Dos cuentos de Luis Alejandro Perdomo (Venezuela)

Luis Alejandro Perdomo (Los Teques, Venezuela, 1998). Estudiante de Psicología en la Universidad Central de Venezuela. Ha participado en la IV edición de Brevelectric y ha obtenido una Mención Honorífica en el concurso convocado por la UCV (2023). Sus cuentos han sido publicados en las revistas Pasillo Gen’20 (2023), Trantextos y Tierra Adentro del Fondo de Cultura Económica (2025).

Gasolinera

Dejé el coche en la estación y, tras una larga conducción, pude por fin sentarme en la barra y pedir un café. Cuando el camarero dejó la taza sobre el mostrador, me fijé en el reloj que llevaba. Era un modelo antiguo, con correa de cuero. Y por un momento, algo surgió de mi interior: un recuerdo largamente olvidado.

 

Fregaba los platos con las manos hundidas en el agua caliente del lavavajillas. Era la casa de mi padre en la costa. Él, ya ciego, miraba hacia la ventana. Todo estaba en silencio.

—¿Estás ahí? —dijo al cabo de un rato.

—Aquí estoy, padre. Estoy fregando los platos.

Oí cómo intentaba levantarse, pero luego cayó de nuevo en el sillón.

—No se levante, padre. Ya casi termino.

—No me gusta que me dejes solo. ¿No puedes venir un momento?

—Ahora mismo voy.

Los signos de la demencia ya se notaban. Había vuelto a ser un niño. Un niño malévolo e iracundo.

Cuando regresé a la sala, lo encontré desplomado a los pies del sillón. Lo ayudé a incorporarse.

—La muerte —dijo. He pensado mucho en ella. A veces no puedo dormir solo de pensarlo.

—No piense en eso, padre. Solo lo perturba más.

—Me molesta, sabes… Que todos la ignoren. Que la gente vaya por la calle como si la muerte no existiera. Hacen planes para el futuro y esas cosas. Como si en el futuro ella no fuera a estar.

—No se ponga nervioso, padre. Es perjudicial para su salud.

—La muerte es el reino. Una vez oí eso de un predicador callejero y es cierto. La muerte es el reino de todas las cosas.

—No sea pesimista, padre.

Lo acomodé de nuevo en el sillón y encendí el televisor para hacerle compañía. Permaneció un rato en silencio, escuchando las noticias con los ojos vacíos.

—Se está haciendo tarde, padre. Debo marcharme.

—Está bien. Gracias por haber venido.

Mientras recogía mi abrigo y me disponía a salir, lo escuché pronunciar con desprecio y rabia:

—Tú también me olvidarás.

Me quedé en silencio. Estoy seguro de que sabía que lo miraba.

—A veces siento que tú y yo nunca nos hemos dicho nada en realidad. Es decir, estamos aquí y hablamos, pero no nos decimos absolutamente nada. No sé quién eres.

No respondí. Me mantuve en silencio.

—Es como si nunca hubiera tenido un hijo y solo hubiera estado hablando conmigo mismo todo este tiempo.

Aunque no dije nada, sentí que algo se quebraba. Algo que me producía alivio y terror a la vez. Miré a mi padre y supe que era la última vez que nos veríamos de verdad.

Al marcharme, noté que su reloj de pulsera se había roto en la caída. Era un reloj muy bonito. Con la hora detenida.

Llevaba toda una vida sin pensar en él hasta ahora, al verlo en la muñeca del mesero. Miré por la ventana y, por un instante, fui consciente de que yo también empezaba a envejecer.

Hijo mayor

Llevaba rato acostado. Pero no me pasaban inadvertidos los pasos circulares, el golpeteo de las tazas de café, los pies de mi padre tropezando contra los muebles. En un momento oí la puerta abrirse.

—Hijo, ¿estás dormido?

No respondí. Me removí en la cama, esperando que eso ahuyentara sus intenciones.

—No quería despertarte, pero es que tu hermano…

—¿Qué pasó con él, papá? —dije irritado, dejando de fingir.

—Es que no me responde las llamadas. Estoy preocupado por él. Es de noche.

 

Claro que no te va a responder las llamadas; seguramente esté tirado en casa de uno de sus amigos, pensé.

—Quería ver si podías ir a verlo —dijo finalmente mi padre.

No me molestaba tanto la actitud irresponsable de Alejandro como esa conducta servil de mi padre, como si siempre estuviera solicitando el amor de su hijo menor.

Me quedé callado. Mañana tenía trabajo temprano.

—No quería molestarte, pero como es tan tarde, estoy preocupado.

—Entiendo, papá —dije levantándome.

Salí a la sala, tomé las llaves y mi abrigo.

 

Durante el camino estuve llamando a Alejandro, pero el tono salía caído. Mientras conducía por la noche, comencé a preocuparme. Vi su cuerpo tirado y magullado en distintos rincones oscuros de la ciudad.

Cuando llegué al piso de su apartamento, todo estaba en silencio. Toqué la puerta, pero nadie respondió. Mientras íbamos creciendo, pensé que en algún momento tendría que dejar de cuidarlo, pero no ha sido así. Es como si esa sensación solo ha seguido acompañándome.

Saqué la llave del bolsillo y abrí la puerta. Adentro todo estaba oscuro. Olía a cigarrillos y a algo putrefacto. Intenté encender la luz, pero no prendía. Qué desastre. Qué repugnancia.

Seguí el olor hasta el cuarto del fondo y cuando entré y no lo encontré, pensé que se había desaparecido y sentí alivio. Pero tras eso sentí tristeza. Y después terror. Revisé la habitación y oí cristales rotos bajo mis pies.

Lo encontré acostado, durmiendo, en la bañera. Se veía la camisa manchada; parecía aturdido. Seguramente drogado.

Me quedé viendo durante un rato. El tiempo había pasado, pero seguía siendo un niño. Un niño crecido y barbudo. Entonces sentí el impulso. El impulso de taparle la nariz y hundirlo en el agua. Me acerqué y hundí mis manos en su pecho hasta sentirlas húmedas. Alejandro abrió los ojos en el fondo de la bañera, pero no lo solté. Veía las burbujas. Pensé en mi padre y mis manos perdieron fuerza.

Se levantó, casi ahogándose, y cayó al suelo. Lo levanté y lo guié hasta la cama. Seguía drogado y aturdido.

Acostado y con la mirada ida, me dijo:

—Hubiera sido lo mejor.

Se volteó, con los ojos nublados, y pareció quedarse dormido.

Llamé a mi padre antes de salir de casa y le dije que Alejandro estaba bien, que se había quedado dormido.

Al llegar, toqué la puerta de su cuarto, pero no me respondió.

Ya se había acostado.