Fragmentos de «Canción de Jonathan [2 Sam 1:26-27]», por Manuel del Callejo (México, 1994)

Manuel del Callejo (Oaxaca, México, 1994). Estudió la licenciatura en Letras Hispánicas en la Universidad Nacional Autónoma de México y la maestría en Literatura Comparada en la Universidad de St Andrews, Reino Unido. Ha publicado la novela Antequera o el paraíso (2012) y la colección de cuentos Algunas consideraciones sobre el fuego (2014), por la que recibió el Premio Nacional de Literatura Joven Salvador Gallardo Dávalos. En 2017 fue becario del Fondo Nacional para la Cultura y las Artes de México.

~

Sendas de alheña dibujo

sobre, de arena, tu mano,

ignorando por capricho

esos cauces subterráneos

de tus venas inclinadas

hacia el viento de Levante.

 

 

 

Yo te salvo, Señor,

lleno eres de gracia:

ahora mismo estoy contigo.

Bendito Tú eres entre todos los Olimpos

y bendito es el fruto de tu aérea simiente,

de tu cándido deseo, carpintero Jesús.

Dios nuestro, Padre sólo de las nubes,

ruega, amigo mío, por Ti mismo,

por tu salvación, pecador inmenso,

ahora y para la hora en que finalmente te olviden.

 

 

 

De todas las erróneas maneras

que existen de jugar a tu errónea doctrina,

yo elijo, Señor, la de la sangre,

la de la vibración incesante,

la de tus más ilustres perdonados.

Porque al final (me han contado las aves)

sólo convocas a tu divina presencia entre los cirros

a aquellos con quienes podrás conversar horas de horas:

aquellos que saben del pecado

casi tanto como Tú.

 

 

 

Advertencia a todos mis reinos

—oh, desiertos, bóvedas doradas

sobre la arena— de Levante:

 

Si he de hablar no será acerca de pequeñeces

y obviedades:

el furor con que giran los planetas,

la fuerza que ejerce la Corona

sobre sus vasallos ciegos, la muerte

y la reencarnación en este u otros mundos,

la destrucción de las bestias.

 

Si he de hablar será de aquello más hermoso:

una vibración de tu pelvis encrespada,

la nieve que hallo detrás de una oreja

escarchando en tu cuello sudores que agradezco

de rodillas, la ventana de una alcoba

en un coto de caza, el rabillo de tu ojo

por donde se cuela Dios cuando te corres.

Leave a Reply

Your email address will not be published. Required fields are marked *