Clara De Lima (Caracas, 1996). Comunicadora social y correctora de textos. Se ha desempeñado como profesora de Lenguaje en la Universidad Simón Bolívar y como ilustradora editorial. Participó en los programas culturales y de aventura Ruta Quetzal (2012) y Ruta Inti (2019) gracias a trabajos literarios ilustrados. Finalista en el I certamen narrativo de El Diario (2020), en el VII Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña (2022) y en el VII Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas (2022). Es una de las autoras de Feroces: compilación de autoras jóvenes venezolanas (Sello Cultural y Autores Vzlanos, 2024). Participó en el taller anual de creación poética dictado por Arturo Gutiérrez Plaza en La Poeteca. Actualmente cursa el Máster en Escritura Creativa de la Universidad de Sevilla.
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El último día
El aire está estancado o sopla igual que siempre. Ellos no notan la diferencia. Pastan en círculos, permitiendo la continuidad de un ciclo sin fin. Aunque no lo sepan, están aburridos, inmensamente aburridos. Siempre miran hacia el suelo y, durante las horas en las que no están comiendo, sus cuerpos digieren la comida para defecar y volver a comer. A veces tienen que recorrer largas distancias para encontrar alimento, emprenden la marcha sin pensar en los callos de sus patas ni en los kilómetros que faltan, sin nostalgia por lo que se deja atrás ni grandes planes para el futuro, sin ver diferencia alguna entre la tierra que pisan ahora y la tierra que pisaron semanas atrás. La belleza del paisaje es una idea desconocida y solo el crujir de sus entrañas sirve de motivación para seguir. Nada tiene nombre y, por tanto, ellos tampoco. No tienen de qué hablar y, por tanto, no lo hacen. Los signos del idioma alcanzan para lo que sirven: “¡Peligro, no comas eso!”, “¡Peligro, no te alejes!”, “¡Peligro, alguien nos acecha!”. No hay razones para que el idioma evolucione ni experiencias que estimulen nuevas formas de pensar, porque solo se come, se camina y se muere.
Así había sido hasta esa noche, una noche de extraña calma. Era extraña porque podían sentir esa paz inexplicable que antecede a los grandes cambios. El aire sopló distinto y el polvo, aplastado tantas veces bajo su peso, se elevó.
Una luz brillante, la más brillante que hubiese surcado aquel cielo, iluminó el verde del pasto y ellos se hallaron en la situación de ver verdaderamente: vieron el rocío que escarchaba las briznas de hierba y la encontraron exquisita, vieron sus uñas y sintieron curiosidad por sí mismos, vieron la textura de la piel de sus familiares y, por primera vez, supieron que se amaban.
Por primera vez, alzaron la vista al cielo, escudriñándolo y contando las estrellas sin saber qué eran y sin conocer los números. No tardaron en entender que no podían contarlas todas, que la distancia que los separaba era infinita, que sobrepasaba los confines terrestres que habían bordeado en sus largas peregrinaciones. De pronto, su tamaño se volvió minúsculo frente a la inmensidad del mundo. Volvieron la vista al horizonte y vieron las llanuras, los árboles y las montañas, y entendieron lo efímera que era su propia existencia.
Los dinosaurios pensaron en todo esto y más aquel último día. Pensaron tan profundamente que tuvieron certezas absolutas, certezas que siempre serán desconocidas por los demás seres de la Tierra, en ese y en cualquier otro tiempo.
La luz fue blanqueando el cielo nocturno, cubriendo las estrellas, aunque ya nada podría borrar su imagen de las mentes de los dinosaurios, ahora tan viejos y repentinamente sabios. A medida que la luz iba encegueciéndolos, los dinosaurios veían con más claridad todos los misterios de la vida y se sintieron plenos. Uno de ellos fue el primer dinosaurio en llorar.
Entonces, la luz lo cubrió todo y los dinosaurios dejaron de pastar.
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