totalitarismo, uno que, a decir de Todorov, hace que la distopía de Orwell, 1984, luzca corta de vista, tanto más en cuanto que Estados Unidos y Gran Bretaña manejan bases de datos cuyas cifras son espeluznantes. En una palabra, los ciudadanos del mundo somos vigilados constantemente. La insumisión de Snowden estriba en revelar ante el mundo que los Estados violan los derechos civiles a su antojo.

            En la última parte del libro, Torodov traza razonables paralelismos entre las acciones de estos insumisos y la tradición budista, en la medida en que estas personas prodigan autocontrol y compasión hacia quienes los antagonizan. Me parece que también estamos autorizados a asociar  dicha insumisión con la desobediencia civil que concibió Henry David Thoreau en su influyente ensayo, tanto más cuanto que esta desobediencia deviene un gesto político desde el lado del grupo opresor. Recordemos que Thoreau apuntaba a desmantelar la fuerza de un Estado que aplastaba un país más débil, como Estados Unidos lo hacía con México (1846-1848).

A pocas horas de sentarme a escribir esta nota, se hizo público el fallecimiento del líder cubano Fidel Castro. Aunque a simple vista su caso parece adecuarse al concepto de insumisión, realmente se aleja irrevocablemente de lo que Todorov conoce por tal término. Sobran ejemplos de cubanos que pagaron cárcel injustamente, expatriados que no pudieron regresar nuevamente a su país, persecución y hostigamiento contra quienes no se acomodaban a la ideología oficial. Precisamente, su caso es el de los otrora oprimidos que sustituyen una forma de injusticia por otra. Quienes nos movemos en el ambiente literario conocemos de muy buenas fuentes la censura sobre Reinaldo Arenas, Guillermo Cabrera Infante, José Lezama Lima y Wendy Guerra, entre otros, por parte de aquellos que se autoproclaman más arraigados en el suelo patrio que el resto de sus connacionales. Los insumisos  de este libro, en cambio, no sucumbieron ante los maniqueísmos de su época, no clasificaron el mundo por medio de la dicotomía de los buenos contra los malos y, por tanto, no sólo no odiaron, sino que, incluso, reconocieron la humanidad de sus enemigos y la inhumanidad de sus amigos. Han demostrado un inconmensurable amor por los demás y por la verdad. Han sido prueba viva del riesgo, la soledad y los sacrificios al que se somete alguien que acepta ayudar al prójimo de manera desinteresada, al punto que quien los adversa termina adhiriendo su causa. Ninguno ha sido proclive a la estridencia, ni a las recompensas, ni mucho menos a perpetuarse en un puesto de poder (Mandela, por ejemplo, cumplió un solo mandato). Son muestra de un camino que, como bien acota Todorov, nos parece admirable, pero poco, acaso nada, estamos dispuestos a transitar.

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Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

 

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