Rock contra la dictadura, volumen 1 (2018), por Maikel Ramírez ~

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“El conducatore gobernaba para sí, su
socialismo era individual y ególatra”

(Eduardo Sánchez Rugeles: Transilvania unplugged)

“Las cúpulas de poder y las autoridades institucionales de México han tenido que enfrentar a muchos enemigos. Uno de los más incómodos sobrevivientes: el rock”, nos dicen en la introducción del documental Gimme the power, en el que el director Olallo Rubio no ceja en segundo en alumbrar la relevancia de la banda Molotov en el contexto socio-político de su eclosión en México. Esta dimensión política del rock se muestra generalizada en el episodio Good rockin’ tonight del documental de Bud Friedgen The history of rock & roll, en el que unas imágenes de archivo describen este género musical como obsceno y vulgar, pero, antes que nada, como música salvaje propia de negros afroamericanos. No nos andemos con rodeos: el rock es la música contra el poder por antonomasia. Demos por seguro que la ONG por los derechos humanos PROVEA no descuidó esta condición al asegurarse las 16 bandas que incluyó en el magnífico álbum Rock contra la dictadura, iniciativa que, según su Coordinador General, Rafael Uzcátegui, busca denunciar el abuso de poder a contravía de la pantagruélica maquinaria comunicacional del Estado venezolano.

            Los tentáculos que brotan de la caricatura de Nicolás Maduro que vemos en la portada alcanzaron Perú el pasado mes de abril, pero no como una simbología de su omnímoda dictadura, sino porque allí se distribuyó gratuitamente el CD (se puede descargar gratuitamente en este enlace: https://humanoderechorecords.bandcamp.com/album/rock-contra-la-dictadura-venezuela-volumen-01) en el marco de la VIII Cumbre de las Américas, instancia que entonces redoblaba su línea contra la violaciones a los derechos humanos en Venezuela, al punto que Pedro Pablo Kuczynski, presidente de Perú a la sazón, canceló la  invitación a Maduro, quien  al final no asistió al evento, aun cuando no llovió, ni tronó, ni de lejos relampagueó, condiciones adversas que eran las únicas que impedirían su asistencia, como lo aseguró en varias ocasiones ante audiencias que irremediablemente perdieron  la noción de pertinencia del aplauso. Por último, como es su hábito, el Stalin caribeño se contentó con replicar la mitigación del fracaso que con precisión Esopo representó en su clásica fábula El zorro y las uvas.

            No es arbitraria ni caprichosa la caracterización de “verdadero punk” que el legendario baterista Mark Ramone hizo del recién fallecido chef Anthony Bourdain, pues como se expone con claridad  en el juicio alrededor del cual revolotea el filme Bomb city, del director Jameson Brooks, el rock trasciende la estrictamente musical para convertirse en una actitud desafiante a la rigidez del orden social. Podemos añadirle a esta forma de vida transgresora un conjunto de sonidos autóctonos de la geografía latinoamericana y el resultado que nos proporciona es el rock de nuestra región. Estos dos rasgos permiten que en Rock contra la dictadura el ska, el dub, y el hip-hop, compartan trincheras con el punk, el metal, el hardcore, el postgrunge, y el rap-metal.

            Antes que distorsionar sus guitarras, las 16 bandas hermanas en armas las afilan para diseccionar los tentáculos omnipresentes de la dictadura. La operación se lleva a cabo con humor, desmitificación y placentera insolencia. “Vamos al paraíso, al paraíso fiscal, mira que ya instalamos el gobierno popular”, nos dice la canción Paradise, de Emigdio+Superpower, banda del exDesorden Público Emigdio Suárez. Con igual desparpajo embiste más adelante: “alerta que camina por América Latina un cargamento de cocaína/con militar disciplina cantando consignas vacías/mandamos a hacer en China de manera clandestina merchandise de sufrimiento/con el logo del movimiento: los ojos de resentimiento”. En Nazional, la banda Ministerio de la Suprema Infelicidad homologa la violencia de los nazis con la crueldad de la Guardia Nacional Bolivariana, la mano represiva predilecta del régimen de Maduro y uno de los agentes de los asesinatos de estudiantes en 2014 y 2017, y la instala en su hábitat operacional: “oye, soldado, no vine por ti/solo queremos que nos dejen pasar/tus jefes consiguen medicinas/pero mis viejos necesitan Losartán/hoy no es un día cualquiera/las calles vamos a tomar/aprovecho y pregunto de frente: ¿tú te conformas con el CLAP[1]?”.  La banda punk Zombies No, por su parte, introduce su tema Excesivamente normal con el gañote de Hugo Chávez deformado entonando la manida “Patria, patria, patria querida…”.

Otro de los recursos que sirve contra la dictadura es el intertexto. Es el caso de la banda ganadora del Festival de Nuevas Bandas 2017 Le’Cinema, cuando habla de un ladrillo más en la pared en indudable alusión al clásico de Pink Floyd, canción que, ya recordamos, criticaba los mecanismos coercitivos y de control en el sistema educativo inglés. Nos resultaría más provechoso aún si recordamos que aquella fue la canción que los alemanes corearon con las venas tensadas en el cuello en 1990,  para celebrar la caída del Muro de Berlín en noviembre de 1989, evento que marcó la caída del castillo de naipes que eran el régimen comunista ruso y sus satélites de Europa del Este. Una síntesis necesaria: los recursos formales y de contenido de estos dos últimos párrafos son apenas una muestra de lo que a lo largo del álbum sostienen las otras bandas: Los Delorean, Colibrí, Bioshaft, Cadáveres Podridos, Doctor No, Los J, Pez Volador, Agente Extraño, Holyhands, Doña Maldad, Cardiel y Sibelius. Uno de los momentos especiales del disco es precisamente la canción Obstinados de esta última banda con la participación de OneChot, pues debemos recordar que el músico caminó por el delgado hilo de la muerte en 2012, tras recibir un disparo en la cabeza para ser despojado de su automóvil. “harto de tener que sobrevivir todos los días es un nuevo combatir”, dice la letra de la canción.

Para un continente tan diezmado por la rapacidad de los tiranuelos, como lo es el nuestro, el rock ha sido fundamental por plantar voces alternativas contra el discurso hegemónico, sea que lo haga de manera frontal o, cuando hay un inminente peligro, por medio de un lenguaje indirecto, cuyas implicaturas, sigo la idea del lingüista Steven Pinker, pudiesen ser canceladas.  Ejemplares de esto fueron las bandas punk Pinochet Boys y Los Prisioneros durante la dictadura de Augusto Pinochet en Chile. O como una vez llegada la democracia ocurrió con las canciones  No es cierto, de Los Tres, también sobre Pinochet; Los dinosaurios, de Charly García, y Mal bicho, de Los Fabulosos Cadillacs, que aludían a la última dictadura militar argentina. Aunque, para decirlo todo, tanto Charly como los Cadillacs compusieron otros temas sobre el mismo periodo infausto de la historia argentina. Uno de los casos que viene a cuento porque señala una práctica de las dictaduras extendida por el continente es el cover que Los Cadillacs hicieron del clásico de Rubén Blades Desapariciones.

El rock de protesta en Venezuela parece registrarse en los años 80’s con bandas como Arkángel (Levántate y pelea), Sentimiento Muerto (Miraflores) y Desorden Público (Políticos paralíticos), por dar algunos nombres y títulos. Y ya que arriba hablamos de Mal bicho, recordemos que en 2009 Los Amigos Invisibles la grabaron para rendirle tributo a Los Fabulosos Cadillacs y, al mismo tiempo, criticar a Hugo Chávez. Por entonces, José Luís Pardo, guitarrista de la banda, contó que los integrantes sintieron la necesidad de no callar ante la realidad que vivía Venezuela. Aunque, que recuerde, esta canción fue ninguneada por un sector de la crítica cuando apareció al mediar los 90’s, debido a que, según la veían, intentaba repetir la fórmula de Matador, al menos a mí me parece que su letra es más directa y su videoclip exuda una dureza de esas que si adherimos la tesis del escritor José Ovejero en La ética de la crueldad, nos toca admitir que dispara nuestras más hondas preocupaciones. Allí, entre otras imágenes, un militar muy parecido a Videla tortura a una muchacha en un cuarto que prácticamente es una piscina de sangre.

En una reciente entrevista con el periodista José Vicente Rangel, Delcy Rodríguez, la nueva vicepresidenta de la república, aclaró que, en el fondo,  la revolución es una venganza. Un dato relevante: Maduro formó  parte de bandas de rock en su juventud, algo de lo que se ha ufanado en varias ocasiones. Por qué no pensar, entonces, que Rock contra la dictadura vibrará en el aire como una dulce venganza poética.

[1] Acrónimo de los Comités Locales de Abastecimiento y Producción, creados por Maduro en 2016, pero que ni abastecen ni mucho menos producen. Se trata de una caja de comida con unos pocos alimentos, por lo general carbohidratos, que no se venden con frecuencia ni a toda la población. En cambio, sirven para el control y el chantaje, como ocurrió en las últimas elecciones presidenciales, o más recientemente con las enfermeras y médicos para tratar de parar sus protestas. Su opacidad supone un negocio turbio que beneficia a militares, empresas de maletín y a miembros de la nomenklatura, llamados metafóricamente “Los enchufados”, versión potenciada del vampirismo encuadrada con terminología tecnológica.

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