Leonel Flores (Táchira, Venezuela, 1984) es abogado, inmigrante y escritor. Su obra explora los límites entre la realidad y la fantasía, con un estilo marcado por el realismo mágico y lo onírico, y por una profunda sensibilidad por lo humano. Vivió su vida entera en Venezuela. Su paso por la política lo obligó al exilio y actualmente reside en Estados Unidos, desde donde cultiva su vocación literaria. Su primer libro de cuentos, Entre sueños, circos, pájaros y ardillas, reúne relatos que transitan entre la infancia, la memoria, la migración y el costumbrismo de los pueblos del Táchira, y seguramente será recibido con entusiasmo por lectores que buscan una literatura íntima, poética y reveladora. Actualmente trabaja en su primera novela. Su narrativa destaca por la construcción de atmósferas envolventes y por una voz propia que dialoga con las grandes tradiciones literarias hispanoamericanas.
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Con el agua al cuello
Me desperté a las cinco de la mañana con el sonido de agua cayendo y golpeando sobre un metal de la cocina. Mi mujer dormía profundamente. Mi sueño es algo liviano y cualquier ruido me pone en alerta; es algo instintivo. Supongo que es así como se comportan los animales en la selva, un ojo abierto y otro cerrado. Vivimos en New York, algo parecido, menos salvaje, pero con un canibalismo que acecha. Una gota de agua era algo superfluo; preocuparse por algo así era exagerado, así que decidí quedarme acostado.
Pero el sueño ya se había marchado, así que me quedé viendo el alto techo de la habitación. Pensaba que en dos días tendría que volver al rutinario trabajo; eso me atormentaba un poco. Minutos después, me levanté muy despacio de la cama para que mi mujer siguiera durmiendo. Abrí la puerta con sigilo y la cerré igual. Como costumbre, me puse hacer café, era un movimiento rutinario, además que el olor a café rememora muchas cosas. Es como encender una máquina del tiempo y viajar al pasado. Me senté en la mesa a leer las noticias en mi ordenador, con la taza de café a mi lado humeando. La impertinente gota seguía cayendo cada intervalo de tiempo. Me concentré en la lectura y la desoí. Las noticias de hoy solo hablaban de persecución a inmigrantes y una estúpida guerra entre Rusia y Ucrania. Pero me llamó la atención un artículo que parecía hecho a mi medida sobre lo que sucede en el cerebro mientras dormimos y los sueños. Cuando terminé la lectura, volvió el sonido de la gota, que caía en algún lugar que yo no podía ver. Comencé a rebuscar en cada gabinete y no había rastros de agua. El sonido seguía ahí, unas veces lento, otras veces rápido. Llegué a pensar que no era en la casa.
Mi esposa se despertó a eso de las diez de la mañana. Mientras le servía su taza de café, le pregunté si ella podía escuchar la dichosa gotita. Ella me lanzó una mirada de extrañeza y me dijo que no oía nada. Yo le insistí.
—Mantengámonos en silencio.
Pero el ruido del tren irrumpió con un traqueteo feroz que duró algunos segundos. Luego la pasividad del silencio nos arropó. Y allí estaba el sonidito, cayendo agazapado en una lata que no sabíamos dónde estaba. A mi esposa le dio igual; se levantó de la silla y se fue a arreglar para su viaje de trabajo a Filadelfia. Pasaría el fin de semana allí solo, enjaulado a mis anchas en este pequeño lugar. La cama sería solo para mí. Tendría sobradas razones para extrañarla, pero también extrañaba mi soledad. A veces estar solo es necesario.
Ella se fue a la hora del almuerzo; yo me senté en la pequeña silla negra a esperar el sonido que parecía haberse ido. Pero volvió cuando traté de encontrarlo. Volví a pasar revista a cada uno de los gabinetes de la cocina. No había agua; no había nada.
Eran las cuatro de la tarde y pensé que un café no me caería mal. Me paré en la ventana larga y grande que daba a la acera, por donde desfilaban los sábados los judíos que iban y venían de la sinagoga que estaba en la esquina, al lado de un salón de fiestas. Entre tanto, le daba sorbitos al café. Un hilo de agua comenzó a mojar mis pies, paseándose por entre mis talones para luego dar con mis dedos. Era un hilito fino que serpenteaba por el apartamento. Yo me senté en la cama mientras veía como el agua se comenzaba acumular por doquier, formando un charco en toda la habitación en cuestión de segundos. Por un momento, el agua dejó de fluir y yo me paré. El agua se había apoderado de todo el apartamento; tenía que actuar, pero entonces me dio hambre y decidí prepararme algo. Entre tanto, el agua seguía subiendo de nivel. Ya me tocaban los tobillos. Así me senté en la mesa, a comer y a ver las pequeñas olas que andaban formándose ya por todo el apartamento, yendo y viniendo con suavidad unas y con violencia otras. Era como si una réplica del mar se hubiera adueñado del pequeño espacio de mi apartamento.
Al anochecer, el agua ya me llegaba a la cintura, lo que me obligó a pararme de la cama, pues el agua me cubría por completo. Me encaminé entonces a la sala, con todo flotando a mi alrededor: zapatos, franelas, libros y discos… El bote de la basura entreabierto dejó los desechos en medio del agua. Me dispuse a recogerlos con cautela. El agua era tibia y cristalina, tan clara que podía ver perfectamente mis pies. Ya no me preguntaba por dónde salía; ahora me preguntaba cómo abandonar este lugar. Entonces caminé hasta la puerta, pero estaba inmóvil, atrancada; parecía haberse bloqueado la cerradura eléctrica a causa del agua. Lo único que podía salvarme en esta situación era subirme sobre la mesa. Cuando me subí, el nivel del agua sobre mi cuerpo descendió, lógicamente, y volví a retomar mis tobillos. Apoyé mi cuerpo contra la pared buscando acomodo; el cansancio y el sueño acumulado empezaban a hacer mella en mí y necesitaba un descanso.
Me desperté en algún momento a altas horas de la noche. Tenía el agua a la altura del cuello. Me acordé de que teníamos ventanas, así que me adentré en el agua tratando de nadar hasta ellas. Pero nunca he sido buen nadador, tampoco buen corredor, en realidad soy un poco arisco a los deportes, por lo que aquello me iba a suponer un verdadero esfuerzo. Aguanté la respiración y me sumergí. Las litografías de Van Gogh aún estaban pegadas en la pared, junto al reloj cucú; las fotos de la familia sí estaban flotando en la superficie. Entré al cuarto: las sábanas se movían suavemente y seguían allí, ondulando con el agua. Llegué a la ventana con poco aire dentro de mí; intenté quebrarla con mis manos, pero fue imposible. Mis fuerzas habían disminuido en tal grado que sentía que me quedaría allí y moriría ahogado. Nadé hasta la superficie y un palmo separaba mi cabeza del techo. Iba a morir, sí, era algo inevitable.
Esperé la muerte allí, con dignidad, en la soledad de la madrugada, como mueren muchos. Pero el caso es que me gusta vivir; a veces es monótono, sí, pero hay muchas cosas que todavía quiero hacer. El agua seguía subiendo: ya me tapaba la boca y se acercaba, vertiginosa, hasta mi nariz. Pensé con calma que aquello sin duda era el fin. Bajé mi mirada y vi lo que jamás habría imaginado en el salón de mi apartamento: una andanada de peces que se paseaban debajo de mí. Eran pececitos de colores vivos y de movimientos rápidos y nerviosos. El agua me cubrió del todo, perdí el conocimiento y por un momento creí que había muerto. Pero volví en sí pocos segundos después, y al abrir los ojos estaba en el fondo del apartamento, acompañado de estos pececitos que iban y venían.
Por un momento pensé que aquello era el paraíso. Lo más increíble era que ahora podía nadar y respirar bajo el agua. No lo podía creer. Nadé hasta el baño, seguido ahora por estos animales que no sabía cómo habían llegado hasta allí. La puerta del baño estaba entreabierta. El espejo, todavía firme en la pared, me mostró algo inconcebible: detrás de mis orejas y a lo largo del cuello se abrían unas branquias que se inflaban y desinflaban. El pánico me golpeó: ahora era un pez. Me incliné hacia el espejo, tratando de reconocerme, pero no supe qué especie era. Aún conservo mi forma humana, aunque deformada, extraña… un ser raro que respira bajo el agua.
Por la rendija de los azulejos y por el piso, raíces verdes salían y se movían al vaivén del agua. Era como alfalfa que brotaba. Por el espejo pude ver la manada de peces detrás, siguiéndome como una guardia pretoriana. Me moví hasta la habitación, entré y salí, me di una vueltecita por la sala y por la cocina, subí hasta el techo y volví a bajar. Abajo, en el piso, los peces me rodeaban. Las plantas que había visto en el baño ya tenían un tamaño considerable y estaban por toda la casa. Algas verdes y robustas obstaculizaban el camino, pero los peces comían de ellas con naturalidad. Yo tomé una con mis manos y, por curiosidad, la mastiqué: tenía un sabor a hierba babosa y salada. Al rato ya me había comido varias.
Me preguntaba qué estaría pasando afuera, si alguien me extrañaría. Seguramente no. ¡Quién iba a extrañar a un tipo como yo! Seguramente ni mi mujer. Ahora sentía lo que era estar en una pecera, en una pequeña pecera, en cautiverio.
El sol comenzó a salir y yo me fui en dirección a la ventana a ver si alguien podía verme. La ventana estaba cubierta de algas y apenas unos rayos de sol se colaban por entre la hierba. Alguien iba a tener que venir a rescatarme. Me puse a nadar y a juguetear con los asustadizos peces que me secundaban. Pero había ratos en que me preguntaba qué pasaría conmigo después de que el mundo se enterara de que era un humano que había vivido bajo el agua durante tantas horas. ¿Sería famoso o un caso de estudio científico? Lo que fuera, estaría bien.
Sentí que era de noche porque mi cuerpo me pedía descanso. De mi vida normal solo extrañaba el café. Aquí no se podía preparar y esperaba que, cuando todo terminara, pudiera beber unas cuantas tazas en compañía de alguien a quien contarle esta aventura. Nadar era cada vez más difícil: la espesura de las algas lo impedía. Y eso que los peces y yo comíamos hierba todo el día, pero esta crecía sin parar. Me fui enredando entre las algas; primero los pies y después mi cuerpo entero quedaron atascados y sin capacidad de movimiento. Creo que los peces también se inmovilizaron, pues algunos quedaron a mi alrededor y solo veía sus grandes ojos, que se movían de un lado para el otro.
No sé cuánto tiempo pasamos así; creo que fue mucho porque ya no sentía mis piernas. Por suerte aún podía ver algo. Escuché un ruido fuerte y, segundos después, algo que lo acompañó, rompiendo el techo con furia y determinación. Una larga y gruesa cadena, acompañada de un ancla gigantesca, entró arrasando con todo el apartamento y siguió penetrando hasta los pisos de abajo. Con algún objeto que no alcancé a distinguir, empezaron a remover la espesura de las algas verdes. Sentí el movimiento y, con rapidez, sacaron el nido en el que estaba metido. La luz del sol me cegó por minutos y el aire rozaba mi rostro, aún cubierto por la viscosidad de las algas. Aire puro. Grité y grité, lleno de alegría y desesperación.
—¡Estoy aquí! ¡Estoy aquí! ¡Me llamo Roberto!
Unos hombres me cargaban a cuestas, murmurando en un idioma que no lograba reconocer. Me dejaron tendido boca abajo y, al alzar la vista, descubrí un gran mástil donde se posaban dos pájaros. Estaba sobre un barco. Me levanté con torpeza; las piernas aún me temblaban. A lo lejos alcancé a divisar las puntas del puente Verrazzano. Un gran mar cubría la ciudad de New York.
Abajo, en las profundidades del lago, yacía la ciudad hundida y solitaria.
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