Tres poemas de Giulia Chirila (Rumanía, 1997)

Giulia Chirila (Rumanía, 1997). Vive en Madrid desde los 9 años. Estudió Filosofía y, posteriormente, un Máster en Estudios Literarios y un Máster en Formación de Profesorado en la Universidad Autónoma de Madrid. Le interesa la escritura desde la adolescencia, aunque, como diría Alejandro Zambra, se considera más lectora. Lectora, especialmente, de las mujeres. Los temas sobre los cuales siempre ha girado su pensamiento y su palabra han sido, sobre todo: el amor, la infancia, el dolor y la maternidad, cuestiones tan personales como políticas. Su única publicación fueron algunos poemas recogidos en una antología de jóvenes poetas que cuenta con la edición de Lidia Román y algunas colaboraciones en la revista Poscultura.

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Ahora tenía un sexo expuesto, descuartizado, un vientre rascado, abierto al exterior. Un cuerpo parecido al de mi madre.

Annie Ernaux, El acontecimiento

Una tarde cualquiera de agosto / una polilla gris chocó contra mi muslo

Luna Miguel, El arrecife de las sirenas

 

 

Esto es una nana que no pude cantarte:

fueron dos meses. tu hogar: mis paredes-útero

mi deseo de realidad: plenitud inviable

deseos de continuar cuidándote. tenía largas conversaciones contigo

¿o eran conmigo misma?

pero la decisión de la renuncia estaba ya tomada: no puedes, no estás preparada, no tienes nada que ofrecerle, eres tan jóven y estás sola ¿qué pensaría tu madre? ¿qué pensarían tus amigos? tienes tanto miedo no sabes cuidar ni de ti misma pero por qué estoy sintiendo lo contrario no no no, no puedes te vas a destrozar la vida pero qué vida yo quiero cuidar

 

Dice Luna Miguel que amar es dar lo que no se tiene a alguien que no lo necesita.

te habría dado -si hubiese podido- una casa donde te sintieras segura

una casa donde pudieras decir: “mamá, estoy triste”, y no solo “mamá, tengo hambre”

un hogar habitable y un refugio

una estructura emocional que proteja del desamparo

y lo sé, a veces los refugios en realidad son trampas:

esa fisura en la pared que cada vez es más grande -la conozco bien-

ese nido opresivo y sofocante del que huí con desesperación

 

recuerdo bien: mi estado anímico como un huevo redondo. huevo leve, frágil, en mi interior. una cáscara vacía. dos meses después, una cáscara vacía. todo por hacer, por reparar.

un nombre. ni siquiera pensamos en un nombre

eras la parte más pequeña del mundo. “guárdame”, pensaba que me decías

empecé a preguntarme cosas: ¿qué clase de niña serías? ¿te habrías parecido a mí? ¿qué ojos?  ¿qué color de pelo? ¿qué manitas? ¿qué voz? ¿qué llanto? ¿cuándo empezarías a sufrir? ¿y cuándo a amar?

luz de quirófano y una ausencia a mi lado. no hay bisturí. brazo dolorido por la aguja. dolor en el vientre. piernas separadas por la camilla. un sexo expuesto, uniforme verde y luz cegadora. intento de reír con la enfermera antes de cerrar los ojos, serán tan sólo cinco minutos. anestesia. un llanto interior. un sueño mientras dormía

¿él te habría querido? ¿y si hubiera sido en otro momento?

¿haríamos el amor de nuevo para concebirte?

 

un poema -aquí- que habría sido una nana

aqui mi escritura para que puedas existir en algún otro lado

días después: nadie a quien decir: te necesito

¿puedes calmarme? ¿puedes ser tú quien me calme?

 

Me largué a respirar, a reventar dentro de mí.

 

 

A poner micuerpo en su lugar. (…) En las manos, el juguete del mundo: yo y yo.

María Negroni, El corazón del daño

 

 

siempre daño y más daño. es desesperante

y lo peor es que soy demasiado fuerte -o quizás demasiado débil-

para dejar de insistir:

que prefiero el daño a dejar ir, que prefiero sufrir a dejar ir.

¿cuánto daño puede aguantar un cuerpo? me pregunto

¿cuánto daño más voy a aceptar de ti? ¿cuánto más?

 

hasta el desmembramiento

 

cuánto más cuánto más cuánto más

¿cómo evitar que el dolor ya no nos una?

todo lo que diga acabará hiriéndome

 

Hay múltiples maneras de estar presa.

Muchas maneras de quedar atrapada en una jaula abierta  -dijo Maria Negroni

 

me asusta estar asustada. me asusta que no venga tu consuelo como un gato acercando su hocico suavemente

sin rozar, tan sólo con la lengua

sin doler, tan solo con mordiscos

pequeños, tibios, suaves

estoy aquí. deseando que me digas: estoy aquí

sin dolor intencionado, sin este dolor de perros que me muerde el alma

 

toda obra es la expresión de un duelo, de este duelo infame

ninguna clemencia, ningún rayo de luz, ningún roce, tibio, como agua, templada

nada nada nada

las manos no responden. sufren por la ausencia del cuerpo ajeno y

duelo duelo duelo

no deja de repetirse dejándome sola como una niña devorada a medias

el vientre vacío y este peso frío en el corazón como piedra.

dolor que pesa. dolor que devora

¿no podrías ser más clara? a ti hay que leerte con diccionario:

fracaso entendernos, naturalmente. no tiene arreglo.

tanto renglón ingenioso y ninguna caricia

ninguna caricia y una jauría que me devora

que devora la casa

y el vientre y esta prisión arbolada en la cual puse flores y espejos como muros, para verme en el reflejo y para ocultarme,

para jugar a desaparecer:

me averguënzo de un gesto tan infantil

cuando hablo hay silencio al otro lado. son mis frases más claras: las que nunca dije y las que nunca diré, sembrando un camino de miguitas de pan ya secas y olvidadas porque no llegas porque la puerta se cierra

¿por qué esta jaula sigue abierta y yo no puedo salir?

trinchera y abandonada

la infancia y sus criptas

la pelea a cuerpo abierto con el significante ausente

las palabras siempre rompen algo, generan un espacio de separación y de unión al mismo tiempo, un vínculo que buscaba para entender cómo alguien existe y de repente ya no está -esto también lo formuló Maria Negroni- la distancia es otro nombre del miedo, y la desconexión otro atajo para calmarlo

me queda el silencio. acabaré volviéndome una entomóloga de tu ausencia

 

 

Incluso las despedidas necesitan un ritual para poder asimilar la ausencia futura.

Sara Torres, Lo que hay

 

seco y punzante este yermo

respuestas áridas, sin agua que llevarse a la boca

un árbol sin frutos

dolor        desierto      duelo       dormir

la soledad en mi regazo

amar el desierto y despertar con sed en la boca

con sed de manto con sed de caricia con sed de palabra

la palabra también es alimento

un alimento que si no se cuida perece

la putrefacción del habla que termina en llanto

tu único roce es un rencor agrio

cuando hablas destilas hiel

un rencor seco, desierto, que termina en llanto

me curo leyendo mi necesidad de tu palabra ausente

alimento     llanto      desierto      sed

un alimento amargo que me llevo a la boca

que corroe y consume y deshabita todo el cuerpo:

ya no tengo más hambre de ti

pero sigo teniendo hambre de ti

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