La fuente del jaguar, por Diego Tomás Acosta (Argentina)

Diego Tomás Acosta (San Salvador de Jujuy, Argentina, 1992). Publicó el texto lírico «Espejo de almas» en la revista española Writer Avenue (n.º 12). Su cuento de ciencia ficción «Kur-Modul» integra la antología latinoamericana El trazo y el tiempo, y «Pseudología Felina» forma parte de la antología argentino-chilena Cuentos del mundo. Escribe narrativa breve con foco en la memoria, el mito y los vínculos entre poder y subjetividad.

La fuente del jaguar

La noche reclama a los que ya fueron marcados.

Octavio Runebach bajó de la camioneta y el olor fermentado le quemó la garganta. Habían pasado décadas, pero el aire —dulce y rancio— seguía envolviendo el ingenio.

Un hombre se acercó con paso firme y casco blanco.

—Buenos días, ingeniero Runebach. Ignacio Fuentealba, gerente de mantenimiento.

—¿Qué tal, Ignacio? —le estrechó la mano.

—¿Ya conocía la planta?

—Sí. Hice mi práctica acá. Hace mucho…

Ignacio hablaba del plan de auditoría, de normas y protocolos, pero Octavio apenas lo escuchaba. El calor de la selva se le pegaba en la espalda. Las chicharras raspaban el cielo. El anuncio estaba escrito desde antes.

—Entremos —dijo Octavio. Arranquemos cuanto antes.

Siguió a Ignacio hasta unas puertas de chapa. Respiró hondo antes de entrar. Solo era una auditoría, se repitió. Pero al apoyar la mano en el metal oxidado, los dedos se le estremecieron.

Una nube de vapor caliente le golpeó la cara. Venía de las válvulas que resoplaban sin tregua. La caña de azúcar caía en un primer molino, luego en otro, y otro más. Cada rodillo, cada caldera, trabajaba bajo el pulso mecánico de la fábrica.

Había reactores nuevos, tableros digitales, pero el estruendo del metal seguía martillando, incansable. Una percusión siniestra que le oprimía los dientes.

Octavio escribía en su cuaderno cuando, de golpe, las máquinas murieron.

La luz se apagó.

Las notas se desparramaron por el piso.

Ignacio puteó.

Desde la radio, una voz cortada:

—Atento, aten… baja de tensión… setenta por ciento…

—Tengo que ir a la usina —dijo el gerente, preocupado. Lo dejo con uno de los muchachos. Así no se atrasa.

Octavio ya no lo oía.

El silencio súbito lo devolvió a la noche del apagón.

Agazapado detrás del tanque de melaza.

El hedor y el miedo giraban a su alrededor.

Afuera llegaron los camiones.

Contuvo la respiración.

Los motores rugieron y se apagaron.

Puertas golpeando.

Botas chocando con el ripio.

Órdenes: cortas, secas.

La voz de Ignacio rompió los ruidos del pasado.

—¿Ingeniero? ¿Está bien?

Octavio parpadeó, desconcertado.

—Fue un mareo, andá nomás.

—¡Ey, vos! Vení. —Quédate con el ingeniero —ordenó Ignacio a un obrero de casco amarillo.

El operario se acercó, recogió el cuaderno y se lo tendió. Octavio se sobresaltó al verlo de frente: los rasgos, esa sombra en la mirada. No podía ser.

—Gracias. ¿Cómo te llamás?

—Emanuel Choque, patrón.

Octavio tragó saliva.

—¿Qué sos de Isaías?

Emanuel se acomodó el casco. La poca luz filtrada entre las chapas le marcó el rostro.

—Era mi tío. Se lo llevaron en el apagón.

El canto de las chicharras creció.

—Mi papá cree que todavía puede aparecer.

Pensó que estaba equivocado, que nadie regresa de la oscuridad. Apretó la mandíbula. Desde esa noche había aprendido una sola cosa: callar.

Y entonces lo tragó otra vez.

Seguía inmóvil detrás del tanque.

Un cuerpo se deslizó a su lado.

La figura se llevó un dedo a los labios. Apenas un susurro:

—Patroncito, váyase pa’ la oficina central… No se quede acá.

Olor a cigarrillo y coca.

La voz del capataz, Isaías Choque.

Octavio corrió hacia la salida de emergencia.

Antes de llegar, el portón se abrió.

El galpón estalló en gritos y corridas.

—¡Se quedan todos quietos o los cagamos a tiros!

Huyó y se internó en la selva.

Junto a él, un gato amarillo.

Ojos anaranjados entre los matorrales.

No sabía si corría a su lado o lo perseguía.

Las luces de la fábrica se encendieron. Las máquinas habían despertado.

Emanuel se quedó atrás, revisando una pieza, y Octavio avanzó hacia el tanque de melaza. Sintió su cuerpo impregnado de ese olor sulfuroso. Jamás lo había podido olvidar.

—¿Patrón? —Emanuel lo sobresaltó.

—¿Qué pasa?

—Lo veo pálido. Como si estuviera en otro lado.

—Puede ser —se limpió el sudor de la frente. Este lugar me juega malas pasadas.

Emanuel dudó un momento.

—Capaz puede irse pa’ la fuente del jaguar.

—¿La qué?

—Un ojo de agua, por el río Jordán. A veces vamos con los muchachos. Nos refresca.

—¿Queda lejos?

—Unos treinta kilómetros por el camino viejo.

El ingeniero iba a responder algo más, pero entonces lo vio: el gato amarillo sentado entre los molinos, ajeno al bramido industrial. El vapor apenas lo rozaba; los ojos del animal ardían como brasas. Octavio apartó la vista. Cerró los párpados y, en la oscuridad, apareció Isaías: el casco amarillo partido en dos.

Cuando miró de nuevo, el felino ya no estaba.

—Bueno, sigamos, que vamos atrasados.

Revisaba una centrífuga cuando escuchó un golpe oxidado.

Una llave, chapas sueltas.

No supo de dónde.

Metal. Ruido seco. Metal.

Los golpes, cada vez más cerca.

Gritos perdidos.

El tinglado parecía cerrarse, igual que su garganta.

Octavio salió rápido.

Llegó a la camioneta. Pensó en los ojos del gato, en la fuente, en Isaías. Agua fría. La necesitaba. Se subió y arrancó.

Atravesaba los cañaverales y el polvo se levantaba detrás. Tomó el viejo camino de tierra hacia el monte. Las ramas azotaban los vidrios y el camino se fue estrechando hasta desaparecer bajo la maleza. La luz cedía ante la selva que avanzaba. De pronto, el vehículo empezó a sacudirse y se paró por completo.

El aliento espeso de los árboles lo envolvió y Octavio supo que la noche le cerraba la salida otra vez.

Llegó a la oficina central.

Golpeó. Golpeó. Golpeó.

No respondían.

—¡Abran, por favor!

Su voz, quebrada.

Nadie.

Solo el llanto de las chicharras.

De repente, un chasquido en la nuca.

Metal helado contra la piel.

Alzó las manos.

Un líquido candente bajó por su entrepierna.

—Dejalo. Es un pendejo no más. Creo que trabaja con Simón.

Una fruta se estrelló contra el parabrisas y lo devolvió a la camioneta.

Se miró el pantalón: estaba seco.

Intentó girar la llave: inútil, el motor se había rendido.

Se bajó. La jungla respiraba lento a su alrededor. Miró hacia atrás: solo descubrió sombras, barro, recuerdos. Adelante, el rumor del agua lo llamaba.

Siguió por el camino a pie.

Unas carcajadas lo rodearon. Eran los monos que se ocultaban entre las hojas; corrían, se escondían, volvían a correr. Octavio se giraba, no los veía, pero sentía cómo lo acechaban.

Las risas de los simios se fundieron con las de su jefe, Simón.

Estaba sentado.

Reía; se burlaba.

—¿Qué pasó, pendejo? Mirate todo meado.

Saliva en la cara.

—Pelotudo. Quédate quieto acá.

—Pero… ¿qué está pasando?

—Vamos a ver si esos negros de mierda nos vuelven a parar la planta.

—Sentate allá. No mirés. No hablés.

Un alarido.

Después, otro.

Después, muchos más.

Octavio se tapó los oídos.

No alcanzó.

El canto de las aves tapó los gritos. La noche lo soltó otra vez.

Cada paso era un golpe contra la tierra blanda; la selva lo probaba, lo medía antes de dejarlo pasar. El camino se disolvió en un sendero, cubierto de pasto seco y ramas vencidas. Avanzaba a los tropiezos; las lianas lo sujetaban cada tanto, como si quisieran retenerlo. Respiraba el olor a arcilla mojada y hojas podridas. Las raíces se enroscaban como víboras dormidas; a veces creía que se movían bajo sus pies.

Pero la música del agua seguía sonando, una promesa cercana.

Sus botas se humedecieron de pronto. Miró hacia abajo y descubrió un arroyo: corrientes que acariciaban las piedras, un murmullo antiguo. Se descalzó, arrojó las botas a un lado y sus pies se aliviaron. El follaje empezó a clarear.

Se abrió la fuente del jaguar.

El chorro caía desde una grieta en la piedra; un hilo de luz lo acompañaba.

Debajo, el estanque brillaba turquesa y calmo, guardián de un secreto perdido.

Octavio se apoyó sobre el musgo húmedo y dejó que su vista se hundiera en la quietud.

El amanecer irrumpió mudo sobre el ingenio.

Volvió caminando entre los arbustos, el pantalón todavía mojado.

Nadie preguntó nada; él tampoco dijo una palabra.

Fichó la tarjeta, entró a la oficina y se sentó frente a su escritorio.

El ingenio seguía en marcha. Su vida también.

Eligió callar.

De nuevo, el silencio parecía absoluto; las chicharras enmudecieron. Pero algo respiraba detrás.

Un gruñido grave quebró la calma.

Giró la cabeza hacia la grieta.

El jaguar estaba ahí.

Tenía la mirada fija. En sus ojos ardía un fulgor anaranjado. La luz del agua se deslizaba por sus manchas negras y prendía su pelaje de oro.

Adelantó una pata; las garras rasparon la roca. Avanzó. Cada pisada hundía el silencio.

Octavio retrocedió hasta que un árbol le raspó la espalda. El corazón golpeaba salvaje. La bestia se acercó y se plantó frente a él. El jadeo caliente lo cubrió. Olor a carne fermentada.

El hombre cayó de rodillas. No pudo sostenerse. La respiración se le quebraba en la garganta.

—Perdón… —apenas un fragmento de voz.

Un empujón de la fiera y la fuente lo tragó.

Frío.

No sabía dónde estaba la superficie. Brazadas torpes.

El agua se cerró sobre él.

Entre las sombras, un rostro: Isaías. El casco partido. Un hilo de sangre oscura.

Después, otro rostro. Y otro.

Muy lejos, un trueno sordo, como máquinas encendiéndose al mismo tiempo.

Esta vez la noche no lo soltó.