Fragmentos de «Reverberaciones de un padre», por Diego Landín Sánchez (México, 1986)

Diego Landín Sánchez (Ciudad de México, México, 1986). Periodista, guionista y productor. Fundador y director editorial del sitio cultural Jamlet Inculto. Ha cursado los diplomados de periodismo cultural (Revista de Letras, Barcelona) y Literatura europea contemporánea (Instituto Nacional de Bellas Artes y Literatura, México).

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Cómo construir el lenguaje

 

Observo a mi hija,

sus gestos al aprender una nueva palabra

me conmueven:

 

apila los conceptos, las ideas

y durante el día va experimentando.

 

Anoche dijo que soy su héroe

porque maté una araña,

aún cuando yo no quería,

aún cuando le dije que hacía una excepción.

 

Reafirmé cuantas veces pude

que a los seres vivos no se les mata,

se les reacomoda.

 

Y aún así, soy el héroe.

¿Cómo corregirla?

 

Lleva horas con lo mismo,

me presume con sus abuelos.

Grita, mientras brinca en el pasto,

suplicando que vaya a jugar con ella:

 

¡Que venga mi héroe! Repite.

 

Así va construyendo su universo lingüístico,

a base de repeticiones,

a pesar de que su padre no puede confesarle

que haber matado a esa araña patona

 

destruyó castillos morales de los que, piensa,

no hay vuelta atrás.

 

 

Sobre el arte de volar

 

Mi hija mayor le ha dicho a su madre

que quiere volar

eso es lo que más desea:

tener el poder de despegar sus pies del suelo

 

sentir el aire golpeando con gentileza

todo su cuerpo, el rostro.

Que inunde sus pulmones.

 

Sólo pidió batir sus alas.

 

¿Por qué quieres volar?, preguntó mi mujer.

Con la inocencia de dos años dos meses

la niña contestó que era sólo un deseo.

No había más motivos.

 

Describió sus alas:

dijo que empezarían por sus manos

específicamente en sus dedos,

pasarían por debajo del brazo;

también tendría alas en la espalda,

como ángel prototípico.

 

Anhela volar.

¿Qué le contestas a una deseo tan sincero,

transparente?

Un sueño que hemos tenido casi todos.

 

Mientras su madre me cuenta

pienso en las veces que quise volar.

La última, hace un par de años,

antes de que la niña llegara a nuestras vidas.

 

Quería salir volando de la recámara

de un departamento que habitamos de solteros,

en un quinto piso.

 

Quería escapar. Lo deseaba,

tanto como ahora mi hija anhela hacerlo.

 

 

Clases de natación

 

Te sumerges,

tú madre y yo observamos

como exploradores en un safari

desde la grada del colegio.

 

Con tus dos años y cinco meses

eres una anfibia entusiasta;

lloras poco

cuando extrañas a tu madre

 

o a la sensación de pisar tierra, dices.

 

Braceas, aprendes a aguantar por más tiempo

la respiración bajo el agua,

luces tus dones de buceadora pueril,

para que tu madre y yo inflemos el pecho

 

y digamos unas veces en voz alta

otras en susurro:

la del gorro púrpura es mi hija.

 

Me digo en mis adentros::

escribimos para llenar

los huecos de la infancia,

 

vacíos que no sabíamos que estaban ahí.

 

Tú nadas, quizá, para no olvidar

que en el inicio,

muchas infancias detrás, millones,

fuiste reina en el agua,

dueña del mar.

 

 

Principio

 

A veces me explico el universo

como el momento exacto

en que ella amamanta a nuestra hija.

 

La mira, ambas están recostadas,

pegadas entre sí, como una sola.

 

La niña cierra lo ojos

a regañadientes

mientras acaricia el pezón que no succiona.

 

Despierta, tienen sueño intermitente

y la madre desespera.

 

Aún así soporta, la mira y no deja de sonreírle.

 

Y entonces siento

que justo en ese instante

el big bang ha ocurrido.

 

Ellas son el origen.

 

 

Pináculo I

 

Aprendí de mi padre

y él de su madre

a observar las copas de los árboles

para calcular sus edades.

 

Esa es mi única herencia.

Es todo lo que voy a dejarles.

Aprovechen.

 

Y como les decíamos siempre en el auto:

 

¡Miren hacia arriba,

observen los árboles de esta ciudad!

(Esos seres que resisten,

y sobreviven a pesar del caos)

Son como nosotros.

 

 

Pináculo II

 

Hago las maletas, les cuento a los niños el plan.

 

La más grande reniega de las caminatas en el bosque

pero ella no sabe que su madre la escuchó presumirle a las amigas

de sus viajes familiares y de las decenas de datos inservibles

que yo repito cada vez que atravesamos senderos

 

llenos de árboles que nunca habían visto ambos.

 

El pequeño aún es un seguidor de sus padres:

nos imita y sus ojos se llenan cada vez que hacemos algo nuevo.

 

Y por eso lo preparo todo, o casi todo.

Hasta las frases que utilizaré para sorprenderlos.

 

Y ya llevo tatuada

la última frase que dije

la misma que mi niña anotó en un cuaderno al llegar a casa,

a escondidas y en absoluto silencio:

 

Los árboles son la sombra del pasado.

            Y hay veces en el día que sucede:

existimos

            gracias a que ellos nos observan.

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