Antojos, por Edgar A. Ortega (Venezuela)

Edgar A. Ortega (Ocumare del Tuy, 1992). Licenciado en Filosofía y profesor de la Escuela de Filosofía de la Universidad Central de Venezuela. Estudiante de Letras en la misma universidad. Ha publicado los textos: De policías y ladrones (crónica)publicado en el libro recopilatorio de Provea Lo que se cuenta no se olvida (2021); “K-Guai” (cuento), publicado en el Número [0] de Digo.Palabra.txt (2023); “Work in progress” (cuento), seleccionado en el primer número de la revista Virguliéresis (2023); “Gorjeos” (cuento), seleccionado en la segunda edición de la revista Pasillo Gen.’20 (2023); “PNJ” (cuento), seleccionado en el número 59 de la revista Rio Grande ReviewSci Fi Solastalgia (2024); “Magdalena una vez escribió una historia” (cuento), seleccionado en el número 4 de la revista Weird Review.

Antojos

Marie y yo veníamos de regreso de la casa de mis padres. Después de la noticia del embarazo, insistían en vernos. Mi esposa dijo que tenía ganas de salir, así que decidimos visitarlos en esa ocasión. La visita fue agradable; hablamos sin parar; nos repitieron una y otra vez los mismos consejos, incluso, entre risas, preguntaron cuándo tendríamos el otro. Sin darnos cuenta, fue anocheciendo. Mi madre insistió en que la próxima vez ellos irían a nuestra casa. Aceptamos y nos despedimos.

Marie se había quedado dormida. Yo miraba atento la vía. Cuando nos enteramos de que seremos padres, dimensionamos la realidad de nuestra fragilidad. Empecé a hacer ejercicio, tomaba más agua, hice dietas, a pesar de que la rompía cada vez que Marie se antojaba de algo. La noche estaba fresca y yo me sentía feliz por el rumbo que tomaba nuestras vidas. La mano de Marie sobre mi pierna me sacó de mis ensoñaciones.

—¿Falta mucho, amor?—dijo soñolienta.

—Estamos a una hora. Sigue durmiendo.

—Me gustaría, pero tenemos hambre.

—Pero si acabamos de comer.

—¿Qué te puedo decir? ¡Tenemos hambre!—dijo sonriente Marie.

La sonrisa de Marie siempre me derrotaba desde la universidad. Ella lo sabía; sabía cómo mirarme, en qué posición girar la cabeza, qué tono pronunciar para que yo me derrumbara.

—¿Qué quieren comer?—pregunté resignado. En el bolso mi madre nos guardó ensalada.

—No—dijo firme. No me provoca nada sano.

—Marie…

—¡Mi amor! Sabes que no lo puedo controlar. ¡Quiero algo diferente, grasoso quizás!

—¿Te parece una hamburguesa? Si aguantan un rato, podemos ir al lugar que me mencionaste hace unos días.

—No. No quiero ese tipo de grasas. Quiero algo de la carretera.

—¿De la carretera?

—¡Sí! ¿Sabes? Ese tipo de comidas que solo probamos cuando viajamos, irrepetibles, con ese no sé qué que es imposible identificar porque no las comemos a diario. ¡Eso queremos!

—No lo sé, Marie. No le tengo confianza a esos lugares. No son saludables; son peligrosos.

—En peligro estarás tú si no nos complaces—dijo Marie, frunciendo el ceño. ¡Anda! No sabemos cuándo volveremos a salir. Y no, no quiero que me la traigan; quiero toda la experiencia. Sentarnos en un lugar apartado, con personas de paso, ocasionales, una pareja desconocida tramando cosas, un cocinero sucio, déspota. ¡Por favor!

Acepté a regañadientes, pero con la condición de irnos si la comida se veía poco saludable. Marie aceptó contenta, dando breves aplausos.

Pasamos por tres locales, pero Marie los ignoró a todos. No eran lo suficientemente de carretera, repetía. Más adelante, vimos una señal vieja que indicaba un restaurante, el “Salón de Jack”, un diner americano. Marie indicó que ese era. El aviso nos pedía doblar por un camino de tierra, entre pinos. Después de varios minutos, llegamos a un restaurante con luces de neón. Estacionados a un lado de la vía, había un carro y una motocicleta. Aparqué cerca de la puerta y nos bajamos. Marie estaba feliz, el diner tenía toda la estética que ella quería: asientos en forma de u, una barra, una rocola, fotos de famosos en las paredes y comida seguramente grasosa. Le dije a Marie que se sentara en la más cercana a la puerta y se fue dando brinquitos. Fui a la barra y toqué la campana del servicio. Esperé varios segundos, pero nadie respondió. Lo intenté de nuevo, más insistente. No hubo respuesta. Enojado, me acerqué a la puerta que daba a la parte de atrás y salió un sujeto.

—¡Buenas noches! Disculpen, estaba adelantando el trabajo de mañana, picando la carne, lavando los utensilios, acomodando las cosas. En fin. ¡Disculpen! —¿En qué los puedo ayudar?—dijo el cocinero sonriente, saludando a lo lejos a Marie y limpiándose de la bata la grasa de las manos.

El hombre me llevó a la mesa y nos acercó el menú. Marie veía todo con atención, pero no se decidía por nada.

—¡Quiero que nos sorprendas! Prepárate algo que, no sé, sepa a camino, a viaje, algo irrepetible y grasoso. ¿Tienes algo así?

—Por supuesto, señorita, esa es mi especialidad— dijo el hombre cortés, y se retiró luego de decirnos que lo podíamos llamar Francis.

Me senté con Marie y repasamos el lugar. ¿Cómo no lo habíamos visto antes? ¿Y por qué no había camareros ni otros clientes? Marie me reprochó con la mirada; sabía que buscaba la mínima excusa para irnos. Me tomó de la mano y ladeó la cabeza hacia la izquierda, mi debilidad. Poco a poco, contándome sus sueños, me fue contagiando su entusiasmo, e incluso esperé con gusto la comida. Después de treinta minutos, Francis apareció por la puerta de servicio; en sus manos llevaba la bandeja con dos cubreplatos de acero. Sus movimientos eran perfectos, como si bailara, atípicos en un cocinero de carretera. Parecía que lo disfrutaba. Al llegar a la mesa, con precisión de chef, colocó los platos frente a nosotros y los destapó con prolijidad. Era el mejor olor que había experimentado en mi vida. Eran dos tiras largas de carnes, no muy gruesas, perfectamente decoradas y cortadas en cuatro lados. Volteé a ver a Marie: no estaba convencida. Francis lo notó.

—¿No era lo que esperaba, señorita?—habló Francis cortésmente.

—No lo sé. Esto tiene pinta de que sabrá bien, Francis.

—¡Claro que sabrá bien! Lo hice con todo el cariño. Además, usé los mejores ingredientes. Usted espera un bebé que crezca sano y fuerte, ¿no es verdad? —me miró Francis buscando cómplice—. Las parejas primerizas tienen un aire, un aura, algo que los delata.

Convencí a Marie para que le diera una oportunidad. Si no le gustaba, podíamos pedir otra cosa. No lo pensó dos veces. Alzó los dos brazos, tomó los cubiertos y picó un trozo del extremo de la carne. Lo masticó durante varios segundos y sus ojos brillaron. Francis lo había logrado.

—Francis… ¡esto era lo que estaba buscando! ¡Nunca había probado algo así! Lo siento por dudar del aspecto es que…

—No parece algo que se sirva en la carretera—se adelantó Francis con cara de entender la situación. —Bueno, espero que lo disfruten. Ustedes y el pequeño que vendrá. Si desean algo más, llamen al servicio. Con su permiso.

Agradecimos a Francis y nos concentramos en la comida. La decoración y la delicadeza de la preparación nos sorprendieron. No lo podíamos creer. Comíamos y hablábamos al mismo tiempo. Marie tenía razón; el sabor era difícil de identificar. Luego de varios minutos entregados a la comida y después de beber agua, nos recostamos en los muebles. Cansados, pero satisfechos. Busqué la cartera para pagar. Marie tomó el dinero y fue hacia la barra; quería agradecerle a Francis la atención y aprovechar para preguntarle la receta. La vi llamar varias veces al servicio, pero Francis no contestaba. Volteó a verme y me hizo señas, indicándome que lo buscaría en la parte de atrás. Marie entró a la cocina y yo me detuve para acompañarla. El ruido de un motor encendiéndose me distrajo. Afuera, alguien se había marchado en moto.

—Ven—, escuché decir a Marie. Tienes que ver esto.

Corrí hacia la cocina. Marie estaba de pie frente a un cuerpo humano femenino desollado. Solo los muslos tenían epidermis; sin embargo, les faltaban dos tajos alargados, con cuatro lados. Mi estómago se revolvió de inmediato y vomité sin parar. Mareado, caí de rodillas. Respiraba con dificultad; tenía un ataque de pánico. Marie me ayudó a levantarme y llevarme hacia el carro. Traté de calmarme, pero entre sus brazos me desmayé.

No sé cuántos minutos estuve desmayado. Cuando desperté, estábamos en la vía. Me sentía débil. Me acomodé en el asiento y Marie me extendió una botella de agua. Abrí la ventana para que entrara aire. Ninguno de los dos pronunciaba palabras. De pronto, sentí un olor; un olor ahora familiar en la parte de atrás. Volteé hacia los asientos y vi un pote. Lentamente, giré la cabeza hacia Marie.

—Son antojos, mi amor—dijo, ladeando la cabeza hacia su lado izquierdo.