Inés Fernández (Córdoba, Argentina, 1947). Abogada jubilada. Ha participado en diversos talleres y encuentros literarios. Gracias al tiempo libre, la lectura y la escritura son sus principales actividades.
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El espejo
No es que Alfonso fuera un hombre infiel. Ni un mujeriego ni nada que se le parezca.
Las cosas con Normita se dieron medio de casualidad, por así decir.
Ella, Normita, había empezado a trabajar a principios de año en la oficina y rápido trató de caerle bien a todos, haciendo chistes y poniendo caritas amables.
Alfonso casi no la notaba. Sólo había pensado, el día en que llegó, que tenía los pies muy pequeños. Eso le llamó la atención y había agarrado la costumbre de mirárselos y de calcular cuánto podría calzar. ¿Treinta y cuatro? ¿Treinta y cinco?
Le daba un poco de risa que fueran tan chiquitos; pensaba que un golpe de viento se la podía llevar volando por el aire con tan poca base como la que tenía.
Un viernes, después del trabajo, fueron todos a comer unas pizzas y Alfonso, que nunca aceptaba salidas, se unió al grupo porque esa noche Ofelia no estaría en casa. Ahora iba al campo a ver al padre enfermo una vez al mes, y se quedaba allá todo el fin de semana.
Así que fue, pero apenas comió una porción y tomó un agua mineral. Fue el primero en retirarse.
Normita se interesó en el hombre callado y esquivo y no se le despegaba. Que qué te pasa. Que si tenés algún problema. Que si no te gusta la gente.
No, soy así, nomás. Le decía él. En mi casa somos así.
Bueno, para hacerla corta. Tanto revoloteó Normita, tanto insistió, que finalmente salieron un par de veces a tomar un café, y uno de los viernes en que Ofelia se había ido al campo la llevó a la casa.
En los doce años de casados por primera vez, Alfonso se encontraba en trance de cogerse a otra mujer. Y en su propia casa.
Y si no, ¿adónde iba a ir? Él hoteles no conocía, por ahí no le alcanzaba la plata, o las sábanas no estaban limpias, o vaya a saber si no surgía una complicación, mejor en la casa, incluso le podía decir a Normita que Ofelia llegaría de un momento a otro para que se fuera ni bien pasara el asunto.
Alfonso no sabía bien ni para qué había llevado a la piba y estaba nervioso; no sabía cómo encarar la situación. Fue a la heladera y trajo una Coca-Cola ya empezada y un vaso.
¿Vos no tomás? Preguntó Normita sentándose en uno de los sillones del living.
Alfonso eso no lo tenía calculado. Que iba a usar los muebles, que se iba a sentar como si tal cosa en el living de su casa.
Le parecía raro y feo. Cierto es que él y Ofelia no cruzaban más de diez o doce palabras por día, pero eran marido y mujer, qué joder. Capaz Ofelia si se enteraba de la aventurita no decía nada, pero él ya estaba sintiéndose como la mierda.
Para terminar cuanto antes con el mal trago, la llevó de la mano al dormitorio. Miró alrededor, y vio el espejo.
Encima de la cómoda, ocupando todo su ancho, biselado, el orgullo de su mujer. Lo habían pagado un ojo de la cara, pero ella se había encaprichado y lo quería a toda costa.
Agarró el cubrecama y tapó el espejo. Debido a un prurito inexplicable, lo tapó completamente.
Se dirigió a la cama, miró a Normita que ya se estaba desvistiendo, y se agachó a sacarle las sandalitas con tiras de colores.
Todo anduvo pasablemente bien, y antes de que Normita se fuera le sirvió otro vaso de Coca que, a esta altura y habiendo quedado fuera de la heladera, estaba caliente y pegajosa.
Cuando volvió al dormitorio, tiró del cubrecama para destapar el espejo y allí estaba Ofelia, de cuerpo entero, observando con curiosidad la cama todavía revuelta. La cama, la habitación, él, con cara de estúpido, y su mujer parada dentro del cristal.
Antes de caer, se llevó la mano al pecho.
Ofelia, que calzaba el 40, llegó el lunes temprano. Desempeñó su papel de viuda con corrección. Así hacía todo.
Retiró las ropas de Alfonso, cambió los muebles de lugar, siguió cocinando puchero los lunes y tortilla de papas los martes, siguió viajando al campo a atender al padre un fin de semana al mes.
Era una mujer sencilla, poco afecta a los desbordes emocionales, inmutable en su sosiego, de lago en calma.
Sólo se asombraba y también se inquietaba un poquito cuando el bello espejo mostraba algo que ni estaba en el cuarto ni ella había visto jamás. Un par de sandalitas con tiras de colores. Ofelia, que todavía estaba golpeada por la muerte de su esposo, pensó con una pequeña sonrisa que debían ser de una muñeca que había venido a acompañarle.
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