Cuatro poemas de Luis César Salazar (Venezuela, 1996)

Luis César Salazar (Maturín, Venezuela, 1996). Estudió Ingeniería de Petróleo en la Universidad De Oriente. Participó en el taller de poesía Murmullos del Guayacán, a cargo del poeta Luis Segundo Renaud. Ha publicado poemas en la revista Alborismos (Venezuela) Poetómanos (México) Tridente (Venezuela). Finalista en la séptima edición del Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. Actualmente cursa como becario el Diplomado de Reflexión y Creación Poética dictado por la fundación La Poeteca.

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Notas para la composición de un imposible arte poética 2

 

Por el lenguaje de los perros, que ninguno quiere hablar

soy arrastrado hacia los orfeones del vértigo

bajo el mandoble de dios

convocándome aquí hacedor de ruinas

lejos por monterales fugitivos

lejos por la ciudad que me calcó el semblante

de las piedras en el rostro

osario de intrusos

que me pasean por los altares del tedio

con sus lagrimales endurecidos

hacia la calle fatigada

hospicio de mi escueta altura

lavados en opacidad cóncava de ojos soporíferos

vísperas del germen opalino engordando las cuentas

deslizándome del lugar común

al común largar de mi pierna su anomia

por el lenguaje de los perros, que ninguno me recibe

por el lenguaje de los pacos, que callarme solo sabe

por el lenguaje de la patria, que me enseñó a tener hocico

atravesado en las romerías de la esperanza

nunca más doblada

que las rodillas

advertido e ignorante

en mis inútiles rigores

de voltear la lluvia

vaciándome el cerebro y los bolsillos

en el encava fijado a la fuga

llanura agreste de charleros

doliéndose la pata del oído

niños enjambre ofrendados a los billetes

preguntando quién romperá el cristal inquieto

la salida de emergencia en sus retinas

 

ahora sé que el río es siempre un suceso

la lluvia el viaje que sueñan las aguas

que estamos solos en nuestras maneras

de significar la soledad

que escribo como callo

por el lenguaje de los otros, imitando

por el lenguaje de los cuerpos, imantado

por el lenguaje deslenguado, instintivo

monosilábico adiabático fagocitado

curveando calcáreos cotorreos

atascado en el gorgoreo de las tuberías de escape

donde alza el humo

lo que hunde el hombre

estos hombres

que piden ser salvados

de la resurrección

los ritmos circadianos

la reiteración absurda de las estrellas

por la altura

si los satélites precipitan la sed

entre la tos la compresión los ronquidos

por el lenguaje de los perros, que ninguno quiere hablar

por el lenguaje de los perros, que ya olvido

jugando a tumbar el viento.

 

 

Notas para la composición de un imposible arte poética 1 

 

Largas sesiones con el sicólogo.

Remitido dos veces al área desierta de la siquiatría.

Nada tengo para decir de la locura salvo un sueño

cuerdo en que casi muero de fastidio.

Nada tengo para agradecerle masticando

mi reflejo multiplicado en el infinito terrible.

Casi nada con que desatarme los dientes. Confesar

que de tan poco sirven las confesiones pacientes

mecánicas, pragmáticas. Quisiera entonces escribir un camino

que no busque nadie caminarlo. Un largo poema

terriblemente aburrido que los ojos de los transeúntes

y las madres más benevolentes maldigan. Dejarme allí como

un pavimento gomoso donde afloren los últimos sofistas de plaza

grandilocuentes maravillas orbitando lo grotesco. Una suavidad

espeluznante abrazando en peso mínimas islas donde dormir

sus devaneos.

Los pasos estáticos de los que van al oscuro bautismo del que vuelvo.

Irme pues, por mi propio ombligo.

Cerrar la luz que me tizna la cabeza.

 

 

Cuarto sumidero 

 

(el ido)

 

Llegó el viento y colgó en mí

su masa sorda de vital vaivén:

largaron mis pies todo cuanto costra la tierra

y en esa ligereza bautizado fui           ido

 

vi cómo separa: el cordón del ombligo

si un soplo parco larva la boca

la cabeza de la almohada

cuando el sueño tiene dientes accidentados

la patria del hombre  (esa piedra espeluznante)

si el hombre gusta gotear su lengua

a merced del vago movimiento de las nubes

 

en esa ligereza fui torcido         de tajo alzado

hacia lo hondo de la especie

tapiz celeste en la unidad del glóbulo

abrazado al viento que cierne

extrañas maniobras

de versar el rostro

falaz a su anverso

 

llegó el viento a batirme en su bisagra

sin el grito de la tierra que urge

árboles encaramados a la argolla

solar desnudo al fulgor entero

acampando sobre mi cabeza

fantasmales gradaciones

donde únicamente circulan caracoles

calcando los días

laboriosamente.

 

 

La casa del juicio

He consumido la noche en su entraña latente y quedan en mis ojos pobres hilos, absurdas irradiaciones de sombras sorprendentes o seres desvanecidos. Soy un loco en la casa del juicio y su habitación estaba vacía, nadie dormía en aquel sumidero y ahora comprendo, dulcemente derribado, al descorchar el vidrio en su nomenclatura, bajado del pantalón y la cornisa, que quizá era más feliz cuando escarbaba la tierra sin proposiciones y si cantaba era solo por creerme a ciertas horas pájaro,

ahora hay que labrar la espuma, acostar el relieve, revelar la piedra, velar su porosidad celeste. En las ventanas nadie saluda, en los rincones durmientes crecen, y por un momento apuntan el silencio como un estilete y la casa torna algarabía. Comienza uno a amar prismas,

portátiles fisionomías, tinta seca o sus cáscaras, la secreta labor de los techos, una pared iluminada, el inmenso desliz de meterse sonriente en la literatura.

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