Franco Ledezma (Caracas, 2001). Obtuvo una mención honorífica en la VII edición del Premio de cuento Santiago Anzola Omaña (2022), por su cuento titulado “ABCD”. Con uno de sus cuentos ganó la participación en el programa “Crafting the Future 2022”, dictado de forma online por la University of IOWA. Obtuvo a principios de 2023 la Beca en escritura creativa ofrecida por Funindes USB (Universidad Simón Bolívar). Además, ha publicado cuentos en Transtextos, en la primera edición de la revista literaria Virguliéresis y otros medios literarios. Actualmente reside en Caracas.
~
Dos cebollas, un tomate, y tres pepinos. Comprar, que no se te olvide, María: dos cebollas, un tomate y tres pepinos. Eso es lo que hace falta para este malestar del estómago que me pega duro como si yo estuviere por botar las entrañas. Ya estoy vieja, pero tampoco debería ser para tantos los malestares. Buenos días, señor Julián. Ese viejo sí es un ejemplo a seguir, con esos noventa años sigue trabajando como si fuera inmortal o qué se yo. Allá están las cebollas. Dos pepinos, tres tomates y una cebolla, recuérdalo bien, María. Me da por favor dos tomates tres cebollas y un pepino. Sí, no necesito nada más. Con esto debería bastar. Cónchale hijo si me faltan dos bolívares deberías perdonármelos, ¿no te parece? Es para una ensalada. ¿Sabes? Las arepas de maíz amarrillo no me dejan ir al baño. Ya lo sabrás cuando estés viejo, no se lo recomiendo a nadie. Si yo fuera tú, me moriría antes de los sesenta. Qué buen muchacho. Estas piernas acabarán matándome. Qué bonito amarillo, eso es lo que quiero yo, que me sigan regalando flores. Señor Pedro, me llevaré un par de flores de estas, ¿puedo? Si me dice que no igual me las llevo, las flores no son de nadie. Bueno, bueno, qué más da que no se llame Pedro ni Julián, ¿me las llevo o no? Como si fuera a poder impedírmelo. Vámonos, las pondré en el vasito que me regaló mi nieto. Qué barbaridad cómo tienen de descuidado esos edificios. Camina por la otra acera, María. Claro, no vaya a ser que tiemble y me caiga ese feo cemento encima. En mis tiempos era diferente, qué guapo te ves mijo, esos pantalones se ven como en los ochenta. Esta juventud tiene buen gusto. Oh, gracias, si supieras que no me arreglé. Llámame María, muchacho, que apenas te llevo un par de años. ¿A dónde es que iba? Aún estoy guapa, claro que sí. Mercedes sí que está en sus últimas, pobrecita esa chica, y ayer que andábamos por las calles rompiendo corazones; es que yo le decía que dejara de fumar. A cada rato se lo repetía, Mercedes, deja de fumar. De todos modos ya está vieja, si no la mataba eso la mataban los años. Y con esos nietos tan bonitos que tiene. Voy a sentarme un rato en la plaza. Qué barbaridad, qué degradación, allá era donde jugaba mi Carlitos cuando lo traía de niño, no queda ni un tubo de lo que fue el parque. Ah, así son los años. Estos riñones acabarán por matarme. Si mi viejo siguiera vivo me dijera: ven mi amor, que yo te sobo ¿quieres que te lleve al médico? Tan bello que era mi viejito. Ya yo estaba enamoradísima cuando él me sacó a bailar en la boda de Mercedes. Ahora que lo pienso, yo creo que Mercedes se lo dijo, sino creo que no me hubiera sacado a bailar. Tan guapo con su traje negro y el bigote ese tan sexi. Ay, chica, y me lo vino a matar el cáncer. No vayas a llorar en la calle, mujer. Qué más, una lloradita no le hace mal a nadie. Vámonos a casa María, mejor vámonos. Allá me espera el catire. Ah, no no, no me pasa nada, estoy bien, muchacha, gracias por preguntar. Qué linda chica, de seguro tiene un montón de hombres detrás de ella. No me llames señora, chica, soy María. Ven, más bien ayúdame a pararme de aquí, estos pies míos ya no dan para mucho. Eres muy bonita. Yo estoy arrugada, pero cuando tenía tu edad, no había hombre que no se enamorara de mí. Disfruta la juventud, hija, porque un día se acaba y no hay vuelta atrás. Vamos, María, recuerda a dónde es que quedaba el metro. Si no fuese por estas viejas piernas me fuese caminando. Tengo que llamar a Carlitos, quiero saber cómo han estados mis nietos. Qué travieso es ese Moisés, pero tan cachetón y bonito que una no lo puede ni regañar. Ey, hija, me asustaste, ¿y eso que te veo otra ves? Qué tonta soy, se me habían olvidado las flores y las cebollas, los tomates y los pepinos. Estoy vieja, estoy vieja, comprende, hija, que a una se le daña la memoria con los años. Eres muy amable. Cuídate mucho, y no uses drogas, porque ahí sí te pones fea rápido. Sí, y, además, te voy a regalar estas flores. Justo hace rato las agarré y me dije, se las voy a regalar a la muchacha más bonita que me encuentre en la calle. Y aquí estas tú. No hay de qué, hija, no hay de qué. Ahora, ¿Puedes decirme dónde es que estaba la estación del metro? Esta ciudad cada vez es más grande. Caracas es una locura. Claro, si me acompañas mucho mejor. Gracias, hija, gracias. Sabes, yo viví en un pueblito allá en Sucre hace años que es un paraíso de la tranquilidad. No como esta ciudad loca. Sabes, si dependiera de mí, quisiera morirme allá. No, aún no quisiera morirme, pensar en esa oscuridad me estremece. Ya a mi hijo se le murió su papá, no puedo morirme yo todavía, es mejor que pase un tiempito. Además, me gustaría ver al pequeño Moisés y a la adorable Gabrielita cuando estén grandes. Sí, yo tengo que morirme es cuando ellos crezcan. Si es que no me matan estos riñones primero, o me atropella un carro, con esta vista que me está quedando cualquier cosa puede pasar. Gracias, hija, eres muy buena, dile a tu mamá de mi parte que te ha criado de maravilla. No hace falta que me pagues el boleto, los viejos viajamos gratis, ¿no te parece una belleza? Alguna ventaja tenían que traer estas arrugas. Pasar gratis, que me den un asiento en el tren, no podría quejarme. Anda tranquila, hija. ¿Por qué fue que yo vine a esta bodega tan lejos? Mmmmm. Recuerda, María, recuerda. Tenía que comprar la cebolla, la zanahoria, y el repollo. También tenía que comprar algo más. Ya qué, luego me acordaré y le diré a mi hijo que me lo traiga. Me gustaría que Carlitos me acompañara a hacer las compras. Está siempre tan ocupado, el pobre, con esos dos trabajos que tiene. Él me dijo, mamá, vente a vivir conmigo. Pero yo no puedo dejar mi casita, donde viví siempre con mi viejo. Mercedes a cada rato me anda diciendo, María ese hijo tuyo no te quiere. Claro que me quiere. Es que ella no conoce a mi Carlitos, ni todo por lo que ha pasado. Además, yo tampoco podría vivir con esa esposa suya. No, para nada, no voy a estar siendo la suegra que echa a perder el matrimonio. Mercedes viene y me dice que es él quien tiene que mudarse conmigo. No, no, yo lo quiero mucho, pero mejor me quedo sola con el catire. Esos nietos míos me matarían de un infarto, mejor que vengan solo de visita, a pasar unos días si quieren, pero después derechitos para su casa. Gracias por el asiento, señor. Mira este señor, más viejo que yo y dándome el asiento. Seguro es que le gusto. Y está bien repuesto todavía, no sé qué harán esos viejos para estar así. Está como Marcos el del bodegón de hace rato. Ese Marcos no me quería dar las flores, como si el me mandara. Véanlo pues, pero es que le pícaro hasta se me queda mirando. Será mejor que levante mi mano para que vea mi añillo de casada. Sí, señor, esta belleza no anda disponible. Vamos tren apúrate, que este calor no lo aguantan ni los margariteños. Ay, me voy a desmayar aquí si esto no se apura. Seguro el señor aprovecha la oportunidad para ayudarme y después estarme coqueteando. Ya me lo imagino, viejo pícaro. Esta María que usted ve aquí es fiel a su marido, así que no vaya a perder su tiempo. Al fin. Permiso, una pobre vieja va pasando. Eh, caramba, pero den un lado, no tienen todos que arrumarse ahí en la puerta. Gracias, señor, ahí le dejé su asiento otra vez, es usted muy amable. Vamos, pero qué tumulto de gente. Así como con este viejo fue que conocí a Ramón, qué infinita cantidad de años han pasado. Nunca entenderé cómo es que esos amores antiguos aún siguen doliendo. Si Ramón no me hubiera roto el corazón no tuviera a Carlitos ahorita, o quizá sí, pero con diferente padre. Ese Ramón, eran tan romántico. Y pensar que murió sin tener hijos, ni mujer. Cuando me envió aquella carta hace diez años, casi me da un patatús. Como se atreve a buscarme cuarenta años después de que me rompiera el corazón. Ah, pero es que después de tantos años es que vienen a darse cuenta que la aman a una. Tu matrimonio no estuvo mal tampoco, no puedes estar quejándote, María. Ahora tienes a Carlitos, a Moisés y a la Gabrielita. Aunque, si Ramón siguiera vivo seguro me fuese con él. Ya hace cinco años que murió mi viejo, no creo que Manuel se fuera a molestar si estoy con otro. Hola, vecina, ¿Cómo está su perrito? Esta es otra vieja que tampoco piensa morirse nunca. Los hombres se nos mueren, y quedamos nosotras solas, pero esta sí que es una joya, seguro fue ella misma quien envenenó a su marido, con lo mal que lo trataba, no se sabe. Ah, me alegra que esté bien su perrito. Mi gatito también anda muy bien, más hermoso que nunca. Si le contara que ayer anduvo jugando todo el día con unas medias mías. Qué tierno se veía mi catire. Si ese perro suyo no fuera tan agresivo, se lo trajera para que lo vea. Ya esta vieja ni hablar puede. Adiós vecina, cuídese mucho, nos vemos luego. Ya mi catire debe estar atrás de la puerta. Me quiere mucho mi gatito, cada que vengo de vuelta siempre me espera al otro lado. Se merece lo mejor del mundo mi catire. Qué estúpida soy, ya me acorde. Si esta vejez no me mata a mí, sí matará a mi catire de hambre. Olvidé buscarle su comida. Vieja estúpida, cómo es que se te va a olvidar. Ahora catire se molestará conmigo. Voy a llamar a Carlos para que me la traiga, no lo voy a dejar sin comer. ¿Y a dónde está ahora mi cuchitura? Catire bonito, ven con mami. Ajá, ya te vi. Ven, salte de debajo del mueble. Debe estar dormido. Vamos, ¿cómo era el número de la casa de Carlitos? A ver, a ver. Ven, catire, acuéstate en mis piernas mientras llamo a tu hermano. Sí que tienes el sueño pesado hoy ¿eh? Vamos, contesta. ¿Aló? ¿Hijo? Hola, mi amor, ¿cómo estás? Me alegra. Yo, bueno, ya sabes, cada día más vieja. Estos pies me están matando y desde hace como una semana cargo un dolor en los riñones que no me deja hacer nada. Pero no te preocupes, hijo, son cosas de la vejez, aún no me voy a morir. Sí, sí, qué bien, así tendrás que trabajar menos, me alegro mucho. ¿Y mis nietos? Tenía que ser Moisés, típico de él. Pero no le vayas a pegar, hijo, es solo un niño. Recuerda que tú hacías cosas peores. Bueno, pero no era yo quien te pegaba, sino tu papá. No por esos vas a pegarle a Moisés, ¿eh?, porque le pregunto y después te regaño. Claro que no lo estoy malcriando, hijo, eso son cosas de niños. Oye, hijo, ¿puedes hacerme un favor? Sí, yo sé que estás ocupado, pero no te tomará mucho tiempo, puede ser en la noche. Gracias, hijo, me alegra que sí puedas. ¿Serías tan amable de traerle comida al catire hoy? Olvidé comprarle, ya sabes. Estoy vieja y todo se me olvida. Si supieras que hoy casi me pierdo, ya de broma me sé mí nombre. Ajá, no quieres que yo salga, ¿y cómo pretendes que compre mis cosas? No, para nada, no lo voy a permitir. Si no me dejas hacer mis cosas entonces sí me moriré aquí aburrida en esta casa sin tu padre. Tú sabes lo difícil que es estar aquí sin tu padre, por eso me distraigo saliendo. Sabes, hoy estuve pensando en él y me dieron ganas de llorar. Está bien, hijo, claro, entiendo que estés ocupado. Más tarde hablamos cuando le traigas la comida a mi catire bello. Este muchacho cada vez tiene menos tiempo para su madre. Vamos, catire, ya has dormido mucho, dale un poco de cariño a tu mamá. ¿Catire, por qué no despiertas? Ey, me estás asustando. ¿No quieres asustar así a tu mami, verdad? Vamos, hijo, despierta. ¡Catire! No, no puede ser. Venga, sí que tienes ese sueño pesado. No, mi catire, no. No te me mueras. Qué vaina, catire, cómo te me vas a morir así. Ahora sí que se acabó mi vida. Moriré sola. ¿Aló? ¿Hijo? Hijo, se me murió el catire. Hijo, no, por favor, trae a un veterinario, no voy a poder vivir sin mi catire. ¿Cómo pretendes que sepa qué le pasó? Yo llegué y ya estaba aquí, muerto. Ay, mi gatito, hijo, y tan bonito que es, con sus patitas amarillas, con su panza amarilla, y con su lomo amarillo con manchitas blancas. No puedo calmarme y dejar de llorar, hijo, es mi catire. Mi gatito, hijo, mi gatito. Bueno, si me va a dar un infarto que me dé. Mi gatito, hijo. ¿Ahora quién me va a acompañar? Yo no quiero dejar de vivir en esta casa. Vente tú para acá, hijo. Aquí cabemos todos, anda, vente. Si la escuela les queda lejos podemos inscribirlos en otra. Ay, hijo, me vas a dejar sola, ahora sin mi catire. Sabes, ayer estaba tan juguetón con mis medias. Si tú lo hubieras visto te morías de ternura. Moriré sola, hijo. Se me fue tu padre y ahora también mi catire. ¿Cómo que solo un gato? Hijo, no sean tan insensible con tu madre. No era solo un gato, es mi gato, mi catire, mi compañía. Y ahora está muerto. Vente, sí, hijo, vente. Pero no te aseguro que me consigas viva. Se ha muerto mi catire, hijo. Moriré sola. Ven rápido. Bien que te lo decía Mercedes, María, no te encariñes con ese animal. Es que Mercedes no lo conocía. Ahora también se morirá Mercedes en estos días y yo me voy a quedar completamente sola. No, no quiero seguir viendo como todos se mueren frente a mí. Yo también quiero morirme de una vez. Ay, mi catire. Ay, mi viejito. Ramón también se murió, y Gladys, mi gran amiga Gladys. Vamos, María, tienes que sentar cabeza, ya es hora que tú también te mueras. Carlitos puede vivir sin ti. Ay, estar viva me está doliendo mucho. Yo también quiero morirme. Me acostaré, sí, y espero no volver a levantarme. Ya estoy vieja, no tengo más nada que vivir. Vamos, mundo, gracias por todo, pero yo ya quiero morirme. Ojalá no le duela mucho a mi Carlitos cuando llegue y me encuentre muerta.
