Néstor Rojas Mavares (Caracas, 1957). Es periodista amante de la literatura. Egresó de la Universidad Central de Venezuela en 1985, con especialidad de periodismo impreso. Trabajó como corresponsal y editor de las agencias noticiosas United Press International (UPI) y Deutsche Presse-Agentur (DPA). Participó en los talleres de narrativa del Centro de Estudios Latinoamericanos Rómulo Gallegos (CELARG), entre 2002-2003. Autor de la obra narrativa Seducidos por las letras, premio para Escritores Inéditos de Monte Ávila Editores, año 2006, y del escrito “Sumergido en los cambios de la incombustible revolución caribeña”, tercer lugar del III Concurso de Crónica Urbana de la Casa Nacional de las Letras Andrés Bello, año 2016.
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Todo el fin de semana me dediqué a ver y disfrutar cuánto partido de fútbol se jugó en las ligas al alcance del satélite. Fue una manifestación de rebeldía inofensiva, de celebración infantil. Entre goles y patadas trataba de recordar qué estaba haciendo el 4 de febrero de 1983, cuando sufrí un ataque de desconsuelo fulminante. Me dolió la cabeza de tanto presionarme los sesos, pero aquello resultó una tarea imposible.
¿Qué tenía de especial ese día? Además, no era una fecha tan lejana en el tiempo.
Quizás paseaba por el parque Los Caobos con una novia o estaba tendido en un banco de la universidad pasando la borrachera, mirando las nubes desplazarse con su desesperante lentitud. Tal vez corría por los pasillos techados universitarios en el límite para la entrega de un trabajo sobre la crisis de la moneda y los rumores de una gran devaluación.
Los goles de Diego Maradona caían como lluvia alucinante en el estadio de Nápoles, que deliraba con los regates del “Pibe” y sus escapadas por los costados, y yo seguía sin poder revivir ni un minuto de aquel 4F que definitivamente estremeció mi alma. Lo cierto es que fue una puñalada inesperada.
Poco a poco se fue activando mi memoria. Entre la neblina se abrió paso el momento cuando escuché la radio arrojando la bomba que hizo trizas mis sueños: “Karen Carpenter, la cantante de los Carpenters, murió a causa de complicaciones de la anorexia”.
Entonces lloré como un niño que perdía su juguete preferido. ¿Cómo era posible que esa voz de ensueño se hubiera apagado por una enfermedad tan irrelevante y desconocida? Sus canciones arrullaron mi juventud y en ellas percibía su respiración, su entrega, su esfuerzo por expresar un sentimiento transparente y amoroso. Con ella, mi imaginación volaba, como excitada por una droga ilegal.
Solo la incomprensión podía justificar esa dolorosa muerte. Maldije a los hombres que estuvieron a su alrededor y la hicieron infeliz. Culpé al idiota de su hermano por la tragedia. Todo por su adicción a la coca. Soñé que a mi lado ella seguiría viva, gozando del triunfo, haciendo feliz al mundo con su voz dulce y melodiosa, que acompañaba ella misma tocando la batería. Solo que vivimos en mundos muy opuestos, en países distintos. Era un amor imposible.
Claro que en su momento escuché la noticia en la radio o la televisión: “Murió Karen Carpenter; el mundo de la música está de luto. La estrella de la canción fue encontrada sin vida en su casa en California”.
Ahora no estoy seguro si fue ese mismo día, una semana después o al mes siguiente que lo supe. Lo único que sé es que ese anuncio me descompuso. Me sentí muy triste, derrotado. Resultó el golpe más bajo que me había dado la vida hasta entonces.
Es muy posible que mis lágrimas rodaran libres en homenaje a su voz de tonos fuera de este mundo, que me enamoró desde el bachillerato; aquella época feliz cuando pensaba que sería un triunfador si obtenía dieces en matemática, física y química.
Atando cabos pude reconstruir parte de esa desafortunada fecha, gracias a que poco después anunciaron el golpe noble de la devaluación, un hecho que marcó a toda una generación y que despidió a la Venezuela del derroche y el consumo compulsivo. En adelante, el dólar no volvería a costar 4,30 bolívares.
Concluí que esa vez sufría un mareo terrible, causado por el cacho de marihuana que me “regaló” el amarrete de Justo Álvarez. Vomité como un ebrio cualquiera y me tiré en la cama esperando que pasara el malestar, mientras mi amigo bailaba en la sala con la loca de Gladys. No sé de dónde sacó el rock de SteppenWolf porque en esa época las discotiendas solo tenían la aberración de la música disco.
Sigo pensando que Karen era un monumento al amor, a los sentimientos verdaderos, a lo bueno del ser humano. Una divinidad melodiosa escapada del Olimpo hasta que Zeus la reclamó de vuelta cuando saboreaba el éxito mundial, apenas a sus 32 años.
Algunos miserables en la universidad decían que era “fea”, flaca, que no podía ser ella la que cantaba porque esa voz debía corresponder a un cuerpo escultural. Ellos solo la vieron en sus últimas presentaciones, cuando estaba demacrada y casi agonizante. Una vez le di un coñazo al Justo por andar con esa estupidez. En ese momento me dolió la mano del golpe, pero sentí que la estaba defendiendo de los pobres de espíritu.
Frente a unas cervezas, Justo estuvo media hora con esa paja de que una nueva cantante llamada Mariah Carey era mucho mejor, pues se trataba de una belleza que gime, con sus grititos felinos, y tiene un cuerpo de concurso de belleza. Y dale con que Karen parecía una momia, que sus ojos eran saltones, que era una flaca sin gracia, sin nada por delante y nada por detrás. Hasta que me harté y le metí un derechazo en la frente.
“Respeta. Tú eres un pendejo. Quédate con los gemidos de la Mariah Carey, que yo disfruto del talento de Karen. Ella puede estar muy buena, pero no le llega ni a los talones a Karen. Para que sepas, Karen era una artista de verdad, además de cantar tocaba la batería como los mejores”, le grité y lo dejé tendido en el suelo.
El otro gol de Maradona contra Lazio fue una obra de arte. Por supuesto, él fue a celebrar como un pavo real lejos de los aficionados, con sospechosos abrazos y besitos a sus compañeros. La actual es la última temporada antes del Mundial de 1990 en Italia y él tiene que justificar la montaña de dólares que le pagan. Yo solo espero que durante la Copa del Mundo no caiga sorteado para el examen antidoping porque será un escándalo universal.
Después del Nápoli-Lazio disfruté la enésima repetición del choque entre Dinamarca y Uruguay en el Mundial de México de 1986. Esos vikingos fueron una aplanadora con Larsen adelante. Lástima que en la siguiente ronda, contra España, se les fundió el motor y no pudieron detener al pesado de Emilio Butragueño.
Justo estuvo varios días sin hablarme por ese golpe. Para hacer las paces le ofrecí una botella de escocés. Me recibió tranquilo, pero rechazó el whisky diciendo que su mujer lo tenía “pillado” y quería evitarse problemas en casa.
—¿Te dejas someter por tu mujer? Mejor te llevabas con Gladys –me burlé.
—Esos eran otros tiempos, hermano. Para que sepas nadie me tiene sometido. ¿Por qué no te miras en el espejo? Tu mujer no te deja ver ni siquiera los partidos de la liga española de fútbol.
—¿Qué? ¿Quién te dijo esa mentira?
—Nadie.
—No te metas con mi esposa que ella es un ángel –le grité.
Para demostrarle que puedo ver todo el fútbol que me dé la gana pasé el fin de semana pegado al televisor. Creo que mi mujer pasó por ahí cuando me pidió que levantara los pies mientras barría el polvo. Del resto, pude celebrar los goles, gritar obscenidades y estrellar contra la pared lo que tenía en las manos cuando mi equipo favorito fallaba una oportunidad de gol.
Seguro que la cara amarrada de ella no era porque me estaba metiendo esa sobredosis de fútbol. Tiene esa actitud desde que no supe explicarle por qué dejé la universidad y decidí dedicarme a la peligrosa labor de taxista. Sé lo delicado que es andar en esa profesión, como dicen en la radio: ‘Profesional del volante’.
Siempre que recorro las calles y avenidas de Caracas voy acompañado con las canciones de Karen. Todavía no he encontrado un pasajero que me diga “por favor bájele volumen” a “Close to you”. Al contrario, me dicen: “¿Señor, no tiene más de esa música?”.
Una vez fui desde Caricuao hasta Chacao, un recorrido de varios kilómetros, con una pareja que tarareó conmigo todo el repertorio. Se lo sabían de memoria y compartían mi admiración por la cantante de los Carpenters.
—El fútbol y Karen son mis debilidades –les confesé.
—Muy bueno. Ya somos dos, tres –respondieron en coro.
Luego del Caracazo, en febrero pasado (1989), solo trabajo de día. Se me ocurrió hacer una carrera de noche pocas semanas después de esa tragedia y más vale que no. El pasajero era un tipo silencioso, vestido todo de negro, que iba al final de la avenida Sucre y cuando cruzamos frente a la cárcel Retén de Catia me dijo: “Aquí hubo cien muertos durante los saqueos de febrero”.
Su voz era de ultratumba, como la del locutor que narra “Nuestro insólito universo”. Estaba oscuro y cuando traté de ver sus rasgos por el espejo retrovisor no pude, el hombre parecía transparente. Apenas vi el brillo de sus ojos que lucían como las pupilas de un lobo acechando en la penumbra.
Quedé helado por el terror. Cuando me pagó, su mano rozó la mía. Era un pedazo de hielo, sin vida. Si no fuera por el billete que me entregó pensaría que fue una pesadilla. Aceleré, desesperado por llegar rápido a mi destino, mirando siempre por el retrovisor.
Llegué a casa temblando y decidí que no trabajaría más de noche, ni siquiera acompañado por las canciones sanadoras de Karen.
Le conté el episodio a Justo y el muy baboso casi se muere de la risa en mi cara.
—¿No sería el hombre lobo y te mordió? Ahora tienes una nueva obsesión. Dejaste la universidad, no te gusta Mariah Carey, tu mujer no te permite ver el fútbol y no puedes trabajar de noche porque te salen monstruos. Eres un pendejo –se burló el guasón.
En ese instante corté definitivamente su amistad. Era una lástima porque fuimos cercanos desde muchachos. Lo conocí en la escuela después del terremoto de Caracas del 67. Su casa se hundió y su familia tuvo que mudarse y cambiarlo de colegio.
Ya venía pensando en alejarme porque siempre me sacaba en cara que él sí obtuvo un título universitario y yo dejé en la mitad la carrera de periodismo. Pero lo que más me molestaba eran sus miserables comentarios sobre Karen. “Era muy fea”, repetía solo para molestarme.
Él puede ser muy profesional, muy contador público, pero siempre será un idiota sometido por su mujer. En cambio, yo solo tengo que lidiar con mis obsesiones. Veo todos los partidos de fútbol que quiero y mi esposa me consiente haciéndome cotufas. No me enamoré de ella hasta que supe su nombre en una carrera de taxi. Por el camino al aeropuerto me dijo que venía de Maracaibo y que se llamaba Karen Carpenter Rodríguez Ochoa.
—A mi papá le gustaba el rock cuando joven y me bautizó con esa mezcolanza. Vine a Caracas para consultar con un abogado si puedo cambiarme el nombre –explicó.
—No veo la razón. Es un nombre muy lindo. Se lo dice un experto –le confesé.
Por salir apurado había dejado en casa mis grabaciones preferidas y solo tenía disponible la radio y sus siempre nefastas noticias. Sin embargo, esa vez no eché de menos la voz fascinante de Karen. Sentía que la tenía a mi lado.
Cuando pasábamos por el primer túnel hacia La Guaira, rumbo al aeropuerto, la miré por el espejo retrovisor y sus ojos se cruzaron con los míos. Entonces supe que sí existen las almas gemelas.
Noviembre 2008
