José Acosta Seda (Mayagüez, 1997) es profesor de literatura puertorriqueña y escribe poesía desde que tiene memoria.
*
I
Hay cuerpos que desean
atrapar el infinito
con la punta de los dedos.
Hay cuerpos que no desean.
Hay cuerpos que
aunque sí, parece que no sueñan.
Hay cuerpos que son
verbo,
laberintos
primigenios que desembocan
al final de todas
las cosas que aún no tienen nombre.
Hay manos infinitas
que acarician desolados territorios
que aún esperan la conquista.
Cuerpos que, sin saberlo, son
islas.
Cuerpos que, sin saberlo, son
archipiélago.
Cuerpos que,
por su condición de isla,
son lugares de paso, son lugares donde
deambula la muerte
ajada con un viejo paño de madrás
en la cabeza.
La memoria de los hombres es selectiva.
La memoria de los hombres es selectiva
y por eso no se acuerdan
de los corsarios
que aún pueblan
la memoria infinita
de los
elefantes.
*
II
Hay hombres archipielágicos,
hombres que devienen continente.
Hombres que terminan
siendo cuento,
con suerte poema,
con suerte polvo.
Hay hombres de pan
que conquistan continentes,
que saquean perdidas ciudades en el infinito.
Hay hombres
que, como Odiseo, nunca llegan a casa;
hombres que Ítaca
ha olvidado
hombres a los que Penélope ya no espera.
Y entonces te encuentras con hombres
que por dedos
tienen fuego. Hombres que encienden
la lumbre
con una moneda de hierro
debajo de la lengua.
Caronte les espera, para desgracia del mundo,
Caronte les espera.
Con sus dedos de fuego,
con la moneda de fierro debajo de la lengua,
con el beso de la muerte
plasmado en la frente.
Una pulsión vital
de desear la muerte
me ha hecho querer ser
un hombre de fuego.
Una pulsión vital de morirme
me ha hecho querer abandonar
las palabras y no ser isla,
ser continente.
