Daniela Romero Pineda. Nací el 29 de octubre de 2007 en Bogotá, Colombia. El tiempo y la lectura me dictaminaron un interés particular por el arte de escribir; por el arte de habitar el silencio. He sido publicada en revistas universitarias y literarias. Actualmente estoy jugando con la plastilina del lenguaje para lograr vivir y expandir mi propia palabra.
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Capítulo indefinido: «De la honorable batalla que dio Don Quijote en la página en blanco»
La página en blanco reposaba tranquila en un silencio absoluto, aunque las márgenes crujían y se desviaban como si un viento cervantino tratara de entrar e irrumpir en la calma del papel sin tinta.
Entonces, sin previo aviso, apareció el Ingenioso Hidalgo Don Quijote de la Mancha, destilando tinta sobre el papel que comenzó a trazar una nueva aventura para él. Estaba delgado como una plegaria sin dueño, con la armadura torcida y una sonrisa tan absurda como divertida. Venía cabalgando los renglones de la página sobre Rocinante que parecía un garabato mal borrado.
El Quijote estaba explorando sus propias materialidades para alcanzar más hazañas y poder enfrentarse a dignos oponentes; por estas razones atravesó los alrededores de estas letras. Esa noticia le llegó al célebre Rodrigo Díaz de Vivar, mejor conocido como el Cid Campeador. Con paso firme, el Cid entró portando su misión como se porta una espada; traía un silencio implacable, invadió los márgenes y, con cada paso, fue ordenando la página como un campo de batalla.
Entre ambos se extendió el vacío blanco, un lugar donde ningún libro tenía jurisdicción sobre ellos.
—¡Bueno, Cid, saludo vuestra entereza! —dijo Don Quijote, inclinándose tanto que casi termina cayéndose del margen— Vengo a socorrer a las letras que piden más aventuras.
El Cid arrugó el ceño con seriedad castellana.
—Caballero andante, no he venido a participar en vuestros desatinos, he sido llamado por la tinta misma, hay una misión que cumplir, y no habrá juego ni burla que me aparte del deber.
—¿Deber? —replicó Don Quijote, alzando su lanza con torpe elegancia —. Os engaña la rigidez, noble Rodrigo.
—Por esas razones vengo a expulsarte de esta pobre página, yo defiendo reinos y no fantasías— dijo clavando su mirada en el solemne caballero manchego.
La página vibró; sabía que era territorio de un enfrentamiento que nadie había osado escribir. El Cid avanzó, con su espada en mano, trazando un surco perfecto sobre la página, como si las palabras debieran rendirle honor. Don Quijote, en cambio, avanzó dando galopes endebles mientras el escenario se disponía para el humor involuntario.
La tinta tembló; la leyenda del Cid no admitía como digno oponente a la locura libertaria del Quijote, solo quería sacarlo de los márgenes que invadió en busca de aventuras sin causa.
—He peleado contra reyes y moros— dijo el Cid— no deseo heriros, cedé el paso y vete.
—Yo he peleado contra gigantes de facultades eólicas y he luchado contra rebaños de ejércitos enormes— ¿Creéis que un héroe verdadero le teme al combate?
El Cid no esperó a otra ocurrencia del Quijote y, con la firmeza en su espada, como la de un verso bien medido, direccionó la impaciencia de su ataque en el Quijote. El primer golpe cayó con exactitud; el Hidalgo tambaleó y tropezó con los renglones, pero el Quijote, fiel a su inestabilidad natural, trató de erguirse mientras Rocinante relinchaba un borrón.
El Cid insistió con otro ataque; el Quijote se cubrió como pudo. En ese momento, el Quijote intentó apartarse, se inclinó demasiado hacia adelante para contrarrestar el exagerado movimiento que hizo inclinándose hacia atrás para esquivar la cordura que afilaba la espada del Cid, inadvertidamente, su cabeza chocó con una coma que le hizo retumbar la imagen de Dulcinea en el yelmo de Mambrino y su caída empezó a desordenar toda la sintaxis del Cid. Después de recobrar la conciencia, nuestro caballero vio al campeador enterrado y descompuesto bajo la marejada de letras que desbarataban su orgullo y su honor.
—¡Oh, fortuna caprichosa, cómo te place socorrer a los verdaderos caballeros cuando más lo requieren! La batalla contra el famoso Cid —ese coloso de los cantares— ha sido, sin duda, un éxito memorable. ¡Quién lo diría! Apenas alcé mi lanza cuando, por arte de encantamiento, mis piernas decidieron enredarse con aquella raíz mal nacida. Y, en la súbita caída, mi cuerpo describió un giro tan asombroso que el mismísimo Cid quedó desconcertado ante mi inesperado movimiento de ataque; confieso que aguardaba mayor fiereza. Los libros de caballerías lo pintan como un rayo de guerra, un león invencible… mas lo que vi empobreció mucho esa tal grandeza. ¡Válgame Dios, qué desengaño! Ni fuego en los ojos ni trueno en los brazos; solo un hombre sorprendido que, al ser yo portador de tanto ingenio, optó por desvanecerse sin gloria ni honor —dijo enderezando la espada—. Sí, vencedor. Que no se diga luego que Don Quijote de la Mancha no sabe imponerse en batalla… aun cuando la victoria, como hoy, venga envuelta en polvo, golpes y los misteriosos designios del destino.
El Cid quedó sepultado, y el Quijote, entre sonrisas pícaras estaba retomando la compostura entre los restos dispersos de la batalla. La página, herida por el combate, empezó a contraerse; los márgenes avanzaban lentamente para suturar la herida que ambos guerreros habían causado.
El Quijote miró hacia arriba; no había cielo, miró a sus lados, los renglones se encogían cada vez más, mientras la página se consumía a sí misma, nuestro Hidalgo no supo a dónde ir, pensó por un momento en buscar más aventuras, pero entró en razón de que no era una buena idea, miró hacia abajo y logró divisar unas letras que componían la palabra “barato”.
—¡Sancho! Oh, alma mía, ¿qué es esto que acontece? Mi buen Sancho está a punto de tomar las riendas de su prometida ínsula, y yo, como señor, caballero y buen amigo, debo aconsejarlo. ¡Oh, Sancho, amigo! Qué gusto será instruirlo en reglas que le aprovechen y tornen su gobierno como ejemplo de prudencia. Voy, sí, ahora mismo; que no se diga que Don Quijote dejó a su escudero sin luz en tan arduo trabajo.
El Quijote abandonó la espesura blanca. La página se restauró y prometió hacer más fuertes sus márgenes para más historias que no incluyeran a estos dos locos.
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