Natalia Ginzburg y aquel breve momento que nos tocó vivir
Reseña de Las pequeñas virtudes (Acantilado, 2023).
Para Pablo Perezpayá,
que también es un buen ejemplo.
Con la habilidad poética de unir los contrarios y presentarnos tragedias de una forma hermosa, un gran libro de ensayos también es poesía.
Dicha unión de contrarios, permite develar los ojos a realidades que son difíciles de contemplar. La dureza de la verdad es amortiguada por lo sublime y por lo bello de cómo se nos presenta. Este poder develador que todo buen lector ha sentido alguna vez después de leer un gran texto, es propio de toda vertiente artística. También se siente al ver una escultura o alguna pintura lograda y, sobre todo, al escuchar las palabras justas y necesarias en una conversación con un amigo o con un extraño. Esta sensación es acompañada por otra aún más poderosa.
Es la sensación de lo abierto, de la remoción del cristal entre la exposición y el asistente y por primera vez se logra, no solo ver, sino estar en el mismo aire de aquello que ha estado apartado. Estrecho o amplio, cualquier obra de arte es un umbral que une dos lugares y dispuestos al esfuerzo de atravesarlo, es cuando se cumple el recorrido.
Y ¿qué se logra con este recorrido? Pues, reconocer un pedazo, ampliar la parcela sensible en la que vivimos. Sí, se puede ver un paisaje desde lejos y considerarlo hermoso y a la vez disfrutarlo, pero atravesarlo es el origen de todo un vocabulario nuevo; y es esta extensión de territorio y vocabulario que Natalia Ginzburg otorga al atravesar su libro de ensayos titulado Las pequeñas virtudes.
Para iniciar, me gustaría jugar y caer adrede en un lugar común y contradecirme. Decir que no somos nosotros los que atravesamos su libro, si no su libro a nosotros y, sin embargo, Ginzburg ya nos protege de esto en el ensayo que le da título a su obra, puesto que:
Lo grande puede contener también lo pequeño, pero lo pequeño, por ley de la naturaleza, no puede de ninguna manera contener lo grande.
Y nosotros, las pequeñas cosas, estamos contenidos en el gran panorama de estos textos. Y al igual que el nómada que debe una y otra vez volver al paisaje, como un lector al libro, podemos volver a Ginzburg y observar un nuevo claro, una nueva gruta y el espacio transformado por las estaciones.
Los temas recurrentes en los textos son la familia, la literatura, Italia, la amistad, la infancia, el devenir del mundo, la perdida del amor y de cada una de las cosas sobre las que escribe y, aun así, la frase que cierra el libro nos lleva de nuevo al paisaje que si bien terrorífico, nada ni nadie le puede quitar lo hermoso: porque el amor a la vida genera amor a la vida.
Ginzburg, siendo al principio socialista y luego afiliada al partido comunista, parece a su vez, rescatar cierto principio anarquista al declarar en sus textos y en su pensamiento la guerra a muerte contra la muerte. Qué a pesar de todo, hay que seguir viviendo.
El primer ensayo que abre el libro fue escrito el mismo año en que su esposo Leone Ginzburg fue asesinado por las fuerzas fascistas italianas. El ensayo llamado Invierno en los Abruzos concluye de la siguiente forma:
Existe una cierta uniformidad monótona en los destinos de los hombres: Nuestras existencias se desarrollan según leyes inmutables, según una cadencia propia, uniforme y antigua. Los sueños no se hacen nunca realidad, y en cuanto los vemos rotos, comprendemos de repente que las mayores alegrías de nuestras vidas están fuera de la realidad.
En una lectura perezosa, cualquiera podría responder que sí, los sueños se cumplen, sobre todo en esta época donde sueños caprichosos son usualmente los más públicamente codiciados. Época donde se nos olvida que los sacrificios del pasado son los que han erigido este bienestar. Ginzburg habla de los verdaderos sueños, los que hacen avanzar a la humanidad en conjunto y nos presenta, que paradójicamente no se cumplen, ya que el ideal sería que la humanidad avanzara sin el sacrificio mismo de lo humano y en sus ensayos, vemos el sacrificio que tanto ella como en su tiempo debieron realizar cada una de las personas. Con Ginzburg la misión se cumple, los sueños nunca.
Con la declaración de los sueños incumplidos, a pesar de su comunismo declarado, el pensamiento de Ginzburg sigue concretamente una corriente anarquista, donde todo, a pesar de todo, donde la muerte, a pesar de la muerte, termina siempre en vida. En su ensayo Las relaciones humanas leemos:
Somos adultos por aquel breve momento que un día nos tocó vivir, cuando miramos como por última vez todas las cosas de la tierra, y renunciamos a poseerlas, las restituimos a la voluntad de Dios. Y de pronto, las cosas de la tierra se nos han aparecido en su justo lugar bajo el cielo, y también los seres humanos, y nosotros mismos, en suspenso, mirando desde el único lugar justo que nos es dado. Seres humanos, cosas y memorias bajo el cielo.
Los ensayos de Ginzburg se concentran en esa idea de aquel breve momento que un día nos tocó vivir. Lo describe como el momento más alto del destino de cada uno de nosotros, y que nuestro deber es acompañarnos mutuamente cuando suceda manteniendo los ojos abiertos lo más posible.
Se intuye que es el momento en que pasamos de niños a adultos, en el cual a nuestra timidez se adhiere la audacia y finalmente nos atrevemos a no solamente a hablar, si no realmente a usar las palabras. Recordemos que, en su raíz etimológica, la palabra “Infante” remite a aquel niño que aún no sabe hablar. Si bien hay que ser niño, como característica definitoria de infante está el hecho de no saber hablar. Por esto, ya lo sugiere Ginzburg, ser adulto no es cuestión de edad, es cuestión del manejo de la palabra. Por esto, muchos adultos en cuanto edad, siguen siendo infantes: no saben realmente hablar.
Y creo que, uno de esos breves momentos que un día me ha tocado vivir, que al final son numerosos, la misma Ginzbourg lo señala, es mi encuentro con este libro. En el cual creyéndome adulto, me he encontrando una vez más con mi infancia. Me ha permitido reconocer la necesidad de extender mi vocabulario que se mantiene iniciático e, dicho sea de paso, infantil ante el gran mundo que habito. Al invitarme a lugares que me reten a describirlos y tener conversaciones con nuevos amigos extraños, el libro me devela la necesidad de seguir completando mi falta de palabras.
Ginzbourg en sus ensayos logra la unión de contrarios. En su sabiduría, no nos hace ganar más que la conciencia de la propia ignorancia, del mismo conformismo ante la vida. Es un libro que devela los ojos ante la ignorancia sensible con tal belleza que no nos deja otra alternativa que agradecer lo doloroso y lo bello. De agradecer por hacernos sentir como un infante con un buen ejemplo de adulto, como ella, a seguir.

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Juan José Rondón Duque (Caracas, 1987). Licenciado en Estudios Liberales por la Universidad Metropolitana en Caracas, Venezuela y Esteta y consejero en dramaturgia por la Universidad Montpellier 3 – Paul Valéry en Montpellier, Francia. Ha escrito en diferentes medios audiovisuales destacando su participación en HBO Latinoamérica. Consejero de la artista Kay Zevallos Villegas, con quien ha sido dos veces seleccionado para la exposición Art Capital en el Grand Palais de París. Con la obra Los abismales gana la IX edición del Concurso para Autores Inéditos mención Narrativa (2013) de Monte Ávila Editores Latinoamérica.
