Adrián Chaurán (Lechería, Venezuela, 1999). Es egresado en Lengua y Literatura (UPEL) y actualmente cursa la Maestría en Literatura Comparada en la Universidad Central de Venezuela (UCV). Es autor de Ala dulce y Homicida (J. Bernavil, Venezuela, 2024), ganador del IV Concurso Internacional de Poesía J. Bernavil (2023), obtuvo la máxima distinción del Primer Concurso del Grupo Editorial Encontrarte (2024) y recibió una Mención Honorífica en el IX Concurso Descubriendo Poetas (2025).
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¿Por qué escribo?
Ahora que quizás, en un año de calma,
piense: la poesía me sirvió para esto:
no pude ser feliz, ello me fue negado,
pero escribí.
Enrique Lihn
I
Escribo en silencio. En silencio escribo. Escribo para poder escribir. Escribo otra vez, desgastando hojas, lápices, teclas, recuerdos, citas; escribo porque debo escribir. Escribo para poder ser, para poder levantarme débilmente de mi ser, para darle forma a mi forma, a las formas que me conforman y me deforman. Por necesidad escribo, sobre todo por necesidad.
A la hora de escribir no utilizo ningún método; mi método puede ser el no-método. Aunque no veo a la literatura como Juan Carlos Onetti, como si fuera una amante a la cual acudo cuando el ardor de la pasión o del anhelo me sobrepasa. Pero tampoco puedo dedicarme a ella, o sea, a escribir en horario de oficina, durante ocho horas, como Flaubert. Para escribir debo recurrir a las horas nocturnas, a las pocas horas de la noche, cuando el silencio puebla la casa, cuando puedo repasar el día y todos mis días, aunque el borde del cansancio evite siempre que pueda ejercer con éxito la faena.
Escribir se ha convertido en un ritual; siempre estoy escribiendo o reescribiendo; nunca he pasado más de dos días sin escribir; me es imposible; ya forma parte de mi ser; debo escribir hasta el cansancio o describir mi cansancio; no debo optar por el silencio. No puedo afirmar que sea una rutina impecable; muchas veces escribo líneas, palabras muy breves, que no llegan a decir nada. Ante el vacío busco una esquina para rellenar, para sentir, como ahora, que puedo escribir un poco más, que puedo decir algo válido, tan sólo para mí. James Joyce afirmaba que se debe «escribir peligrosamente; todo tiende a transformarse hoy en día, y la literatura actual solo será valiosa si acierta a reflejar esa inestabilidad»[1]. A pesar de haber pasado tanto tiempo desde la citada afirmación, creo que todavía es cierto. Tal vez por ello mi escritura se mueve entre un flujo de conciencia, garabatos de ideas no desarrolladas y arrebatos estridentes de disgusto, porque busco ser avasallante, pusilánime, ecuestre, marítimo, humano.
¿Cuándo empecé a escribir? Hace muchos años, cuando no había leído el primer libro de literatura ni leía por gusto, por el placer de leer, comencé a escribir mucho antes. Creo recordar de manera exacta la primera vez que escribí; creo equivocarme en el recuerdo, creo inventar el recuerdo tejiéndolo con otros no menos falsos para darle razones a mí ahora. Comencé a escribir por una urgencia desmedida, por un desborde de mar exhausto adentro de mí. De pronto se volvió un imperativo: escribe. Escribe en silencio. Necesito del silencio, necesito escucharme respirar, saberme vivo, saberme en calma. Pienso en Umbral cuando esbozó: «yo no estoy dispuesto a escribir bonito, sino a escribir bien y decir barbaridades»[2], y quiero decir de todo, sobre todo barbaridades para así ahogarlos a todos, deshacerme en las palabras mientras los lectores se deshacen. Solo puedo sentir calma al escribir, letra tras letra, verso o borrón: nuevamente viene la calma. Solo puedo reconocerme plenamente cuando escribo, cuando mi mano va de un lado a otro en el papel y nace una escritura minúscula, aporreada, enredada, que pugna por decir tanto que, al leerse, resulta similar al silencio.
A veces escribo tosco, sin orden, para atrapar mi verdad, mi verdad limitada, para que la lean y la olviden. Solo soy yo al escribir. Es arduo. A veces, como ahora, no sé qué escribir, divago en divagar en mí, en perderme en el laberinto de Creta que yo, como Dédalo, he construido para ocultar mis pasiones u ocultar el horror de reconocerme como el Minotauro. Escribir es un impulso; es la acumulación de horas fatigadas; siento que debo vomitar, vomitarme, salirme de mí, ser Otro en mí, dibujar con mis palabras mi dolor, para que el dolor no sea dolor, para que sea descanso. Necesito del silencio; necesito escribir. Escribo porque deseo decir tanto, tanto y nada. Escribo por escribir, porque me hace falta escribir.
¿Qué soy yo? Soy quien escribe. Soy cada letra, cada palabra, cada coma, cada cansancio. Son las dos de la madrugada. Desde hace mucho que no puedo dormir, que no puedo apresar al símbolo, al sueño en el símbolo, a mí en la cama mirándome mirarme, conociéndome al conocerme. Soy un símbolo. Octavio Paz (1956) enfatiza que el hombre es inseparable de las palabras, sin ellas no existe, porque el hombre está hecho de palabras, está hecho de símbolos[3]. Soy un ser de símbolos; soy un ser vestido de lejanías. Mi memoria se compone de símbolos, mis manos, mis pies, mi sangre: son símbolos. Lo que no he nombrado no existe, tan solo existe lo que mis palabras crean. Al principio era el Verbo, al principio era mi Verbo. El árbol no existe sino hasta que yo digo «árbol».
¿Quién soy? El que ahora escribe. Escribo sobre mis hermanos, sobre mis parientes muertos, sobre mis amigos, sobre el asesino del pasado mes, sobre el muerto y su memoria, sobre la gente pobre de mi país, sobre mi pobre país, sobre el olvido que me abraza, sobre el recuerdo que me hiere, sobre el hambre que golpea la puerta de mi casa, sobre las demás casas vacías por el hambre. Escribo sobre mí, sobre mis pueriles temores, sobre un amor que no fue, sobre su ausencia. Sobre mí, sobre todo, escribo sobre mí. Sobre un cáncer, sobre mis miedos.
Deseo, impulso inexorable, ser; debo escribir; sin razón, pienso en la recomendación de Breton. No quiero sentirme obligado, pero es imposible no sentir la obligación. Quiero hacer una pausa, dos o tres semanas de silencio. Pero no puedo soportar tanto silencio. Rilke, en una de sus cartas, aconsejaba que el poeta preguntara en la hora más oscura: «¿Debo yo escribir?»[4]. Para Rilke hay que cavar en sí mismo en la búsqueda de la respuesta. Y, en caso afirmativo, debo escribir: entonces, se debe construir la vida según esta necesidad. Hace mucho que me hice esa pregunta. Hace mucho que tengo mi respuesta. Ahora cierro los ojos; el silencio se extiende lentamente; cubre los objetos como una capa de polvo; cubre las ventanas, pero cubre esas ventanas que solo están en mi pecho. Abro las ventanas de mi pecho hacia adentro, hacia la voz, hacia el silencio que hiere en la piel, en la lengua, en las manos, en los ojos; tengo mi respuesta. Deseo escribir. Vuelvo. Estoy otra vez en el borde de la ventana. Son las dos de la madrugada. Pienso en saltar, pero escribo.
Creo que escribir me ha salvado de la muerte varias veces, de una muerte que a menudo invento, como una simple fórmula de mis ilusiones. Escribo, el lápiz se quiebra, la hoja se desgarra, son las dos de la madrugada todavía. Afuera veo el mar, o creo verlo, o solo sueño con él. Mar, bravo, pero yo escribo. Afuera las ranitas cantan con pavor del amanecer, pero yo escribo. Afuera, el panadero abre el horno y el pescador la red, pero yo escribo. Afuera el hampa sostiene su arma, el joven estudiante repasa sus anotaciones, el político se lava las manos, el profesor se limpia el hambre de su corbata, la madre prepara arepas para sus hijos, el obrero se sirve café, pero yo escribo, escribo para escribir, para nunca ser leído, para ser ignorado por todos, porque me duele, porque amo, porque soy o seré, escribo, escribo para estar vivo, para arrancarme de la piel el olor a muerte, escribo, necesito escribir, solo necesito escribir.
Quiero escribir para mí. Quiero escribir y romper las hojas, quemarlo todo. Quiero escribir, pero siento que no hay nada en las palabras; mis palabras son palabras famélicas; agonizan en mí y yo agonizo en ellas. Las palabras pierden su significado; se quedan vacías. De pronto, la palabra «atardecer» no me trae ni la imagen ni el recuerdo del atardecer, porque el atardecer no existe, nunca existió, porque yo debo crearlo al escribirlo, escribirlo por primera vez, como al árbol. Escribo para morirme de a poco, porque creo que algo de mí permanece en todo lo que he escrito. A veces borrar es hacerme una pequeña herida invisible. Quiero escribir profundamente, ser la convulsión de la palabra, ser una pálida onomatopeya. Escribo para entenderme, para saber quién soy. Escribo porque es lo único que sé hacer o que puedo afirmar saber, aunque me equivoque.
Quiero escribir como el fuego, escribir como llamas crepitando en un cuerpo húmedo, escribir como una sombra atroz, como si el mar me ahogara, y solo pudiera escribir; y solo debiera escribir, solo sé escribir, no sé ser sin antes escribir. Quiero ser anónimo; quiero que mi nombre se estremezca en el silencio de todos, alzar mi voz inflamada, mis manos exasperadas, mi todo, mi nada. Escribo para escribir, apresurado, las letras se tropiezan, quiero saltar, quiero escribir, necesito silencio, necesito escribir. Escribo con mi voz; no conozco mi voz; no me conozco. Quiero ser leído, que sea masticado con rabia lo que ahora escribo, que nazca un grito negruzco al leerme, quiero que la voz se quiebre en partes incontables. Escribo. Escribo sin principio como continuación de todo lo escrito, como un fragmento que permanecerá perdido, fragmento de un inmenso texto que cada uno escribe. Escribo como un círculo; escribo porque necesito escribir, porque necesito vivir.
II
La vida me duele cuando no escribo, porque no escribo, y cuando no puedo escribir como lo hace Pamuk. Me duele desde mis pies hasta mis sienes. Luego de la jornada y de sostener la máscara diaria, siento la esperanza de poder leer o escribir un poco al finalizar el día. Pero también duele escribir; duele porque es tan difícil. Me salva el pensar que alguna página me será de consuelo.
No creo en la inspiración; la inspiración es mi obstinación por escribir, por pasar horas y horas leyendo para poder pasar horas y horas escribiendo, horas que, lamentablemente, se van en otros quehaceres. Escribo porque me complementa; lo reitero: me hace estar vivo. Y para escribir leo mucho; a veces no recuerdo lo leído; a veces lo leído me consume el día a día y confundo los nombres de las personas con los de los personajes de los libros que he leído. A veces mis frases son versos, a veces las digo porque siento que el día se ha acoplado para recordar cierto verso de Huidobro: «De sus olas a mis ojos hay la distancia de la muerte», escribió el poeta. Lo revivo al pronunciarlo para revivirme en mi vida.
Desde hace mucho tiempo dedico todo mi tiempo a leer o a escribir, pero quiero escribir sobre leer. No creo coleccionar libros. Compré muy pocos libros y la mayoría los robé. No es un delito robar libros para Bolaño. Creo que leer es la experiencia más importante de mi vida; aprender a leer fue lo más importante de mi vida, al igual que para Vargas Llosa. Para leer, también necesito del silencio. El silencio solo lo consigo huyendo de todos y de todo. Me he vuelto solitario; he perdido amistades y amores. Para leer necesito encerrarme en la habitación, a veces en el borde de la ventana, a las dos de la madrugada, cuando todos hacen silencio y solo el murmullo de las ranas me acompaña. Suelo releer los libros que me han impresionado; varias veces he leído El rayo que no cesa de Miguel Hernández. Procuro no acumular lecturas, pero no puedo; empiezo un libro y, a los días, otro. No me alcanzará la vida para leerlo todo. Es una lástima.
No creo ser nada más ni poder serlo. No creo en renacer ni en ser otro. No puedo ser otro. Soy los versos que leí; soy cada uno de esos libros en la estantería a mi lado. Soy todas sus páginas, su seca tinta. Soy el sopor que reposa sobre sus solapas. Soy su lector. Los leo para conocerme, también escribo para conocerme, pero solo a través de la lectura puedo dar con esa otra parte de mí que yace oculta, inasible, porque de ella no conservo memoria.
Una pausa. Afuera llueve. Cierro la ventana. Aún son las dos.
¿Por qué escribo? Tiembla la pregunta. Otra vez me pregunto.
Escribo porque me desbordo por dentro, porque tengo límites. Escribo porque no quiero ser nada más. Escribo porque sufro depresión desde la adolescencia. Escribo porque no quiero un trabajo normal. Escribo porque me duele todavía una mujer. Escribo porque me gusta estar solo. Escribo porque me aterran las personas. Escribo porque tengo mucho miedo. Escribo porque no quisiera ser olvidado. Escribo porque sólo así puedo soportar la vida. Escribo para que sepan que vivo, para que se conozca el dolor de mi tierra y la pobreza de mis manos. Escribo porque tengo rabia. Escribo porque me ahoga el llanto. Escribo para que me lean. Escribo porque me gusta el cariño que recibo al escribir. Escribo para conocerme mejor. Escribo para terminar este párrafo. Escribo para que me halaguen o me insulten. Escribo para que sepan que amé. Escribo para que usted me lea hoy y mañana me olvide. Escribo porque odio a todos. Escribo porque me complace escribir. Escribo porque hay belleza en la crueldad de la vida. Escribo para imitar a otros, como ahora. Escribo porque espero ser amado. Escribo porque no siento razones para vivir si no escribo. Escribo porque quiero ser escritor. Escribo porque tengo sueños y esperanzas de seguir escribiendo. Escribo porque no quiero hacer nada más, pero ya lo escribí. Escribo porque no soy nada más. Escribo porque soy esta torpe escritura. Escribo porque soy infeliz y solo escribiendo soy feliz. Escribo por escribir[5].
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[1] James Joyce, Sobre la escritura, Traducción de Pablo Sauras, 2011, pág. 35.
[2] Francisco Umbral, Los cuadernos de Luis Vives, Editorial Planeta, España, 1996, pág. 50.
[3] Octavio Paz, El arco y la Lira, FCE, México, 1956.
[4] Rainer Maria Rilke, Cartas a un joven poeta, Alianza Editorial, Madrid, 1980, pág. 25.
[5] Este fragmento está influenciado por el discurso «La maleta de mi padre» de Orhan Pamuk.
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