La historia personal dentro de los libros, por Edgar Ortega (Venezuela)

Edgar A. Ortega (Ocumare del Tuy, 1992). Licenciado en Filosofía y profesor de la Escuela de Filosofía en la Universidad Central de Venezuela. Estudiante de Letras en la misma universidad. Ha publicado los textos: De policías y ladrones (crónica), publicado en el libro recopilatorio de Provea Lo que se cuenta no se olvida (2021); “K-Guai” (cuento), publicado en el Número [0] de Digo.Palabra.txt (2023); “Work in progress” (cuento), seleccionado en el primer número de la revista Virguliéresis (2023); “Gorjeos” (cuento), seleccionado en la segunda edición de la revista Pasillo Gen.’20 (2023); “PNJ” (cuento), seleccionado en el número 59 de la revista Rio Grande Review, Sci Fi Solastalgia (2024); “Magdalena una vez escribió una historia” (cuento), seleccionado en el número 4 de la revista Weird Review.

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A mi madre y padre, por apoyarme en esta vorágine de locura y libros

Les entrego este libro, no como binoculares para ver a los demás, sino como un espejo para que se vean ustedes.
Georg Christoph Lichtenberg, Aforismos


La historia personal dentro de los libros

I

Hace unos diez años, le compré a una muchacha Vuelta de tuerca de Henry James, Cátedra, a una estudiante de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Cuando me lo entregó, me dijo: “Ojalá no tengas que pasar por el trauma de vender tus libros”. Recordé la frase ahora que he vendido alguno de mis ejemplares, sin embargo, no he sentido tal trauma. Cosa que me sorprende, porque desde muy niño tengo un apego hacia las cosas que mis padres de desaconsejaron, pues, ¿por qué debería sentirme mal si botan una barajita o un juguete roto? Le otorgaba una humanidad que no tenían y me costaba despegarme de ellos.

Crecer no supone olvidar conductas de la niñez. En realidad, estas cambian. O así lo pensaba. Cuando la muchacha me habló un poco de su trauma, recordé este apego que tenía de niño: ¿será que, en efecto, llegado el caso me costará desprenderme de mis libros? Y sí, me ha costado desprenderme, puesto que los libros, como los juguetes de nuestra niñez, cuentan historias personales. No me refiero a la historia del autor, esa la podemos encontrar en cualquier edición del libro, sino a esa otra íntima, propia, sentida y que no siempre es compartido por los demás. Sabemos que los lectores somos exigentes y mezquinos.

Leemos atravesados por sentimientos y por tiempos, y ambos aparecen en nuestras relecturas. Quizá queremos volver a una historia, pero de fondo, al encontrarnos con nuestras palabras y subrayados, también regresamos al momento del primer encuentro, a lo que sentíamos, y poco a poco, o al menos a mí, estos pensamientos terminan sustituyendo la historia principal.

II

Cuando termino de leer un libro o de ver una serie, siento cierta nostalgia por el universo perdido. He acompañado a los personajes en el transcurso, conozco sus mañas y gustos, sus relaciones y desprecios. Estoy habituado a expresiones, conversaciones y a espacios entre los personajes. Me he habituado a su mundo. Terminar la historia supone abandonar ese universo y esas relaciones establecidas, supone no volver a presenciar dichos vínculos.

Tengo una inclinación hacia la nostalgia, hace grupo de amigos, vivencias y lugares en lo que vidas se desarrollaron. La primera vez que me di cuenta de ella fue trabajando como asistente de un gestor cultural en Caracas. El objetivo era sacar un libro celebrando los 25 años del centro cultural de cierta entidad bancaria venezolana. Mi trabajo consistía en revisar discos donde se encontraba información sobre eventos, conciertos, galerías, entre otras cosas, financiadas por el banco durante esos 25 años.

Principalmente, los discos contenían fotografías de eventos y las fiestas posteriores. En ocasiones, las personas estaban identificadas en un archivo aparte. Curioso, busqué algunas de esas personas en redes sociales. Encontré algunas, otras no, pero lo interesante era pensar si ellos tienen en mente dichos eventos que sucedidos hace veinte años como lo tiene ahora un desconocido que está viendo esas fotografías. No sé si me explico, pero sentía que esos universos estaban abandonados, que quizás sus protagonistas ni se acordaban de ellos, aun así, y de alguna forma, yo los revivía.

III

Los discos tenían de todo. Fotografías, archivos Word y Excel, flyers, mp3 y demás. La cosa más rara que encontré en ellos fue una suerte de correspondencia amorosa entre dos personas. El intercambio solo duró tres meses, pero fueron intensos, de pasión vigorosa y desenlace deprimente. En la última, el hombre se lamentaba de cómo sucedieron las cosas, de los secretos y de sentimientos muy pronto agotados. No supe sus nombres, pero poco me importaba. Los imaginaba en sus respectivas oficinas, en sus comunicaciones diarias, en los almuerzos, fiestas, en las miradas cómplices que se echaban después de leer alguna de sus cartas.

Si bien he leído muchísimo, debo confesar que encontrarme con historias reales despertó en mí una vena creativa. No eran simples personajes, sino personas que existieron, que tuvieron historias, que su vida, por algún tiempo, se resumía a esos instantes, y que, en esos instantes, para ellos, eran absolutos. Nadie quiere escuchar, menos en la adolescencia, que ese periodo donde juramos amistad y amor eterno, en realidad, es una pequeña etapa, apenas una breve nota en una orquesta infinita. Vemos a nuestros grupos de la infancia crecidos, con hijos, con gustos que nunca nos imaginamos, extraños y ajenos a lo que somos actualmente, pero eso no desmiente que en el pasado nuestros sentimientos eran reales. Envejecer es habitar y abandonar universos constantemente.

En retrospectiva, somos personajes de una historia que acabó, que ya no existe, pero que otros pueden revivir como intrusos. O así me he esmerado en hacerlo siempre que encuentro trozos de vidas en los libros que adquiero. De un tiempo para acá, la alegría por un libro nuevo se veía mitigada por la sorpresa que me pudiera encontrar en la historia personal al abrirlo. Un subrayado, por ejemplo, un comentario o señalización de una parte, nos habla de una historia distinta; nos cuentan los gustos, preocupaciones e intenciones de su antiguo propietario. Además, como yo, me hace sospechar: ¿por cuántas personas ha pasado antes de llegar a mí? ¿A cuántas manos se experimenta esta historia? ¿Existe en los libros un sinfín de historias personales? Y la respuesta es literatura, puesto que me invita a pensar, a imaginar, a crear.

IV

Los libros nuevos tienen algo siniestro. Es el momento más cercano que tienen los libros a parecerse a una simple mercancía, a un producto desnudo. Desde luego, lo son, pero el misticismo de la literatura lo impide ver. A lo que me refiero es que no poseen ningún tipo de historia, no están marcados, no hay ningún sello que me revele la vida de alguien más. Son muy bonitos, ediciones preciosas con olores adictivos, pero despojado de humanidad. Al mismo tiempo, es un lienzo completamente en blanco para que el primer propietario le otorgue la vida. Es el primer rayón, es el primer comentario, es la primera forma de experiencia de escritor que vivimos sin quererlo. Le estamos diciendo al siguiente propietario, desconocido, amigos o familiar, lo que somos, lo que nos interesa. Las rayas dicen mucho, y los silencios más. Rayar sobre rayado nos reafirma lo que sentíamos, rayar sobre el silencio nos demuestra lo que hemos cambiado. Pero nadie borra lo rayado si ya no nos gusta. Quizá no lo sintamos ahora, pero eso fuimos; quizá lo despreciemos, pero lo hemos sido.

En los libros de segunda mano está muy claro. Una de las cosas que más me gusta descubrir en ellos son los retazos de la vida de sus antiguos propietarios/escritores. En mi periplo de lector, he encontrado diversos recuerdos.

Puedo mencionar los más llamativos. El señor José, librero estimado, me vendió Gestos de Severo Sarduy. En su interior encontré un ticket de metro de París. Al preguntarle, no me supo contestar (¿se puede olvidar un viaje a París?). En otra ocasión, encontré un billete alemán muy deteriorado en una edición de las Elegías de Duino de Rilke. Era una copia sacada de una biblioteca, me la vendió un señor que quiso saber más de mi user de mercadolibre: James Lockhart, si guardaba algún parentesco con el historiador estadounidense, y le respondí que no, solo me gustaba el sonido.

Pero más importantes son las firmas y nombres en los libros. Si tienen los años, mucho mejor. Hace un año encontré en el puente de Fuerzas Armadas una edición de El cantar de los Nibelungos en Cátedra. En la primera página están los nombres de la dueña: era estudiante de Letras de la Universidad Católica de Andrés Bellos y tuvo este libro, supongo, durante los años 1996-1997. El libro tiene comentarios, rayones, explicaciones de lo que estaba pasando.  Busqué a la persona en Instagram y la conseguí. Vive en Europa e ignoro si terminó la carrera, si es una escritora o se dedicó a otra cosa. Me gustaría escribirle, decirle que tengo su libro del 96, que me cuente su historia, dónde lo compró y qué pasó para que ahora lo estuviera rayando yo.

Las dedicatorias tienen un espacio particular. Me gusta leer los sentimientos de quienes lo regalaron, qué esperaban con regalarlo, el vínculo íntimo entre el que regalaba y su receptor. ¿Qué pasó con esa relación? ¿Sigue existiendo? ¿Se terminó y el libro pasó a ser un objeto indeseable? En una edición de El llano en llamas, también de Cátedra y encontrado también en el Puente, dice: “Ruby, porfa, lee este libro de uno de los mejores escritores mexicanos. Me encantó conocerte”. Esta dedicatoria data de abril del 2017. ¿Quién era Ruby? ¿Era la persona un enamorado y quiso conquistarla a través de las historias Rulfo? ¿Lograron concretar alguna relación? ¿Ruby lo leyó? ¿Tiene algún cuento favorito? ¿Lo odió, tiró el libro y terminó años después en mis manos? El libro está como nuevo, sin ningún rayón. Un regalo vacío, un libro no leído.

Pero una de las más impactantes ha sido una carta de despecho/confesión. La encontré en Corazón tan blanco, Anagrama, conseguida en un librero en las afueras de la Universidad Central de Venezuela. La carta dice lo siguiente:

Merce: no le digas a mamá, pero estoy muy triste y deprimida porque yo todavía quiero a Tulio muchísimo y me duele mucho tener que terminar con él. Por favor, ayúdame, tu hermana Rocío.

Nota: no le digas a mamá, se va a poner muy brava si sabe que estuve llorando. Gracias. Rocío”.

Más abajo dice: “I love him a lot. Tulio & Rocío forever”. Y en la parte de atrás dice: “Merce, léelo tú sola, por favor”. La confesión data del 23 de enero de 1997. Primero que nada, esta confesión en un libro como Corazón tan blanco, que tiene un inicio tan impactante, es revelador. ¿El despecho de Rocío se relacionaba a la mujer suicida de la novela de Javier Marías? ¿Por qué Rocío le escribiría una carta a su hermana? ¿No pudieron hablarlo directamente? ¿Vivían juntas? ¿La madre ejercía un control terrible sobre las hermanas? ¿Tulio era una mala persona? ¿Era la madre una mala persona e intentaba destruir el amor entre Rocío y Tulio? ¿Rocío conocía a la dueña de El cantar de los Nibelungos? La ciudad es pequeña, los años coincidían, ¿por qué no? También puede suceder que Rocío sufría su primer despecho, un amor juvenil, una tristeza pasajera, pero con el tinte y fuerza de una novela romántica.

Las preguntas que se desprenden de dedicatorias, cartas, y demás objetos dentro de libros (una vez conseguí fotos de una señora en un evento dentro de Estambul de Orhan Pamuk), son suficientes para escribir un libro dentro de un libro, una historia personal dentro de la historia objetiva del libro. ¿Quién es Rocío actualmente? ¿Qué pensará Merce? ¿Ruby será lectura de Rulfo? ¿Siquiera le gustará la literatura? ¿Qué sentirán todas estas personas si saben que yo, en pleno 2024, tengo sus libros y estoy escribiendo sobre ellas? Pregunta y literatura.

V

¿Qué historia contaré en mis libros? ¿Qué pensarán los demás de mis rayas con reglas, comentarios a un lado y fichas a lo largo de las páginas? ¿Les parecerá bien mis resúmenes al final de un capítulo? ¿Mis explicaciones de cuentos? Es imposible saberlo.

El gran Amos Oz, en Versos de vida y muerte, nos enseñó algo muy importante: hacer literatura de quienes ves. El narrador se sienta en un café, ver personas caminar y les inventa/imagina una vida. Es el preciso momento donde hacemos literatura, donde nos apropiamos de la realidad y la vertimos en ficción; una ficción nuestra, que lleva nuestro sello, que la personalizamos y la reducimos al universo que le creamos. El lector es un personaje de muchos otros, yo también lo seré, Ruby, Rocío, Tulio…

Para terminar, el año pasado, en un encuentro con un famoso novelista venezolano, me encontré con la muchacha que me vendió el libro de Henry James. Ella no me reconoció, pero yo sabía quién era ella. Al verla, me sorprendí. Es verdad que los personajes literarios viven entre nosotros.

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