«Amores prosaicos» de Andrea López Montero | por Marta J. Sanchís

Marta J. Sanchís (Granada, 1990). Ha publicado la novela Concebir un ciervo (Editorial Dieciséis, 2024) y el poemario Apegos fragmentados (Piezas azules, 2025). En 2023 resultó finalista del Premio XXXIV Ana María Matute con el relato «Fortaleza» publicado en la Editorial Torremozas. Doctora en Literatura por la Universidad de Pensilvania con una tesis titulada «Múltiples perspectivas de sanación: médiums, curanderas y chamanes en la literatura latinoamericana de los siglos XX y XXI». Licenciada en Psicología por la Universidad de Granada y Master of Fine Arts en Escritura Creativa en español por la Universidad de Nueva York gracias a una beca Fulbright.

Amores prosaicos de Andrea López Montero

La poesía es un género desde el que explorar con idealismo lo que no podemos atrapar con nuestros dedos de racionalidad, y desde ese lugar compartirlo con otros que también deseen dicha cualidad en la exploración. ¿Le tienen miedo los lectores más «concretos» al género poético? ¿Cuántas veces no ha recibido un poemario la reacción de «yo eso la verdad no lo entiendo, prefiero no (atreverme a) leerlo»? ¿Miedo, quizás, como si se estuvieran refiriendo a un lobo de la tundra ártica? Entonces nos damos cuenta de que la autora del poemario, Andrea López Montero, viene a titular su obra como lo contrario del idealismo: lo prosaico. «Amores prosaicos». Prosaico, según el diccionario —no el de Marina Moliner, que espero que alguien me regale con amor algún día—, significa: «Dicho de personas y de ciertas cosas: Faltas de idealidad o elevación», así como «insulso, vulgar». Es decir, lo ordinario. Lo común y trivial.

Lo rutinario de esta obra se basa en el rito. El ritual de abrirle la boca al novio, al exnovio y a las amigas, y ver no sólo qué tienen dentro sino de qué manera masticó su mandíbula y qué usos o comportamientos del deglutir tuvieron su laringe y glotis: «qué cómo alimentarte / no sé / no entiendes la palabra caza» (16). Una miríada de temas se exploran en estas páginas, vertidos en el núcleo de las relaciones humanas, pero tan distintos en cada poema que ahí radica su valentía: en general se nos informa de que el género del cuento debe tener una columna vertebral y una temática, se nos pide algo parecido de un poemario, que se centre, que se guíe por un hilo común, y ahí es donde más innova la autora: en el ritual de que no haya espina dorsal sino un núcleo de fuego que sustenta los satélites que orbitan alrededor de él. Critica en el título de un poema «Mis amigas no van a un Brunch: comen maíz de lata y no llegan a fin de mes, pero son mucho más guapas que tú» (20), donde alega: «vámonos juntas a entreabrir la fábrica de los señores ruidosos / son esos del sudor a goterones que se hacen la limpieza de los dientes con cuchillo» (20); vámonos a otro lugar entonces, donde las personas —quizá responsables de lo precario— actúan distinto y esa conducta les funciona. Prosaico es, desde luego, no llegar a fin de mes a los treinta años. Y a los veinte, pero a los treinta ya nos viene infectando más el aguijón liso, el veneno relacionado con quienes se limpian a cuchillo. Una experiencia brutal que carece de solución. Es importante destacar, en cuanto al rango temático, que sí existen cuatro vértebras en la dispersión híbrida del texto: la ficción, lo no-humano, el humor ácido que desmonta mitologías amorosas y la ternura que parece volver incluso contra su voluntad.  

Van a incluirse aquí los amores, los vínculos, de las categorías colectivas: amistad, familia, pareja. Lo harán también con ímpetu de felicidad: «Admito esta imprudencia de dicha», y vendrán a acariciar las palabras como si fueran un pájaro, un pez, con cada movimiento/ataque de los versos: «Dice Luisa una imprudencia de pájaro, la mía es una / imprudencia de ratón: / pequeña, terrena, sucia que agujerea la superficie y /poco a / poco / arista en exceso los bordes (…) el razonable final de la virtud» (24). Transmite el valor de lo auténtico y de lo que se declama sin subterfugios. “Estoy…” “Soy…”, sin mencionar jamás las palabras estoy o soy. Sin mencionar eres. Sin apuntar con el dedo; en vez de ello, indagando con la yema del dedo, excavando en ese espacio indócil.

Acerca de lo no-humano —el alacrán, la paloma, un gorrión, una libélula, entre otros—, Donna Haraway en Seguir con el problema: Generar parentesco en el Chthuluceno (2019) indica que «La tarea es generar parientes en líneas de conexión ingeniosas como una práctica de aprender a vivir y morir bien de manera recíproca en un presente denso» (19). El parentesco es innegable, indisoluble. El objetivo es seguir con el problema «como bichos mortales entrelazados en miríadas de configuraciones inacabadas de lugares, tiempos, materias, significados». Su «pensamiento tentacular», invito a una  definición del concepto al generar en mente la imagen, va en contra del individualismo. Así la voz poética de López Montero apuesta por el florecimiento multiespecies de Haraway: en palabras propias, floreciendo del compost, en la pluraridad de lo colectivo. El novio es una ardilla inquieta; la voz poética es pájaro.

Lo arcaico, entonces, ¿rechaza el lenguaje poético? «El poema sabe cuándo el poema no es poema y este poema sabe que no es poema, es el poema que nunca logro admitir». (30). Se subleva de manera constante el poemario, parece que desde esta idea, y en una tensión entre imágenes agradables y otras en conflicto: «yo quería decirte, yo quería contarte, no lo sé / mi miedo es oceánico / agua mansa o volcánico o no sé» (47). La madurez del lenguaje —el paso del tiempo para la voz poética— insiste, como si rascara con la uña una costra de herida y quisiera arrancársela. El transcurrir de los años atenaza, explorando dimensiones de la existencia. La voz poética a ratos parece preguntarse: ¿qué estoy haciendo mal o qué estamos haciendo mal? Tener hambre; pero que la comida no te satisfaga, pero que la comida sea insuficiente.

Hacia el final, el esqueleto de lo prosaico ya ha sido pulido como quien afila un cuchillo doméstico. Y lo que queda no es la claridad, sino la compostura precaria de una voz que decide, con todos sus seres —humanos, animales, larvales, fantasmales—, seguir con el problema: el miedo y la dicha. Es importante quedarse hasta el final, en cada lectura de cada género literario, porque «el eco / lo importante es el eco» (58) y saber que intentamos comunicar para observarnos juntos bajo otra cualidad de luz:

«Somos pulmones de cambio, un brote aéreo ante la
domesticación del límite,
lo múltiple en movimiento,
el río y su contrario,
somos     toda    la    inecuación,
suma, resta y cálculo acrobático del cálculo:
somos en todos sitios duda,
somos enteramente, ontológicamente,
alcanzamos a ser simultáneas de diferencia,
a nuestro murmullo unido lo bautizamos como intuición. Oye las voces dulces,
su débil inocencia necesaria.
Somos.» (63)

Lo prosaico, en manos de López Montero, se convierte en un modo de desgajar un ritual entre lo humano y lo no-humano, haciendo hincapié en una crítica sobre cómo nos vinculamos, pero dialogando también con la dicha de (intentar) entenderlo: la autoconciencia es quien nos libera de este paisaje terrenal-mundano-ordinario.