Franco Ledezma (Caracas, 2001). Obtuvo mención honorífica en la VII edición del Premio de Cuento Santiago Anzola Omaña (2022) y fue primer finalista en la 10ma. Edición del Concurso de Microrrelatos #280 de Banesco (2023). Participó en el programa “Crafting The Future 2022” dictado online por The University of Iowa. En 2023 obtuvo la Beca en Escritura Creativa ofrecida por Funindes USB (Universidad Simón Bolívar). También ha publicado cuentos en el Número [1] de Digo.palabra.txt, Transtextos y otros medios literarios. Actualmente reside en Chicago.
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Entretejidos
Has dejado pasar los dolores sin sacar de ellos el sentir y ahora te ves andando con pasos sordos al tintinear las piedras. Y el temblor que antes quiso subir lo frenaste. Ves tu mano deslizarse sobre un rostro dulce; no llores, ya no llores más. Y piensas los años viejos cuando uno corría con risas que nunca fueron suyas; y la ves, en sus ojos quieres hundirte e ir desgajando los días, extender los segundos y rastrear a dónde se ha ido el dolor. Que intentó subir y lo frenaste. Fueron llegando los muertos, dejándose caer como gotas sensibles idas al río, pero creíste que no era nada, que volverán. Dejaste pasar tempestades y te ves ahora fingiendo que esa brisa lenta al tocar tu piel puede arrastrarte.
Cuando te dije que me iría fue para no mirar más tus inagotables lágrimas. Buscas en mí órganos y sentires que yo no tengo. Me palpas por tantos lados, guiándote con los tuyos hacia el sitio donde deberían estar. No los conseguirás, no. Te dije que me iría para salvar los despojos que de mi sentir quedaban y tú ibas bebiéndote como fuente de tus lágrimas. Y ando por los caminos estrechos, entretejidos en marañosas distancias, que me alejan de todo, menos de ti. Sigo cuando volteo viéndote perseguirme arrastrando penas que yo apenas toqué. Ayúdame con el peso de mis hombros y mis órganos muertos, me dices. Sujeta los hilos de mis labios y hazlos sonreír.
Luz que cegaba mis ojos entre árboles sin sombra. El atardecer cayendo y yo cubría su rostro para no herirla. Calles que nunca transité iban desvaneciéndose en el mirar los reflejos de mis brazos sosteniendo latidos ajenos al zumbir de tu corazón. Si mueres sostendré con mi sangre tu nombre y al verlo, te veré a ti, me decías. Pasearas contigo mi voz cuando quieras dejarme, sentirás siempre mis manos cuando toques otra piel, y allá hasta donde tu pensar llegue, me verás a mí. Me refugié en las fronteras de otra lengua pero seguí acaparando tus ecos desprendiéndose del tumulto.
¿A qué esperarme extendiendo tu día? Pensaba y entendí la oscuridad cuando sus bostezos pedían tus brazos. Vine con intuir tu preocupación. Lloró por no poder ver, entonces sobre los hombros reposé sereno su rostro opuesto de la luz. Contigo planté los prados inmóviles. Retoños dejé secar en las vías antes de que tú cultivaras para mí esta flor. ¿A qué intentar encontrar claridad en su perfume, fragancias de tristezas o destellos de alegría?
Partir huyendo de imágenes grises hacia noches largas, hubo de volar colibrí y mover la cola, no corras, ve, será de noche. Destellos previos de tu nacer, la lluvia limpió tus ojos, ojalá reflejaras a aquella que se llevó el querer que te correspondía. Cargala, es tu turno, vendrá el frío y necesita tu calor. Hombros, cuánto le pesan, la puerta de la habitación… Cargala tú, sí.
En esto acabaron tus palabras, tanto sortear tus deseos de mí en brisas de otras tierras, cuando no me tenías, haciéndome volar colgada de cuerdas que tendías y yo me iba en el vagar de pasos hasta que pude tocarte. No volví a sentirte. Dormiré, me dices. Tengo los calambres muertos, viene ya la luna y quiero dormir.
Sigo viéndote ir con ese mirar bajo a refugiarte en las sábanas con las memorias de algo que no existe, que no soy yo. Quiéreme como me quisiste antes.
Sabes que no encontré en ti el remar a cuestas, dormiré.
Titiritear de hilos envueltos en tu cuerpo llevándote al lecho donde el soñar no termina. Ella envuelta en el estupor de telas; no busques más en mí, no hagas más tronar tus huesos exigiéndome arrebatos. Fue tu gota puesta para matar con ella sus campos. Después lo blanco naciendo del respirar más lento, apáguese el trinar.
