Samuel Pineda Domínguez (Puente Genil, 2002). Estudiante de Filosofía en la Universidad de Granada. Previamente cursó el grado en Traducción e Interpretación ofertado por la Universidad de Málaga. Se obsesiona con una autora distinta cada tres meses.
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(1)
Tengo la mente llena de cosas,
de frases hechas a medio hacer,
de sujetos a la espera de un predicado
que los complete.
Me comparo con lo que no tiene forma:
la nieve, la niebla, la lluvia.
Voy siguiendo mi reflejo a través de la ciudad:
en el bus, entre la multitud, en el cristal
de una fábrica de ropa.
Miro hacia el horizonte y veo montañas moradas,
no muy nevadas, recubiertas de una piel muda y áspera,
pero lisa a la vista.
Tengo la sensación de que abrazándolas
encontraría mi consuelo.
Me abro al horizonte, a las gélidas montañas
que permanecen por encima de esta ciudad,
a la espera, a la intersubjección
de palabras, pa-la-bras
que vierten sus emociones en mí,
que vierten sus formas dadas al espacio,
al horizonte de sentido,
hacia mí, fruta envenenada.
Pues será que la palabra
es un suspiro al alma humana,
un paisaje donde la aurora rosada, dada a la apertura del Sol,
deslumbra sus vespertinas tonalidades,
se los regala al ser,
le dice: “tenme aquí siempre que me necesites”.
Pues será que sentimos paisajes emocionales
y tan solo podemos expresarlos
en una cascada de palabras: la vertiente a través del ser,
imposible de descifrar,
misterio divino que recorre cada rincón de su cuerpo; le des-forma.
Quién pudiera, qué pudiera
expresar semejante trato entre
la divinidad de la palabra y la expresión del sentimiento.
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(2)
En la infinitud de la palabra última,
en la angustia como forma de conocer,
vamos y nos vamos siendo desconocidos,
siendo uno más,
un ser sin rostro,
una multitud de masa entre otra multitud de masas.
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(3)
Me siento como cuando tenía catorce años:
me siento en el escritorio,
abro el portátil, navego a través de
sus diversas funciones,
me sorprende el infinito mundo
que una máquina puede recoger;
dejo la luz del techo encendida
a la espera de que alguien,
que nunca llega,
la apague;
miro a mi alrededor
las cuatro paredes de la habitación
en la que me encuentro,
estoy en mi habitación,
es mi habitación,
es el lugar donde duermo,
donde memorizo y aprendo,
donde veo multitud de vídeos
de tantos temas…
es donde me siento
a usar mi portátil,
es donde me siento,
y es que el sentir
también implica sentar,
sentarse, asentarse,
sentirse, asentirse,
a-sentirse, a-sentarse,
no veo la diferencia,
el sentir es asentarse
en uno mismo,
es asentirse,
decir: “sí, ya me he asentado
en mi sentir”.
Quizás ya se ha asentado en mí
el chico que con catorce años
se sentaba en el asiento
de su habitación,
de su refugio,
a usar su portátil asentado
en sí mismo todavía nueve años después.
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(4)
“Llega a ser lo que eres” .
Ni el corazón más liviano
puede soportar el peso de la carga encima.
Se desploma hacia abajo
con sus alas buscando la pasividad,
un lugar donde posarse,
pues incluso después de marcharse
dicho peso,
queda huella en el corazón
y debe realzar el vuelo hacia el cielo
más fuerte que nunca, pero herido.
¿No es una paradoja que este aparato marcado
sea la música de nuestras vidas?
Dejadlo volar, dejadlo libre, libre de limitaciones,
libre de expectación, libre de sí;
y cuando esto ocurra,
podremos levantar nuestras cabezas,
levantar la mirada,
y contemplar el mundo con conciencia plena,
con la serenidad que otorga ese vínculo
con lo inmenso que navega
por un viaje hacia el “entonces”,
hasta el “será”,
en una continua evolución
de lo que “soy”, una vez “fui”,
y en algún momento “seré”.
Tres actos de un mismo teatro.
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1. Referencia a la canción «Jóga» de Björk.
2. Referencia a una cita que Heidegger extrae de Píndaro.
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