Claudia Cavallin Calanche (Venezuela). Es escritora y profesora en el Departamento de Lengua y Literatura de Oklahoma State University. En Venezuela, enseñó durante muchos años, primero en la Universidad de Los Andes y luego en la Universidad Simón Bolívar. Es Licenciada en Comunicación Social (Universidad de Los Andes, 1996), con Maestría en Literatura Latinoamericana y Caribeña (ULA, 2000) y Doctora en Filosofía, mención idiomas. Claudia es autora de los libros Ciudades de película: Ficciones urbanas del cine, la literatura y la música (Editorial Académica Española, 2012) y Espectros de la palabra. La metáfora en Borges: los juegos del lenguaje que hacen posible la configuración de un universo de imágenes recursivas (Editorial Académica Española, 2012). Ha publicado muchas entrevistas con autores en Latin American Literature Today, Carátula, Trópico Absoluto, A Contracorriente, y Papel Literario. Entre 2012 y 2015, fue directora de la revista académica Estudios. Revista de Investigaciones Literarias y Culturales.
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Estación Central
Vivaldi, Vivaldi, cuatro estaciones se mueven dilatando las notas para que no me detenga. Desde hace unos días, me cuesta concentrarme sin escuchar la música, pues la primavera dejó de serlo y el verano derrite las notas. Es difícil notar las ausencias, cuando decenas de personas empujan sus cuerpos para pasar rápidamente la barra de la estación del tren. Cuerpos adheridos, unidos unos a otros, aglutinados por el sudor, intentan detenerse, estacionarse rápidamente, como los autos que dejaron en las líneas que dividen la entrada de la salida frente a los vagones. Ya es de noche, y en la espera de la Estación Central, me detengo. Subo la mirada, muevo mis ojos, observo. Mientras en Mercurio los cambios de estación son imperceptibles, recuerdo que en Urano y Neptuno son tan largos que los giros multiplicables de sus órbitas no entran en nuestros años terrenales. Por supuesto, mi estado estacionario no solo depende del tumulto nocturno, o de las ausencias de los espacios del anticuerpo. Va más allá. Desde hace meses, probablemente un año, la proteína producida por mi sistema inmunitario ha dejado de detectar los antígenos. Puede que haya sido una línea tenue aferrada a aquella prueba rápida que me hice estacionado en la larga línea de los exámenes gratuitos. O quizás los antígenos se han mudado al otoño, y caerán pronto para volver a ser renovados el año entrante, sin mayores daños que los que la paciencia otorga.
Quizás el volver a nacer tiene que ver con aquello que otros llaman resurrección, luego de haber pasado por los latigazos y las meditaciones del Vía Crucis. Catorce estaciones llevan al sepulcro, nueve estaciones aparecen después de la cruz, en el mundo externo que habitamos, y desde el cual miro el ciclo nocturno en este momento, existen otras cinco estaciones restantes que discurren en el interior del Santo Sepulcro. Bajo la mirada y dejo de pensar en ello. No tiene mucho sentido colocar las estaciones planetarias cerca de la de los sacrificios corpóreos. Sigue llegando gente y ya ahora las líneas de la Estación Central se sienten calurosas y repletas de olores diversos. Es extraño que el olfato se agudice más que otros sentidos cuando estamos en una zona tan compartida. Puede que sea un mecanismo de defensa, ante otros signos corporales que podrían molestar o intimidar a los más sensatos. Deberíamos tener más activo el oído, pienso, porque las estaciones de radio podrían defendernos rápidamente con alertas, como en el programa de Orson Welles. Alertas falsas, claro está, pero que pueden estacionar la visión del mundo en un lugar de guerra donde, de nuevo, en el otoño, algo se estaciona, como aquel 30 de octubre de 1938. Curioso, ciertamente curioso. Hoy es 30 de octubre, pero de un siglo diferente. ¿Volvemos a tener una Guerra de dos Mundos? No una sino varias, quizás muchas. Me empujan, se adhieren a mi cuerpo los que siempre arriban tarde. Sudado, debería pensar en otra cosa, algo más simple, alejado de la historia o la literatura. Abro los ojos y volteo la mirada hacia las tiendas ya cerradas. Una de ellas llama profundamente mi atención. Otro sentido se activa, esta vez el gusto. Es un bazar repleto de quesos semicurados que se exhiben en la vitrina. Puede que hayan estado allí por tres meses o, quizás, más tiempo. Uno de ellos, un queso estacionado cuyo contenido acuoso se ha reducido, hace latir mi paladar.
Latencia latente, semicurada, tierna y fresca. Noto que el tren no llega aun, que la fila de pasajeros expectantes está cada vez más repleta, y que mi sentido que se activó es el más líquido. Recuerdo ahora la canción “Estación del Gusto del Mixteco”, y el breve corpus de la lengua resuena en mi cabeza. La banda, esa que sonaba antes de dejar mi auto estacionado, mucho antes de bajarme en esta estación de tren. “Órgano musical de invasores” ¡Nakumichindo!, ¡Buen día! Mixteco, “me gusta tener a dos…” ¿Dos qué? ¿Dos estaciones más? Sí, dos estaciones más y el tren va a arribar a tiempo. El “pueblo de la lluvia” transfiere mi paladar a los oídos ¿dos sentidos? ¿dos de cinco? Ya he mencionado tres, ¿o cuatro? Sí, he mencionado cuatro de los cinco sentidos, queda sólo uno, en el quinquenio sensorial que se estaciona en mi mente, el más especial, el tacto, ¿Cómo estacionarme en el tacto? ¿Cuántas paradas debo pasar para sentirlo, más allá de las figuras, los olores, los sonidos, los sabores? Ah, la estación del tacto, esa, la única que anhelo en este momento. Mi estación central, sigue lloviendo, cada vez más fuerte, lluvia politeísta, muchas personas me aprietan, me asfixian, me mueven sobre la línea amarilla. Impalpable, estacionado. Debo volver al mundo táctil, debo hacer uso del más amplio sentido de mi cuerpo. Un universo háptico me espera. Decido, salto. He llegado. Última estación.
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Ukraine
Måneskin, Måneskin … son las palabras que siguen girando en mi cabeza después de que los colores en mis ojos pasaran el azul, para transformarse en un denso rojo que une las lágrimas con pequeños coagúlos que permiten cerrarlos, esta vez, con costuras enhebradas de cicatrices. ¿Por qué terminaba allí, después de todo? Si alguien me hubiese advertido lo que vendría, puede que mi deseo de volver, de ese eterno retorno nietzscheano que siempre acompañaba mis viajes, se hubiese detenido. Pero no fue así. Al contrario, mi perfecta capacidad de regresar a los orígenes impresos en mi pasaporte me animó a tomar esta vía alterna y musical, donde la memoria se reconstruye a través de ciertos cuerpos seductores y naturales que ahora detallo por última vez, cerca del rock, de las drogas, del alcohol. ¿Por qué quise llegar tan lejos? Sigue siendo otra de las preguntas que no he logrado borrar y que se diluye con mi saliva, al caer de la tarima. Puede que haya sido mi intención de recordar las inocentes escapadas que hice desde niña, en la ciudad distante donde crecí, sobre el quiebre del borde entre dos países, dos culturas, dos raíces rizomáticas que se conectaban y multiplicaban, pero solo por debajo de los puentes, en la densa oscuridad nocturna. Sí, pudo haber sido ese deseo necesario de recuperar la memoria ancestral, de regresar al ajeno cigoñal de aquella geografía ahora disuelta. Pero yo ¿una mujer disoluta en otro país? Y de ser así ¿por qué en el idioma heredado y no el que había logrado reconstruir junto a las frágiles paredes de una residencia en los Estados Unidos? Quizás, la memoria tiene ese talento que otros no destacan, o esa inquietud que muchos no detienen, y así se originó todo, bajo el principio de una ausencia secreta, en la Universidad donde trabajo, para llegar a lo que logro degustar ahora, cuando corro la lengua entre mis labios rojos, extremadamente rojos, repleta de sangre, sí, esa referencia política rossa que ha unido siempre a mis generaciones anteriores. “You’re so dark but you’re paint it red” … mis oídos siguen escuchando esta canción, cada vez más distante. Las voces enmudecen y, al mismo tiempo, se repiten. Construyen un eco que redunda en cada pregunta, una y mil veces … “How are you sleeping at night?, How do you close both your eyes?, Living with all of those lives on your hands? …” así, un palimpsesto entre mis manos, en mis ojos, dentro de lo que alguna vez fue un sueño. Pero ya no lo es. O si llegara a serlo, se adelanta la incapacidad de despertar mi mente. En la simplicidad de lo corpóreo ¿seguiré sintiendo este dolor profundo? Como no puedo volver a taparlas, mis córneas comienzan a empañarse como pequeñas ventanas bajo una tormenta de polvo. Entonces, recuerdo también la arena, el mar, y aquello que alguna vez me hizo llorar cuando intenté aprender a nadar sumergida bajo las olas más altas, aquellas que terminaron perforando la escoria con la flecha de mi cuerpo. Sí, allí los ojos eran desiertos sin clausura, nubes de polvo salado, que ardían, que se quemaban a sí mismos. “Standing alone on the Hill, Using your fuel to kill”… La canción no ha terminado, pero ya comienzan a caminar sobre mí otros recuerdos, bajo el peso de las piernas y los músculos de espectadores que no han notado mi presencia, tirada en el suelo, inferior a las pisadas y saltos que se entonan cada vez más fuerte. Tampoco han notado mi ausencia. O mi silencio, después de todo, ¿Por qué tendrían que hacerlo? Quizás, ya existe un final más arriba, el del espectáculo que quiebra mi identidad, y decido intentar, así sea por última vez, volver a mover mis manos para llegar a mi cuello roto y apretar con fuerzas ese escapulario de la Virgen de la Consolación de Táriba o de Santa Augusta de Treviso. Pero ya no puedo tocarlo. Ariadna, destejida. Serpientes de Basilisco. Ya todo se detiene, nada existe. “How are you sleeping at night? How do you close both your eyes? Living with all of those lives on your hands?”… No, no y no. No puedo percibir nada cercano mientras el trayecto de la música se mantiene hasta el minuto último de mi despedida. Primero se detiene el tacto, y mi piel recobra la fortaleza de la tierra. La mirada empañada, convierte el vapor de humo del concierto en ese hielo que cristaliza todo lo que alguna vez vi. Ya no puedo contemplar nada más. La noche ingresa y registra la ausencia de los colores en mis ojos. Tampoco puedo volver a degustar el sabor amargo de la sangre seca, que pasa del rojo al violeta, de la modernidad líquida al coagulo ancestral. Inhalo un último paso, las notas heavy, metálicas, de una canción que ya se aleja. Me despido, me quiebro, me retiro. Como en la antigua Grecia, lo hago para purificar mi alma, para llegar más rápido a mi destino próximo, donde las llamas se acercan. Arribo a mi final, a mi acto crematorio necesario, a mi infierno de Dante. En medio del fuego, y del escenario circular de mis propias ruinas, emprendo mi postrimero viaje, mientras Måneskin sella este último ticket diciendo “Wе’re gonna dance on gasoline”.
