Los pasos lancinantes, por Juan Carlos Ramos Briceño (Venezuela)

Juan Carlos Ramos Briceño (Trujillo, 1984). Licenciado en Educación, mención Lenguas Extranjeras, egresado de la Universidad de Los Andes, Núcleo Universitario Rafael Rangel, Venezuela, Estado Trujillo. Durante sus años de estudio de pre-grado se desarrolló de forma autodidacta en diferentes disciplinas artísticas como la poesía, la narrativa y el dibujo. Fue miembro co-fundador del colectivo de artes Almas Sin Rostro. Perteneció al proyecto literario “Naci2alasar” dirigido por el ya fallecido poeta y fotógrafo Javier Abreu. Formó parte de La Mohana Teatro del Nurr y fundó la agrupación musical universitaria Ruidobox, de la cual fue bajista. Actualmente está culminando la maestría en Literatura Latinoamericana en la Universidad de Los Andes, Núcleo Universitario Rafael Rangel.

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Los pasos lancinantes

No era la primera vez que Orlo se había liado en una pelea de borrachos. No, pero sí la última y sin que el hombre terrible le hiciera un rasguño. Orlo tenía por costumbre buscar siempre el motivo de la camorra. No era de extrañar que se aproximara amistosamente a su objetivo, se tomaran varios tragos, que incluso fuera él el que pagara la mayor parte de la cuenta. Sus compañeros de taberna le conocían bien, sabían que tenía esa rara costumbre de simpatizar con aquél que no fuera un camarada del vecindario.

Éste de ahora era un sujeto que no compartía los rasgos físicos de los coterráneos ni la amigabilidad que les caracterizaba. Tomaron varias rondas los de la camaradería y cuando el hombre irrumpió, Orlo festejó la llegada del extraño con una palmada y su clásica expresión inconveniente: “¡Bienvenido! No se encuentra otro lugar como esta taberna… venga con nosotros. ¡Que sea otra ronda a mi cuenta!”. Ciertamente Orlo no pagaba toda la ronda, pero a los ojos forasteros él debía parecer amable. Elnor fue el que vio al extraño trashumante malhadado y no pudo reprimir un quejido sordo que le hizo pellizcar a Orlo: “No es conveniente Orlo, no ahora”. Orlo se deshizo tan pronto como pudo de su mano pellizcona y de sus ojos nerviosos. Orlo se dirigió a la barra y posó su brazo sobre los hombros del hombre barbón, con una cicatriz en el carrillo derecho y la cuenca de su ojo izquierdo vacía, sin parche. Un escalofrío recorrióle toda la piel nomás hacer contacto con el hombre, nomás ofrecerle su brazo. No obstante se obstinó en hacerle sentar junto a los suyos, invitarle un trago y jugar algunas partidas de dominó.

Absen sonrió forzosamente, era el tercero de los camaradas. “Ahora sí que estamos completos” dijo Orlo, “haré pareja con este nuevo amigo”. El hombre no había proferido palabra alguna. En la barra el tabernero le había ofrecido un vaso de agua en cuanto el extraño se deshizo de su bufanda para refrescar un cuello tatuado y sudoroso. Elnor y Orlo intercambiaron miradas interrogativas, en un diálogo mudo Orlo no comprendió por qué su amigo había querido prevenirlo. Absen se había puesto nervioso también, pero no se había manifestado sino siguiendo el juego de Orlo; era un ciego animal que gustaba de las camorras de su camarada.

Habían jugado y tomado sin parar. El dueto de Orlo y el forastero iba perdiendo y a todas Orlo se había tornado hosco y pedante. Achacaba toda la derrota a aquél taciturno con faz de bucanero. Orlo estaba como una cuba de borracho y Absen también, pero Elnor había sido más mesurado en tanto era el que estaba más nervioso, no se sabía bien por qué. Tal vez había percibido mal el talante terrible del hombre nuevo. Más le había impresionado que el hombre ni por un instante hablara ni que se inmutara ante la intransigencia de Orlo.

Orlo ante la impasibilidad del hombre se había enervado, trataba de provocarlo de todas las formas posibles. No era su estilo, jamás Elnor le había visto tan poseído de furia. Estalló los vasos de las bebidas contra la pared y hasta se atrevió a tomar al hombre por los hombros, quiso darle una bofetada, pero Elnor detuvo su mano agresora. Aún el hombre permaneció displicente, las manos del Orlo borracho no pudieron siquiera sacudirle el cuerpo cuando lo tomó por los hombros, pues el hombre era de una complexión extraordinariamente fuerte. Éste se levantó de la mesa cuando ya el tabernero sacaba a Orlo, Elnor se fue detrás pidiéndole sinceras disculpas, pero el hombre sólo se volteó para mirarle con su único ojo gris, de su bolsillo sacó los pocos chelines que tenía y se largó. Elnor apresuró el paso pensando que afuera mataría a su amigo. El tabernero molesto discutió con los otros dos, pero Elnor le dijo que el extraño había dejado la paga: “¡Llévate eso contigo, no lo quiero! ¡Y jamás vuelvan a mi taberna!”.

Elnor sigue sin poder dormir. Han pasado varios meses desde ese incidente. Orlo no estaba cuando salió esa noche de la taberna… el extraño tampoco. Tuvo ocasión de hablar después al tabernero, quien le juró que el extraño ni se había molestado en mirar al piltrafa de Orlo, que no se le ocurriría que le hubiese hecho daño. Simplemente no se supo más de ninguno de aquellos dos.

Cuando Elnor le contó a Absen que cada noche se echaba doble tranca en la segunda planta de la habitación alquilada, aseguró que había escuchado siempre los pasos lancinantes de aquel extraño ser hacer crujir las escaleras de madera. Absen desde luego le había interrogado acerca de por qué el terrible miedo de aquella noche y Elnor se limitó a decir: “¡Sentí unas horribles ganas de llorar y de que desde esa noche no volveríamos a ver a nuestro camarada Orlo!”.

Sábado 14 de octubre de 2023 

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