Jacobo Villalobos (Caracas, 1995). Licenciado en Comunicación Social por la Universidad Central de Venezuela (UCV), diplomado en Escritura Creativa por la Universidad Diego Portales (UDP) y cursante de la maestría en Filosofía de la Universidad Alberto Hurtado (UAH). Ha resultado ganador en diversos certámenes, entre los cuales se cuentan: el Concurso Monte Ávila Editores para Obras de Autores Inéditos (2015), el premio Franco-venezolano para la Joven Vocación Literaria (2017) y el concurso de cuentos Santiago Anzola Omaña. Recibió menciones honrosas en el Premio de Creación Literaria Joven Roberto Bolaño, en sus ediciones de 2019 y 2020. Ha publicado los libros de relatos: “26 humillados” (2016), “Intrusos” (2017). Su tercer libro de cuentos se encuentra en edición bajo el sello Dos Pájaros.
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“It’s warm”
Invisible People. Nagabe
Fingió estar dormida manteniendo los ojos entrecerrados. Como no le creían, Catalina se propuso capturar al monstruo que vivía en su habitación. “Mi amorcito, no hay cosas así de abominables en tu cuarto”, le decía mamá, y miraba a papá en busca de apoyo. Pero la niña replicaba: “Hay un monstruo, grande y feo, que todas las noches se mete a mi cuarto, pero cuando amanece ya se ha ido”. Así que se preparó al sentir que se avecinaba, haciendo crujir la madera. “Ahí viene”. Con un tintineo lo escuchó tomar el pomo de la puerta y hacerlo girar con delicadeza. La sombra pasó veloz. Cerró a sus espaldas y, en un instante, se escondió bajo la cama, soltando un bufido. A pesar de su preparación, Catalina quedó helada y se aferró a la cobija. En su estado, aunque hubiese querido moverse, gritar, no hubiese podido. Porque en el suspiro del monstruo, quien la había advertido despierta, reconoció con claridad el más aterrador: “No digas nada, hijita, que tu mamá se molestará”.
A la mañana siguiente se había ido. Junto a la cama solo estaba Doña Trapiela, su muñeca de trapos, una pelota de goma y algunos juguetes desordenados. Del otro lado, un sol que se estrellaba contra el piso. Catalina todavía sintió su espalda erizada y el sudor frío de la noche, así que en un solo movimiento se volvió a arrojar contra la almohada y se cubrió hasta la cabeza con las sábanas, sin saber exactamente qué esperar. Así se quedó hasta que su mamá entró a la habitación y con suavidad fue quitándole las telas de rostro. “El desayuno ya casi está servido, cielo”.
“Anoche vino el monstruo”, respondió ella.
“Cata, ¿hasta cuándo?”, continuó la madre con un fondo de irritación en su voz. “Aquí no hay monstruos, y si los hubiese tu papi y yo los espantaríamos en un segundo”.
Aquello era imposible, un absurdo, porque su padre era el monstruo. Pero recordó la advertencia, así que se mantuvo callada. Por eso y porque más allá del pasillo, desde la oscuridad, se empezaban a escuchar las pisadas del padre, amortiguadas contra la alfombra. Se volvió a esconder debajo de las sábanas. “Ay, qué voy a hacer contigo”, suspiró la madre mientras la dejaba sola.
El cuarto de Cata estaba lleno de juguetes, cajas de rompecabezas, una bicicleta de madera de cuando era más chica y una pequeña biblioteca que los padres habían llenado de libros. Ellos no creían que una niña de la edad de su hija debiese tener celular o computadora; se esforzaban en darle una educación ergonómica. Y aunque por momentos había instantes de tensión, en general Cata se quejaba poco, porque encontraba gusto en la cantidad de colores que adornaban su habitación, y que usualmente no estaban en los cuartos de sus compañeros. Sin embargo, esa noche, sin poder dormir, sintió que a su alrededor todo se había tornado negro.
Abrazada a Doña Trapiela, intentaba dormir, pero cada vez que cerraba los ojos imaginaba que la sombra entraba corriendo y se abalanzaba sobre ella. Que le susurraba al oído: “No digas nada”. Entonces sentía que sus huesos se enfriaban y empezaba a tiritar de nervios. Cerrando y abriendo los párpados. Agotada pero alerta. Hasta que, de repente, sin aviso, la vio. Igual que la noche anterior, sin hacer ningún ruido, la figura se había colado dentro de su cuarto y, en un movimiento certero, se había acostado en el piso, junto a la cama. Lo único que quedó reverberando en el aire del cuarto fue un “shhhhhhhhhh”. A tan solo unos centímetros, la niña escuchaba la respiración cavernaria del monstruo y sus movimientos contra el piso. Temblando y apretando la muñeca contra su pecho, sin querer dejó escapar un lamento ahogado. Un gruñido, el chasquido de una lengua. “Hijita, ¿sigues despierta?”. La voz del monstruo sonó clara, gentil pero embadurnada de saliva. “¿Qué ocurre?, ¿tienes pesadillas?”. La niña no respondió. No sabía qué decir. ¿Acaso el monstruo no se daba cuenta de que no podía dormir justamente por su culpa? “Descuida, papi espantará cualquier sueño feo que tengas”, dijo la voz gutural.
“Ven”.
“Toma mi mano”.
Desde debajo se extendió una garra: una mano negra de dedos larguísimos y palma gruesa, de nudillos peludos como la de los chimpancés de las enciclopedias, o como los dibujos en sus libros de Anthony Browne. La manaza se extendía a tan solo centímetros de su cara, a un mismo tiempo terriblemente maciza e irreal. Con lenta curiosidad, la niña extendió la suya hasta sentir la piel del monstruo con la punta de sus dedos. “Eso, cariño”. La zarpa la tomó, tan grande era que envolvió por completo su mano hasta la muñeca. Para su sorpresa, su tacto era tibio, suave, como siempre que durante el día su padre la cargaba. “¿Papá?”, preguntó ella. “Sí, mi amor, aquí está papá”. La niña separó los labios y cerró los ojos, poco a poco fue quedándose dormida.
Todas las noches, el monstruo entraba a la habitación. A pesar de su tamaño, que en la oscuridad nocturna parecía descomunal, sus movimientos eran rápidos y callados. Se acostaba junto a la cama, y con lentitud, tímidamente, ofrecía su zarpa a la niña. Catalina la veía fijamente, grande frente a su rostro. Se había acostumbrado a las horas en las que el monstruo venía a visitarla, así que ya lo esperaba, entre emocionada y nerviosa. Ya él no le pedía silencio. Era un acuerdo tácito. Así que ella no se inmutaba: dejaba que entrara y en cuanto veía la mano ascendiendo, se apresuraba a su encuentro. “Buenas noches, papá”, decía en susurros. A veces dejaba caer su brazo por el borde de la cama, para estar más cerca de él, y creía poder sentir su respiración rocosa sobre la piel y el aliento cavernario, cubierto de la humedad de la saliva, entibiándole la muñeca. En esos momentos, le parecía que dormía más tranquila que nunca. Que el calor reconfortante, el aroma denso y el tacto envolvente de su padre monstruoso la acurrucaban hasta que el día despuntaba y se descubría completamente sola en la habitación. “¿Por qué no me dijiste antes que eras tú? Así no hubiese tenido tanto miedo”.
“Temía yo que después ya no me quisieras”
“Pero igual te descubrí”.
“Sí, creí que ya estabas dormida. Si te soy sincero, esa noche yo dormí aterrado”.
“¿Hasta los monstruos se asustan?”
“No soy un monstruo”.
Durante el día, hacía dibujos secretos, trazos gruesos con crayones que retrataban toscamente las partes del monstruo: los brazos, la cabeza grande, el torso macizo. Se entretenía y postergaba lo más que podía el dejar la comodidad de su habitación, la cual ahora se le antojaba un lugar de encuentros clandestinos. Y cuando rechazaba el desayuno, ensayaba pequeños gruñidos y tímidos ruidos animales para mostrar por primera vez su desagrado por la avena o el cereal sin azúcar. Para Catalina, las visitas nocturnas empezaron a adquirir el gusto de un secreto entre amigos. Por la mañana, el padre y la hija fingían que nada pasaba, pero de vez en cuando se hacían un gesto, un guiño, una sonrisa, que revelaba que ambos compartían algo que nadie más sabía. Ella miraba a la madre y de inmediato lanzaba sus pupilas a su padre, para confirmar que entre ellos había un pacto oculto. “¿De qué tanto te ríes, Catita?”.
“Mami, ¿te acuerdas que te dije que le tenía miedo al monstruo?”, dijo durante el desayuno. Entonces el padre abrió los ojos y contuvo la respiración. “Por favor no me digas que has vuelto a tener pesadillas”. Catalina la interrumpió. “Pues ya no le tengo miedo”, y dio una cucharada satisfecha a su avena. “Menos mal. Así todos dormimos tranquilos”. El padre le dedicó una sonrisa y un gesto cómplice. Ambos comieron en silencio, pero para la niña era como si tuviesen una conversación por telepatía.
Mientras dormía, sintió que las uñas se enterraban en su piel. “Ay”. Dejó escapar un quejido. El monstruo soltó su mano. “Shhhhhh”. La zarpa se recogió hacia el piso. Cata se giró y se asomó por el borde de la cama. La figura oscura se agitaba, abrazada a sí misma, con la cabeza vuelta hacia la puerta. “¿Qué ocurre?”. “Shh”. Afuera, más allá de la puerta, se escuchaban unos pasos acelerados que recorrían el pasillo, se detenían en la sala y retomaban la marcha. Aunque eran pisadas livianas, producían un eco inquietante. Por debajo de la puerta, se asomaban las luces que se encendían y apagaban. De repente, todo volvió a callarse. “¿Qué pasa?”. El monstruo dejó escapar un suspiro largo. “¿Pasó algo?”.
“Tengo que irme”
“¿Por qué?”
“Porque sí”.
“Pero no quiero”.
En un parpadeo, la bestia había dejado la habitación, despidiéndose con el ruido de la puerta al cerrarse, que atravesó el completo mutismo del resto de la noche. Una vez más, Catalina no pudo dormir porque volvía a sentir miedo y zozobra.
Durante los días siguientes, la casa estuvo extrañamente silenciosa. Sus padres comían con la mirada enterrada en sus platos y no le dirigían palabras cálidas. Su padre le decía “Catalina”, con todas sus sílabas: “Ca-ta-li-na”. Ella no sabía por qué. Pero tampoco podía preguntar. “Mami”.
“¿Qué, Cata?”
“¿Te acuerdas del monstruo?”
“Tesoro, no quiero hablar de eso”.
Había empezado a dormir mal de nuevo. ¿Qué había pasado? El cuarto se le antojaba enorme, los juguetes la veían con rostro pétreo. Doña Trapiela olía feo, a polvo, y no respondía a sus preguntas. “Vamos, cariño, termínate tu desayuno que nos tenemos que ir”.
“Tengo mucho sueño”.
“¿Y de quién es la culpa?”
“Extraño al monstruo”
“¡Cata!”
“Quiero que mi papá me lleve a la escuela”
“No”.
Su padre intentaba no mirarla. Terminaba su café en silencio, se levantaba de la mesa, se despedía y partía hasta cuando ya era avanzada la tarde; entonces se encerraba en su habitación junto a su madre, y no salían sino para asegurarse de que ella estuviese en cama a la hora de dormir.
“Que descanses”. Y las luces morían, junto a todo lo demás.
Mientras su madre se cambiaba en el baño, Catalina vio la figura de su padre recortada contra la ventana del cuarto de aseo. Se agachaba para recoger la ropa de la secadora y con sus grandes manos doblaba hábilmente todas las prendas en un par de movimientos. La camisa blanca que vestía se arrugaba en sus brazos y se tensaba en su espalda. El pantalón se recogía cada vez que se arrodillaba y dejaba al descubierto unas piernas velludas que las medias no alcanzaban a tapar. Catalina caminó con lentitud y se detuvo bajo su sombra. “Te extraño”. El padre no reaccionó. Siguió acomodando la ropa mecánicamente. “Papi, extraño al monstruo”. Una vez más no hubo respuesta. Sin embargo, una sonrisa infantil se dibujó en el rostro del hombre. Ante la mirada de la niña, el pecho se le hincho tanto que ella creyó que rompería la camisa; los brazos nervudos se erizaron y las manos se estiraron, largas y filosas en la sombra que proyectaban sobre el piso, en torno a Catalina. Un gruñido, un suspiro rasposo y la sonrisa satisfecha de la niña. “Cata, ¿qué haces que todavía no te pones el uniforme?”, la apuró mamá.
“Nada”.
Esa noche escuchó atentamente. Tenía que ser. Le confesó a Doña Trapiela que estaba segura. “Él vendrá”. Luego la dejó caer al piso porque no la necesitaría, al menos no esa noche. “Ahí viene”. Eran los pasos sigilosos de siempre. El eco en sordina. El ronroneo distante. El pomo de la puerta giró con un leve “crack” casi inaudible. La puerta se movió queda. La mano alargada se metió dentro de la habitación, reptando por la madera. Traía consigo la calidez del aire asentado en el pasillo. Pero entonces, la luz. Como aquella noche, al fondo se escuchó la percusión de los pies livianos. El bombillo alumbró una franja que atravesó el borde de la puerta entreabierta y golpeó la cara de Catalina. Entonces la puerta empezó a cerrarse de nuevo. Todo volvió al silencio y a la oscuridad y los pasos desaparecieron en el interior de la casa. No le quedó más que recoger a la muñeca de trapo y lamentarse con ella.
Por la mañana, sus pequeñas pisadas se detuvieron en seco. El piso frío, a pesar de que afuera el sol matutino ya había despuntado. Ahí, en la sala, los marcos de las ventanas proyectaban sombras sobre las paredes y la brisa agitaba las hojas de las plantas que adornan algunas esquinas. ¿Por qué se detuvo? Escuchó unos gritos, que intentaban ser callados, provenientes de la cocina. Se refregó los ojos, viendo hacia los lados y tímidamente jugueteó con los bordes de su pijama y frotó sus pies uno contra otro. ¿Qué debía hacer? Quizá debería regresar. El estruendo la espantó. “¡Eres un monstruo!”, sollozó su madre. “Lo han descubierto”, pensó perturbada. Así que se giró de nuevo y apuró el paso hacia la cocina. Sin embargo, una vez más, se detuvo ante el umbral y solo pudo asomar su mirada. Nunca había visto a su padre tan empequeñecido, diminuto, bajo la furia de su madre, quien violenta le arrojaba vasos, platos, frutas, servilletas y exclamaba maldiciones quedas e insultos entrecortados. Catalina se preparó para hacer algo, pero ¿qué? No sabía cómo reaccionar, ni siquiera entendía lo que pasaba. De pronto su padre se irguió y tomó a la mujer por las muñecas. “¡Basta!”, se lamentó. “No merezco esto. Yo la amo”. Su madre contorsionó su rostro en una mueca que nunca antes la había visto hacer: los labios completamente curvados hacia abajo, los ojos bien abiertos pero las cejas fruncidas, y de un impulso agresivo pero ágil se zafó del agarre y hendió el aire. La mano estalló contra la mejilla del padre, con un ruido agudo fugaz, que le recordó a Catalina el sonido de un globo al reventar. Sin embargo, más allá del impacto, descubrió algo sorprendente: en la mejilla de su padre aparecieron tres líneas rojas; un arañazo que rasgó su piel y le lastimó en profundidad. De inmediato, lo entendió todo. ¿Cómo no pudo darse cuenta? Aquella herida solo podía causarla una zarpa, como la de su padre el monstruo; su madre no podía ser otra cosa sino, también, un monstruo. Otro monstruo. De pronto todo se había hecho claro. El secreto de su padre era otro, la verdad era que ella no debía saber que su madre y su padre eran monstruos los dos. Y como él había revelado lo que no debía, ahora su madre lloraba. “Ella también debe temer que no la querré más”, pensó Catalina. En su mente, la solución era sencilla. Así que se echó el cabello hacia atrás, infló sus pulmones y tensó sus músculos. Ante la mirada incrédula y llorosa de sus padres, Catalina aterrizó de un salto en mitad de la cocina. Los miró detenidamente. Su papá la observaba desconcertado, sujetándose la mejilla lastimada; mientras que su mamá la veía compungida, los ojos anegados y la cara torcida de horror. No debían preocuparse, ya todo iba a estar bien. Catalina soltó un rugido largo y agudo. Un “Rooooooar” con los ojos cerrados, hasta quedarse sin aire. Puso sus manos como una garra, y tiró un vaso de vidrió al piso. Entonces, ensanchó de nuevo sus pulmones para volver a rugir y consolar a sus padres, para hacerles saber que ella era su hija y que también podía ser un monstruo como ellos.
