Cuatro poemas de Eduardo Saldaña (Perú)

Eduardo Saldaña (Perú, 1995). Egresado de la Universidad Nacional de Trujillo, donde cursó la carrera de educación secundaria, con mención en lengua y literatura. Ganó los Juegos Florales Interuniversitarios en el año 2021, el Premio de bronce en el concurso nacional de narrativa Germán Patrón Candela y la Primera Mención Honrosa en el concurso “El poeta joven del Perú” (2025). Ha publicado los poemarios: La comedia inútil (Paloma Ajena Ediciones, 2020) y Hasta ver apagarse tus cenizas en un cementerio de elefantes (Dendro Ediciones, 2024).

El retorno de Alicia

es un tipo de memoria muy pobre la que solo funciona
hacia atrás.

Lewis Carroll

Vi a Alicia descender por una madriguera
hasta llegar al bolsillo izquierdo de mi camisa de fuerza,
quise seguirla, toqué sus dedos como teclas de piano
sus muslos ardientes
          a través del cerrojo de una puerta
por donde yo, solo conocía el placer con los ojos afilados en forma de lágrima.

La llevé hasta la Plazuela para contarle la historia de aquella civilización de estatuas
         que sin permiso dominaban al clima.
Alicia arrojaba estrellas cristalizadas en sus palabras
                 como colecciones esquizofrénicas de imperios con asma,
los cuales, hacen del lenguaje, jadeos y orgasmos purísimos.

Alicia sollozaba mientras yo le preguntaba acerca de sus alucinaciones,
esos primeros intentos por permanecer oculta
bajo los continentes del pasado,
                 y sus amores de cometas musicales
entonados para la futura resaca de mi verbo insólito.
                Su infancia junto a ese barrio marginado pero maravilloso
cuando ella dirigía al aire sobre una bicicleta.
Sus facciones al reconocer que estaba perdida
               a punto de ser decapitada
por confiar en seres imaginarios, terriblemente agradables
quienes la guiaban asegurándole que no había otra Reina para sus Corazones.

Que yo recuerde, Alicia dijo que su país estaba
         donde se escribiera un poema largo como caída sin retorno,
que se quedaría conmigo, aunque nos faltara poco tiempo;
pero quién quiere seguir siendo una chiquilla ilusionada
                            cuando se pueden romper todos los espejos.
Ya era tarde para retenerla.
        Alicia dejó de frecuentar los parques donde embriagado,
solía hacerle un caligrama parecido a esta urbe destruida
                                    por tantos hospedajes impenetrables,
                            que ahora me la recuerdan demasiado;
un pobre mapa luminoso sin gravedad entre espasmos y jardines
lejos de cualquier paraíso perdido, como una historia clínica jamás reclamada.
Pero no fue suficiente con dejarme, también debía alejarse
de todos aquellos que la vimos crecer.
                    (Alicia tenía a alguien más esperándola en casa)
Yo que le regalé jaulas de oro vacías,
entendí demasiado pronto que era necesario encontrar la llave que la hiciera libre,
                    antes de culpar a las nuevas enfermedades del siglo.
Por eso, que hoy deambulo destrozado y herido
tumbado sobre las aceras desgastadas como el lomo de un animal disecado,
aferrado a contemplar las cosas más humildes,
                   entre los corredores de esta ciudad universitaria,
y declarado culpable ante el juicio de la ruina.

Exhalando a solas el humo de una vieja oruga agonizante,
para que así, mi memoria sea el último cinema bizarro
           capaz de proyectar escenas inéditas.
Como una enorme bestia poseída, vigilando las azoteas del fin del mundo,
mi locura muere si ella deja de pronunciar mi nombre
y mi llanto adormece el pulso de las manecillas
que danzan hacia la hora final.
Y mi cuerpo, se convierte en un refugio nuclear en llamas,
tallado con sílabas nocturnas donde ella nunca más volverá a amanecer.
Porque Alicia al fin ha regresado,
y yo, he de resignarme a ser
                  aquello que no me atreví a reconocer desde el principio.
Con mis delirios, esa pata de conejo blanco en el cuello
                         y mi sombrero.

Ibas a ser el mejor poeta joven de todo este nuevo tiempo

La primera vez que te reconocí, fue en los desfiladeros de la universidad, 
              estabas rodeado por guirnaldas de amapolas arrancadas  
desde el vientre desnudo de bestias guillotinadas, pertenecientes a mitologías andinas 
                     y esa marca hebrea que te cubría la frente
como la única prueba posible de que, alguna vez  
        alguien intentó desaparecer frente a toda su familia recién resucitada,
                                              usando otro nombre, 
mientras subía el volumen de la radio y quemaba fotografías antiguas color sepia
                                 jamás reveladas,  
         observando caer lentamente aquel último atardecer ebrio sobre el mar.   

Sin embargo, tú querías morir el mismo día que uno de tus escritores favoritos. 
Publicar la mejor novela latinoamericana del siglo,
                  antes de cumplir los treinta y cinco años.
Tomar tantas Coca-Colas como fueran posibles, evitando el miedo al rechazo.
Dejar de confundir ese reflejo de tu primer hijo, tras la parálisis del sueño, 
con los aterradores espasmos que tuvo tu padre,
                  quien fue consagrado por los comuneros, demasiado pronto.

Vagar arrastrando el insomnio de soportar deslumbrado ese aire punzante-arteria viva;
                deseando recibir cualquier milagro conmovedor de la autopista
que proyecta filmes compulsivos sin límites de velocidad /
sin más refugio que un peregrinaje donde las trampas de la fe se vuelven balas perdidas.

Siendo tú el único protagonista, el único dispuesto a acechar entre volcanes de la lujuria,
        abriéndonos las puertas de la percepción usando tu propia baraja del tarot.
Un cowboy rompiendo la cuarta pared, apuntando hacia espectadores de blanco y negro.
       Automedicándote con paseos dominicales y nuevos hallazgos literarios,
alterando así, el orden de quién está y quién no, en el gran libro de la vida,
          consiguiendo adormecer los barrancos innumerables de cada sentido.

Mientras extendías los brazos cansados allá donde las lagunas mentales se rebalsan, 
imitando ser una torre de control eléctrica en medio de invasiones y márgenes secretas,
esperando poder interpretar el futuro, desde las entrañas de un perro andaluz.     

Ya lo ves, al final las doncellas se han marchado,
                             clausuraron los locales más liberales.
       Nos hemos quedado solos en la misma vieja banca de cerámica y hierba seca.
   Preguntándonos qué estamos leyendo actualmente,
                     para qué sirvió insistir con los malos hábitos.
Aceptando tardíamente cómo en ningún documento nacional de identidad,
            se logrará convencer a nadie, sobre todo aquello que alguna vez fuimos.

Pese a tantos que aseguran haber atravesado por algo parecido,
                pero mienten,
te lo juro, siempre mienten.

Vals nocturno

En nuestro propio territorio nos movíamos
súbitos y veloces

Seamus Heaney

Nadie descubrió
           nuestras zapatillas lanzadas sobre los cables eléctricos
como sueños marginados
           nuestro lenguaje mal abreviado violento e impulsivo
que no supimos domesticar sin antes empezar el viaje
           nuestro sudor absorbiendo ese aire metafísico del
desamparo buscando un país inocente donde la
           estrella no nos cortase los labios resecos con su filo
nuestra fugacidad en los sentidos repartidos cual
           documentos de identidad entre los no nacidos para
una bandada de pájaros con blue jeans que deseaban
           desesperadamente ser siempre jóvenes.

Nuestra botella descartable que sorbo a sorbo cumplía
           cualquier deseo
nuestras primeras ilusiones en medio de la copulación
           de estatuas y árboles que jamás serán violines
nuestra mirada felina cuando alguien nos decía que seríamos
           las víctimas del mito destinadas a masticar una
humillación pública entre hoteles de mala muerte
           y esa confesión de los semáforos como cerberos
melancólicos corriendo por los túneles antes de que
           la madrugada nos hiciera arrepentirnos o hasta
que Sodoma resplandeciera en nuestros miembros.

Oh muchachos
          cuánto tiempo ha pasado desde que prometimos no
volver a mirar atrás y supimos que estábamos jodidos
          frente a tantas horas mal consumidas.

Oh muchachos
         al final perdimos el reino donde alguna vez fuimos
arcángeles huyendo de las farmacias tocando fondo
        más allá del ensueño sangrante.

Ahora solo nos queda como testigo la experiencia
        y esta danza de ataúdes para una fosa comunal
donde seremos enterrados boca abajo personificando
        nuestra única fuerza:
la mala memoria

Mazinger Z

Mazinger Z, llegó en el año 1983 a las televisiones peruanas,
          y tú creíste que su verdadero color era blanco y negro,
porque solo así podías verlo, a la edad de siete años,
          dentro de la única casa vecina que
soportaba tu presencia.

          Dicen que al final de la serie,
Mazinger aprendió a volar luego de perder el brazo derecho.
          Siendo vencido con honor,
recordando todas sus mejores batallas:
          «Afrodita A, Koji, escúchenme por favor,
          la inmortalidad nunca existió,
          siempre se trató de un episodio inacabado».

Pero tú, sigue creyendo que, algún día,
       no muy lejos de cualquier patrullero.
Cuando todos hayan regresado durante
          la nochebuena con sus familias,
dejándote otra vez solo en la calle,
          como una botella descartable vacía,
el Jet Pilder surcará estos cielos enrojecidos
          y te rescatará del holocausto.