Ok Computer: 20 aniversario, por Maikel Ramírez

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Los años noventa son una mala época
para ser pobres y anónimos

Caitlin Moran | Cómo se hace una chica

Aunque su morfología delata una raíz francesa, es la lengua inglesa la que le proporciona al término ‘Déjà vu’ el contenido con el que estamos familiarizados. Me apresuro a recalcar que no me interesa discutir si este tipo de experiencias pertenecen al campo de la psicología o al de los fenómenos proféticos. Acudo al déjà vu solo para  dar cuenta de mi sensación de encontrarme frente a una experiencia repetida la noche del 9 de octubre de 2016, cuando en una escena en el salón del parque temático de la serie de TV Westworld la atmósfera se llenó con una versión en piano de No surprises, canción que pertenece al archiconocido álbum OK Computer, de  la banda inglesa Radiohead. Reconocí de inmediato que aquel tema o, para ser más preciso, aquel álbum regresaba para reavivar imágenes, preocupaciones y movimientos como un calco implacable del pasado. Este año OK Computer alcanza los 20 años de edad, lo que ofrece un momento propicio para revisitarlo. He querido, por tanto, rendir un pequeño tributo a la que, casi por unanimidad, no solo es considerada la obra maestra de Radiohead, sino una de las creaciones más influyentes de la historia de la música. Pero como toda ovación es imposible realizarla en soledad me acompaña un grupo de melómanos para el que Ok Computer  ha sido crucial en algún momento de sus vidas. Sus puntos de vista nos ayudan a acercarnos a una mayor comprensión de la trascendencia de este álbum, así como a iluminar aquellos años 90 (se dice fácil lo que es ahora tan distante) y nuestra propia experiencia en condición de sujetos de un devenir histórico.

I

En la década del proclamado fin de la historia, tesis de Francis Fukuyama ante el desplome del comunismo soviético;  seis años después de la Guerra de Irak y dos de la guerra en Bosnia; en medio del duelo por la prematura muerte de Lady Diana y de la elección de Tony Blair como Primer Ministro de Inglaterra; a cuatro años de que la Torres Gemelas sean derribadas por terroristas islámicos y se inicie la llamada Guerra contra el Terror por parte de George W. Bush, lo que el recién fallecido Tzvetan Todorov llamará ‘nuevo orden mundial’ en un agudo ensayo sobre el orden del mundo que surgía con las guerras preventivas, Radiohead editó Ok Computer, tercer álbum cuya grabación había empezado en 1996, tras la transición que marcó decisivamente el albúm The bends (1995) al contener un estilo que los distanciaba del sonido de las bandas británicas de los 90 y, sobre todo,  al romper con el disco debut Pablo Honey (1993), que si bien representó un buen número de ventas y el éxito internacional con el popular tema Creep, la crítica especializada fue feroz contra la banda. Esto, sumado a asuntos más íntimos, fue determinante para que Thom Yorke  decidiera no volver a cantar, incluso aborrecer, Creep por un largo tiempo. Para sintetizarlo, desde la óptica de la crítica Radiohead era tan solo una banda del montón.

II

En un iluminador ensayo sobre Batman, Juan Francisco Ferré asevera que la década de los 90 fue una época de incredulidad. Por mi parte, tengo dos observaciones que apuntan en esa dirección: el humor y la hibridez genérica.  Al igual que tantos jóvenes de aquellos años,  dediqué abundante tiempo frente a la pantalla de TV disfrutando de MTV. Por aquellos años, con una especial sensibilidad para detectar el humor, mi amigo Pedro ‘Tote’ Ávilez me hacía notar la invitación a la carcajada que contenían muchos de aquellos videos musicales. Particularmente, habría que resaltar una inigualable capacidad de aquellas bandas para convertirse a  sí mismas en objetos de risa. Podría citar muchos nombres, pero en este momento acude a mí el que quizá resulte el epítome de la autodegradación y, a diferencia de lo que uno pueda esperar, el triunfo de este autoflagelo: Loser, de Beck, canción que se regodea en la que es una categoría cultural despreciada. Sin embargo, era notorio que Beck se la pasaba súper autorrepresentándose como un perdedor nato.

La hibridación genérica también estaba a la orden del día en la música de aquellos años 90. Al terminar los 80, una banda como Guns. N. Roses aún nos ofrecía la nitidez de un género, pero apenas penetramos los 90 irrumpe el grunge de Seattle con bandas como Nirvana y Pearl Jam, y lo que continuará será la indetenible marcha de la fusión de géneros, que dificultará cada vez más cualquier denominación. Un ejemplo paradigmático es Soup, segundo álbum de la banda Blind Melon, cuyo título nos permite tener una idea clara de la mezcolanza de géneros que encontramos en este trabajo de la agrupación liderada por Shannon Hoon, combinación de funk, folk, grunge, jazz y otros ritmos más. En cuanto a Latinoamérica, ejemplos ilustrativos, a no dudar, son las banda Café Tacuba y Aterciopelados. Nos resultaría inimaginable el disco Re de los Tacuba en una década diferente a los 90, álbum que cual rizoma enlaza ska, rock, bolero, funk, pop, punk, rock industrial, bossa nova, samba. Esto no solo ocurría en canciones individuales, sino, como quedó demostrado en el MTV Unplugged, podía irrumpir en una misma canción, tal como el caso de Las flores, que se paseaba del ska al contrapunteo folk. Para reforzar este argumento, no descuidemos el hecho de que el vocalista de la banda cambia de nombre constantemente (Rubén, Cosme, Juan, Anónimo).

En cuanto a Venezuela, la impureza genérica produjo una pieza infaltable en cualquier fiesta mínimamente respetable: la hora loca. No importa la edad, ni el sexo, ni los gustos, pues la hora loca invita a todos a participar en una sesión en la que los límites entre el rock, el tecno, el pop, el tex-mex, el ska, el reggae, la tarantela y la música infantil abolen las clases sociales a despecho del mismísimo Marx. Por divertido que suene esto, eso es lo que realmente importa, pues desde Aristóteles pasando por el Renacimiento hasta llegar a la actualidad, los géneros han sido relevantes, no en pocas proporciones, porque permiten clasificar los miembros de diferentes categorías, esto es en términos políticos, las clases sociales. Hubo un tiempo en que ser rockero y discotequero importó por las ideologías que las sostenían y marcaban un dentro y un afuera del grupo ideológico.

De cualquier forma, los dos aspectos que he señalado no se excluyen. Un ejemplo a la mano es el de la banda argentina Illya kuryaki and the Valderramas y el video musical que acompañó al tema Abarajame. A ver, acá tenemos a una banda argentina, cuyo nombre mezcla el de un espía ruso y el del conocido jugador colombiano (en plural) de fútbol en una estructura sintáctica de la lengua inglesa. El video musical es todo un culto al pastiche, en el que unos hermanos gemelos son separados por miembros de mafias chinas y que finalmente pelean artes marciales no en Chinatown, sino en Chaco town. Sus primeros dos versos también son híbridos: “mi nombre es Culero Connor/ soy cruza de potrillo y de perra”. Del resto, el hip hop, el funk, el rock, la música clásica, así como las indumentarias correspondientes y una ramificación racial desbordada, atraviesan la pantalla de la mano de gestos tan patéticos que matan de la risa. Ni que decir tiene que este video parodia, por una parte, una película de acción protagonizada por Jean Claude Van Damme al inicio de los 90 llamada Doble impacto,  y, por la otra, la popular serie de TV Kung Fu, como podemos apreciar por el parecido del padre de los gemelos con el actor David Carradine.  En el plano técnico, además, se usan zooms rápidos, un estilo muy popular en las series de TV setentonas. Este video no esconde su intención de que no se le tome en serio. Cada pose hilarante y descuidada ha sido milimétricamente calculada. Por mucho que intente, se escapa a mi imaginación un escenario distinto a los 90 en el que algo así pudiese pasar.

A mi parecer, Ok Computer es una de esas obras fronterizas que bebe de todo lo anterior, pero que anuncia un nuevo espíritu. La incredulidad antedicha se enturbia con un tono más oscuro y la hibridez asume una nueva forma. Este álbum captura el zeitgeist del giro del siglo que está a punto de abrirse. Similarmente, el profesor de lengua inglesa y dibujante Juan Carlos Álvarez describe este álbum como: “enigmático”. A juicio de este seguidor de la música de Radiohead desde la época de Pablo Honey y con quien he conversado al respecto por largos años, el álbum cumpleañero: “tiene una mezcla de sentimentalismo, inconformidad, sarcasmo, ironía e introspección llevado de la mano con un sonido refinado de guitarras eléctricas. No hay mucha distorsión de guitarras como en los dos trabajos previos, sino que se refleja un concepto particular de belleza más asociado a los experimental en cada canción”.

Gerardo Carvajal, escritor y también profesor de la lengua de Shakespeare, sostiene algo parecido, pues,  para él, Ok Computer  destaca por un carácter poético que encuentra también en la música de The Doors. Transcurridos los veinte años de su aparición, expresa así  la importancia del tercer álbum de Radiohead: “…puedo decir que es el disco que hizo que empezara a entender el rock más allá de la forma tradicional en cuanto a instrumentos, sonidos y forma de la canción. Me hizo ver los sonidos electrónicos de otra forma y más allá de algo exclusivo de la música electrónica entendida como algo de DJs o de un instrumentista japonés fumado haciendo vainas raras”.

III

Se cuenta que Kurt Cobain escuchaba el álbum Automatic for the people, de REM,  al momento de suicidarse. Joey Ramone, por su parte, escuchaba la canción In a Little while, de U2, antes de su último respiro a causa de un cáncer voraz. Sobra decir que tanto el disco de REM como la canción de U2 son piezas tan hermosas como tristes, incluso podemos estar de acuerdo en que lo primero es gracias a lo último. Kendall L. Walton ha advertido recientemente que la música es el arte que produce respuestas físicas y emocionales más directas y rápidas. Otro aspecto que se debe tener en cuenta, continúa Walton, es que la música, al igual que la poesía, está hecha para ser apropiada y repetida por los receptores.  Por supuesto, con esto no quiero decir que Cobain se quitó la debida debido al disco de REM ni que Joey sucumbió por culpa del tema de U2. Lo que quiero resaltar, en cambio, es que ya estos músicos tenían una disposición anímica que los unió a las obras que más cercanas a ese sentimiento estaban. Nada sabemos de lo que realmente sintieron estos cantantes en ese preciso momento, pero es tentador imaginar a Kurt reconociéndose en la línea: “When you think you’ve had too much of this life to hang on” de Everybody hurts minutos antes de jalar el gatillo, o a Joey pensando en su antigua novia, por la que nunca volvió a tratar a Johnny, al compás de la línea: “In a little while this hurt will hurt no more/ I’ll be home, love”, mientras lo consumía la agonía.

Con relación a los sentimientos que se llegan a experimentar al entrar en contacto con Ok Computer, la escritora Oriette D’Angelo me cuenta que escuchó por primera vez el disco gracias a una prima, cuando apenas contaba siete años. Entre las canciones del álbum, Karma police se convertiría en el refugio al que la adolescente Oriette se apuraba para escribir su diario. Escuchar Radiohead forma ahora parte vital de su ser, como bien lo explica en estas líneas: “Radiohead fue parte de mis rabietas adolescentes, de la depresión por la que pasé al crecer, de mis momentos de introspección. Siempre he sentido que la música es algo fundamental en la construcción de la memoria”. En 2016, Oriette tuvo la oportunidad de asistir a un concierto de Radiohead y asegura haberse transportado al escuchar Karma Police.

Esto me hace pensar en la idea que desarrolla el filósofo surcoreano Byung-Chul Han en su ensayo El aroma del tiempo. Acá, contra la velocidad de la sociedad del hiperconsumo, contra la fe en que el cálculo responderá las inquietudes de la humanidad y contra la autoexplotación de la sociedad de la eficiencia, Han propone el tiempo de la contemplación. Hasta ahora, desde su escritura luminosa, nuestras vidas pierden sentido no porque vivamos más deprisa, sino porque nuestras experiencias están fragmentadas. Me consta que Ok Computer puede extraernos de la velocidad y del trozo extraviado de la existencia. Hace diez años, me mudé de mi Maracay natal a vivir en un estado más cerca de mi sitio de trabajo. Por algún tiempo viví en un edificio reservado para vacacionistas, lo que implicaba que no encontrara un alma durante la semana, a veces por más días. Sé muy bien que en esas horas de silencio y soledad absoluta Ok Computer se escucha con una serenidad cautivadora e induce sin resistencia a la introspección.

Razonablemente, la lingüista y escritora Ana María Ramírez estima que este trabajo de Radiohead estimula una sensación de ascenso, de levitación. Según lo percibe, Ok Computer, no podríamos estar más de acuerdo, consigue: “encapsular el tiempo, lo etéreo, lo sublime”. Fijémonos en que su apreciación replica el argumento de Walton que anoté arriba. Nos encontramos con el completo solapamiento de la música y la experiencia física. Como Tarkovski y Winding Refn en el cine, Radiohead articula un tiempo íntimo y personal. Este disco se hace amo de nuestro tiempo subjetivo.

Si esta obra maestra de Radiohead no deja ninguna fibra intacta, se debe a que, para empezar, la forma de las canciones corporiza al fondo más que algún otro disco del que conserve memoria. En otros términos, las canciones son onomatopéyicas, pues su sonido trata de parecerse al tema del que hablan las letras. En tal sentido, Airbag suena como una nave que se enciende, y en la medida en que se mencionan  las palabras “interstellar burst” la música realiza un sonido similar a un objeto que se fragmentara; Paranoid android nos transmite la idea de un autómata descontrolado y que escucha una voz que le habla dentro de la cabeza; Subterranean homesick alien nos parece un alienígena nostálgico que intenta comunicarse con nosotros; Fittier happier es una computadora que instruye sobre cómo asumir una vida hueca; Karma police  dibuja un panorama sombrío; la minimalista No surprises asemeja a una constelación cercana a una experiencia metafísica. De hecho, su video trae a la mente el recordado close-up del astronauta viajando a la velocidad de la luz en 2001, una odisea espacial, uno de esos planos típicos del estilo visual de Stanley Kubrick. Por otra parte, la monotonía de sus acordes casa bien con la idea de un mecanismo, de allí que tuviera cabida en el mundo autómata de Westworld; la voz de Yorke en Climbing up the walls se disuelve con un registro macabro propio de un tema sobre el acoso, aunque no descartamos una interpretación de algo más fantasmal; The tourist sugiere bajar la velocidad “slow down” al tiempo que suena ingrávida. Si nos fijamos bien, el disco cierra un círculo que empieza a alta velocidad con Airbag y termina con la lentitud de The tourist, tema que vuelve a recordarnos la contemplación de la que nos habla Byung-Chul Han. Dicho todo de una vez, con Ok Computer no solo escuchamos canciones sobre un alienígena afligido o una sociedad opresiva, sino que estamos en presencia de ellos. Como arguye Walton, acá la experiencia de estas canciones se hace completamente física. Ok Computer se hace carne.

Por otra parte, mucho se ha discutido el caso de canciones que parecen más animadas, como Let down o la misma No surprises.  Con todo, no deberíamos engañarnos, ya que a pesar de que estas canciones se presentan contenidos por formas que superficialmente lucen optimistas, sus letras hacen todo lo contrario. No surprises, por ejemplo, es una hermosa e indiscutible canción de cuna que habla sobre el suicidio.

En expresión del crítico musical Dai Griffiths, el ‘daño’ lo hace Thom Yorke, cuya voz es apropiada para crear atmósferas emocionales. No puede pensarse en Radiohead sin referirse a su vocalista. En un documental en el que se revisa Ok Computer, Griffiths pone como un ejemplo prototípico de la sensibilidad del vocalista la canción Exit music (for al film), en la que la voz de Yorke se va robusteciendo progresivamente. Ya ni hablemos de los falsetes logrados en Paranoid android, cuya  ejecución supera sobremanera a las de trabajos anteriores, tal como, entre otros tantos,  Fake plastic tree.

IV

En su prólogo a la distopía contemporánea Toque de queda, del escritor norteamericano Jesse Ball, Luís Chatarroní usa como epígrafe el verso de Karma police que dice: “This is what you get when you mess with us”. No tengo dudas de que la lectura que podemos hacer de esta canción encuentra cabida en cualquier régimen totalitario. Además de hacer este aspecto explícito, el video musical de esta canción nos ubica en una posición harto incómoda, pues asumimos la mirada de quien maneja el vehículo que persigue al hombre a lo largo de la carretera de aquel paisaje desolador. Todo en este video es sobrecogedor: su tono, los colores, las expresiones corporales y la cámara subjetiva que nos asignan.

Si me preguntasen por algunas asociaciones literarias, no vacilaría en conectar Karma police con el cuento distópico de Ray Bradbury, El peatón. Sobre todo, por la cercanía de esta canción con la voz robótica de Fittier happier. En el cuento de Bradbury, recordemos,  un peatón que sale a respirar el aire nocturno es interpelado por una policía automatizada.

Otra conexión intertextual, que desde hace tiempo me pasa por la mente, es la del filme THX-1138 con la ingravidez que producen varias de las canciones y, en especial, con el diseño del disco. Respecto a esto, la saturación del blanco de la portada me hace pensar en el conocido filme futurista de George Lucas, cuya blancura produce un efecto de desorientación y pesadilla, a la par de la que experimentan los personajes de la novela de Herman Melville,  Moby dick, ante la monstruosa ballena. Conviene prestar atención, igualmente, al resto de los elementos compositivos de esta portada, pues ya desde acá Radiohead ofrece una muestra del panorama desconcertante de su álbum: trazos o borraduras irregulares y agresivas, letras de todos tamaños, una autopista interrumpida, figuras humanas diluidas y retazos mecánicos, entre otros.

La estudiante universitaria y escritora Natascha Fher dirige su mirada precisamente a la dimensión social y política de Ok  Computer. Se decanta, en consecuencia, por las canciones Paranoid android,  Let down y Karma police. Estas, afirma, tienen el rasgo común de manifestar “rudeza” y “peso social” en las letras. En líneas generales, Radiohead, me cuenta, habla del creciente consumismo.

Es ampliamente sabido que Thom Yorke devoró varios libros de política y economía en la fase preparatoria a la grabación de OK Computer. Una de las piezas que expresa sin disimulos este asunto es Electioneering, tema, como ya se infiere, volcado hacia la trama de las votaciones. Como quiera que sea, ya sea el hartazgo que conduce al suicidio en No surprises o el obsceno burócrata del video Paranoid android lo político impregna todo este disco.

Al margen de cualquier gusto personal de los realizadores, a saber, Jonathan Nolan, J. J. Abrams y compañía,  no es difícil reconocer cómo encajan las canciones de este disco en la visión personal de la serialización del clásico filme Westworld. Una muestra adicional y categórica es el episodio final de la primera temporada, en la que el punto álgido de la historia va acompañado de una versión instrumental de Exit music (for a film), tema que aporta un dramatismo y un aire tan deprimente como creciente, que apenas demanda una edición lo suficientemente ágil que acabe en el acto final de Ford. Se conjugan a tal punto estas piezas de Radiohead con la serie, que  cuesta pensar que no hayan sido compuestas exclusivamente para ella.

V

Pensadores de los problemas contemporáneos  y sus implicaciones para el porvenir, tales como Yuval Noah Harari, Francis Fukuyama y Rossi Braidotti, han hablado de la llegada de la posthumanidad, fase de la historia del mundo que trastocará  todo el orden  de cosas que conocemos cuando se desarrollen y se pongan definitivamente en circulación la nanotecnología, los entes cibernéticos, la clonación, las ciencias cognitivas y el dataismo o explicación del mundo a través de algoritmos. Dando por sentado esta inexorable muerte de lo humano, podemos reformular el consabido saludo atribuido a los gladiadores romanos: Ave, Ok Computer, los que vamos a morir te saludamos. Felices 20 años.

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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