Dióscoro Zamarripa (Tocuyito, 1997). Abogado y escritor venezolano. Actualmente cursa en la Maestría en Literatura Iberoamericana del Instituto de Investigaciones Literarias «Gonzalo Picón Febres» de la ULA y en la carrera de Edición en la UBA. Trabaja como escritor fantasma de novela y cuento. Ha publicado los libros de poemas Las lamentaciones (2018) y Pobre de solemnidad (2020). Actualmente reside en la ciudad de Buenos Aires.
*
Mi tío Miguel
I
En casa de mi abuela
Había un termo Stanley
Que todas las mañanas y todas las tardes
Ella llenaba de negro café
Que mis tíos bebían.
Cuando me hice hombre,
Yo también empecé a beber con ellos,
Calentándome el estómago
Mientras el sol nos hacía brillar la frente.
Mientras los mangos caían desde el cielo
Como las bombas cayeron sobre Miraflores
O sobre Plaza de Mayo.
Mientras la lluvia, implacable,
Venía a llevarse hasta la luz.
No me hice hombre estando desnudo frente a una mujer en igual estado,
No me hice hombre al encargarme de mi mismo,
No me hice hombre al ver niños morir
Ni al correr para escapar de las balas de los militares.
Hoy se me ocurrió que quizás me hice hombre al empezar a beber café,
Al oler y saborear eso que para los niños
En Venezuela,
Está prohibido.
Hombre me sentía cuando mi tío Miguel,
El más cafesero de todos, me preguntaba:
«¿Ya bebiste café, fama?»
Y yo asentía.
Yo era un hombre. Con la piel menos tostada
Que los hombres que conocía, sin bigote,
Pero hombre al fin.
II
¿Cuáles son los recuerdos
Que tienen más valor?
Algunos neciamente se refugian en su juventud,
Otros en su niñez,
Aferrándose a ellos.
A mí me gusta recordar los días en Caracas
O la llegada a Buenos Aires,
Con un futuro, una vida entera esperando por nosotros.
Todo lo demás se diluye en la cotidianidad:
Una clase marxista que repugna, un delivery atrasado,
Una discusión, un abrazo
Que reconforta.
Es posible recordar lo que se siente un abrazo así.
Lo hice cuando mi tío me abrazó
Después de años sin verlo.
Le pedí la bendición,
La forma venezolana de saludar a los mayores,
Y él me dijo: «Dios te bendiga».
El tiempo se desvanecía:
Yo era el mismo y era otro.
—¿Ya bebiste café, fama? —Me preguntó
Como si estuviéramos en Tocuyito
Y no en Belgrano.
—No, tío, sírveme un poquito, por favor.
Sostuve la taza humeante
En mis manos, respirándola.
Olía como el termo de la abuela.
No me lo bebí hasta el último momento.
Quise estirar el recuerdo de otro tiempo
Que me bebí de un golpe,
Que ya no está.
*
Ha olvidado la casa en que nació
Ha olvidado la casa en que nació
Con su techo de zinc,
Que cantaba cuando llovía
Y sonaba como un disparo
Cuando los mangos maduros
Caían sobre él.
Ha olvidado los árboles que plantó su abuelo
Antes de que él naciera,
Con el olor de las verdes hojas
Siendo omnipresente.
También olvidó el rostro de su abuelo,
Pues solo recuerda las fotos
Que le han mostrado;
Recuerda las palabras
Que le han dicho que él dijo,
Con su propia voz
O la voz de quien se lo contó,
Nunca la voz del que ya no está presente.
Ha olvidado lo que era
Andar siempre descalzo,
No tener asco de embarrialarse,
Nunca sentirse sucio,
Sentir que todo en ese campo era suyo:
Él a todo eso pertenecía
Y por eso todo eso le pertenecía.
Ha olvidado que se llamaba Manuel
Y que a veces le decían Manuel Alejandro,
Ahora solo lo llaman Dióscoro.
Ha olvidado las gallinas,
Los gansos que más de una vez lo atacaron,
Las guacamayas y los loritos,
Los perros guardianes,
Y uno que otro gato comiendo ratones,
Las culebras, los zancudos
Y las iguanas en los árboles:
Ha olvidado lo que se sentía estar rodeado por vida
En vez de concreto,
Estar rodeado por una gran masa
Disminuida por cada ausencia
En vez de millones de personas
Que no le echarían una segunda mirada
De verlo agonizando de frío en una acera.
A veces se pregunta
Si lo extrañarán esas hojas verdes y blanditas
Con las que jugaba,
Si lo extrañará la tierra que pisaba descalzo
O si lo extrañará la silla de su abuelo,
Que siguió en el mismo sitio en que él la dejó
Luego de morir,
Debajo de la sombra de un mango
Para ser golpeada por el tiempo y la memoria.
¿Extrañará también esa silla
Las largas miradas que le echaba
Recordando a su abuelo
Que ahí solía sentarse?
Quizás extrañe, si, al abuelo
Y las risas del pequeño niño
De grandes cejas
Que hacía sonreír a ese hombre duro,
Como solo lo son
Quienes nacen y crecen
En medio de ese entorno implacable,
Salvaje y agresivo.
Quién sabe cuántos antes de él
Olvidaron ese mundo.
Ha olvidado sus primeros días en Buenos Aires,
En un pequeño hotel de Balvanera,
Abrazado a su amada bajo las sábanas.
Olvidó su primera caminata
Por un San Telmo vacío,
Como después lo vería durante el encierro.
Olvidó sus primeras medialunas y su primer mate,
La mano cálida de su amada,
Que le susurraba con suavidad al oído, diciéndole:
—¡Qué ciudad tan hermosa! ¡Aquí seremos muy felices!
Y aunque él decía que nada se comparaba
Con el lugar del que venía
—El lugar olvidado—;
Y aunque pensaba que ya
No podría volver a sentirse bien;
A pesar de eso,
Su amada tuvo razón.
Ahora él trata de recordarlo,
Como trata de recordar
Todo lo que le parece
Que se le está escurriendo de las manos,
Como la arena en la playa
Cuando viene el mar.
Por suerte,
Todo sigue aquí,
En las palabras.
*
Conocí hoy a una familia rusa
Conocí hoy a una familia rusa:
Una mujer que vino a este país
A ser madre por segunda vez.
Un hombre con la mirada ausente
Y los pensamientos a miles de kilómetros
Del mercado en el que nos dimos la mano.
Únicamente el bebé sonreía
Con una ingenuidad propia
De quien no conoce la vida
Ni el sufrimiento que acarrea.
En tierras lejanas
Balas son disparadas todos los días,
La comida escasea, el frío arrasa,
Se cuelgan cabezas de picas
Y cuerpos son amarrados a los postes.
Familias son separadas,
Proshchay, Proshchay, Proshchay,
Es lo que dicen sus gargantas quemadas por el frío.
«Adiós y perdóname por todo lo que te hice»,
Nadie quiere despedirse de esa forma.
Aquí está la familia rusa:
Viven una monótona vida
En un monótono barrio porteño.
Trabajan, aprenden español y miran hacia adelante,
Sin pensar nunca en mirar atrás
Porque no hay nada detrás.
Pero quién sabe si, de vez en cuando,
Se quiebran como nos quebramos nosotros
Y dejan salir algunas lágrimas
Amargas y pesadas como el petróleo,
Como los bombardeos.
Nuestra desgracia no es nueva ni especial.
El sufrimiento es lo más humano que hay.
Se ha sufrido desde que el mundo es mundo
Y solo en el sufrimiento nos mostramos como en verdad somos.
Por fin pude entender esto al verme reflejado
En los ojos de unas personas a las que solo me une la casualidad
De encontrarnos en la misma ciudad escapando de la desgracia,
Cuyas miradas eslavas se me hacían tan familiares
Como unos oscuros ojos caribeños.
Rusos era lo último que esperaba conocer
Cuando llegué a Buenos Aires,
Pero conocí hoy a una familia rusa,
Tan diferentes, tan ajenos, tan parecidos.
Como un ruso,
Yo también tuve que decir adiós,
Прощай навсегда, Proshchay navsegda.
Adiós y perdón.
*
Llévame a un momento
Para Karla
Llévame a un momento
En que el mundo allá afuera
Sea una fría pesadilla
Y que en la cama
Nos podamos arropar
Y darnos calor
Con una perrita durmiendo
A nuestros pies,
Tal y cómo me dijiste
Que habías soñado.
Llévame a un momento en que me abraces
Como si fuéramos a perecer
En ese mismo instante
Y nos fueran a encontrar
Así, juntos por la eternidad.
Llévame a un momento
En que esté dentro de ti
Y el mundo, los dioses,
Los tiranos y aquellos
Que disponen de la vida
De las personas
Puedan desaparecer
Y seamos nosotros uno,
Juntos en verdad,
Por un instante.
Llévame a algún recuerdo
Que aprecies mucho,
Que te arrugue el corazón
Y vamos a volver a vivirlo.
Llévame a vivir contigo esto,
Que es lo más valioso
Que un hombre podría tener.
Recíbeme esta noche en la cama
Y recordemos todo
Lo que nos ha traído
Hasta este punto.
Llévame a esta vida contigo.
*
Siempre habrá un mañana
Echaron al señor Miguel
Del Parque Lezama.
Un día simplemente
Lo hicieron levantar su manta
Donde reposaban esos libros maravillosos
Y le dijeron que no volviera
O se los quitarían.
Lo mismo dijeron a otros tantos
Que solían vender cosas junto a él.
Ahora ese milagro
Que se encontraban los paseantes del parque,
Que yo me encontré como una vela
En medio de la oscuridad,
No estará.
Y como los libros,
Ya no estarán esas conversaciones que tenía
Con el señor Miguel
Que de tan simples y alejadas de mis problemas
Lograban animarme en algunos de esos días
En que la vida fuera de mi país
Se hacía una carga insoportable.
El mejor librero que he tenido,
Obligado a no serlo,
Como si su oficio, de los más valiosos del mundo,
No tuviese importancia.
Así como le dijeron al señor Miguel
Que no volviera,
Así cerró mi cine favorito,
Que hasta hace poco seguía pasando
Películas para los muchachos
Que aún quedaban en mi ciudad.
Cuando me enteré de esto,
No pude evitar pensar
En aquella mujer
Con edad suficiente para ser mi madre
Que escuché hablando con nostalgia
Sobre el autocine al que ella iba,
Que mi generación nunca llegó a conocer.
Años después,
Ella aún lo recordaba.
Aunque ya no está mi ciudad,
Ahora está Buenos Aires,
Donde he vivido el suficiente tiempo
Para ver lugares cerrar,
Ver personas desalojadas,
Y sentirlo como una disminución
—Han tocado las campanas
Y ha sido también por mí—,
Sentir nostalgia pensando:
El parque ahora está vacío
Sin ese hombre de barba blanca
Que se mantenía en pie junto a sus libros.
Camino hasta la estatua de Pedro de Mendoza,
A veces voy en bicicleta,
Esperando encontrarme con él,
Para que me cuente sobre los libros que ha vendido
En 50 años de oficio,
Para que me hable de cómo era la Argentina de antes…
Para que me cuente cosas
Como me contaban mis abuelos.
Pero no está ahí.
Pareciera que los mismos acontecimientos
Siempre se suceden;
Sin embargo, los tiempos y las personas
Son distintos.
¿Qué sucederá con todos los libros
Que él no pudo vender?
De cualquier forma,
El milagro de encontrarlos
En ese parque precioso
Eternamente tomado por la novela de Sabato,
Ya no existirá.
O quién sabe.
Yo no sé qué es lo que aguarda
El futuro para mí,
No sé ni siquiera
Si esta casa cerca de Plaza Dorrego
Estará en pie mañana
—Bien podría ser derrumbada
O perecer tomada por el río—;
Lo que sí sé es que hay un mundo adelante
Y mil vidas por vivir,
Como un libro, que dura siglos.
Quizás estas palabras
Y el relato de mis nostalgias cotidianas
Puedan sobrevivirme.
Cuando no esté, algún muchacho recorrerá
Las librerías de libros usados en San Telmo,
Y dará conmigo, en forma de un rectángulo de hojas viejas,
Pudiendo revivirme de nuevo,
Logrando conocer a ese señor
Que fue el primer amigo que hice
En este país
Y el mejor librero
Que he tenido.
Así se demostrará una vez más
Que nuestro paso por el mundo queda impreso
Y que a pesar de las adversidades,
Siempre habrá un mañana.
