Daniel Camacho Francabandiera (El Tigre, Anzoátegui, 1999) es estudiante de Letras en la Universidad Central de Venezuela. Resultó finalista en las IV y VII ediciones del Concurso Nacional de Poesía Joven Rafael Cadenas. Poemas suyos pueden leerse en las revistas digitales Digopalabra.txt y La Antorcha Magacín.
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Rêverie
‘Tis some visitor entreating entrance at my chamber door
Some late visitor entreating entrance at my chamber door
This it is and nothing more
Edgar A. Poe
I
Recuerdo que esa mañana había encontrado la ventana abierta. Cuando me acerqué a cerrarla, de repente entró volando un colibrí, una de esas aves mínimas que se alimentan del néctar de las flores, cuyo plumaje tuerce la luz del sol. Yo lo recibí con simpatía, con sorpresa: vivo en el duodécimo piso de un apartamento sin flores ni vegetación alguna —al menos desde que M. se llevó los cactos junto con el resto de suculentas que empezaban a secarse—, por lo que de vez en cuando veo a los zamuros tomar el sol en las azoteas de los edificios circundantes, pero jamás he visto a un colibrí volar a tanta altura. En fin, entró el pajarito por la ventana y comenzó a volar rápidamente por toda la sala sin detenerse demasiado en ningún lugar en específico. Iba de aquí para allá y de allá para acá otra vez, como si estuviera buscando un no sé qué que no terminaba de encontrar. Yo lo observaba con fascinación desde la ventana abierta mientras sorbía despacio el café, que empezaba a enfriarse. Otra de las razones por las cuales me sorprendió la repentina aparición de este mi tornasol y minúsculo visitante era que, hasta donde yo sabía, el colibrí no suele volar tan alto, sino que se queda casi siempre a una distancia prudencial del suelo, no vaya a ser que de un momento a otro, de tanto néctar y tanta azúcar, le vaya a fallar el corazoncito y se desplome a toda velocidad a una muerte poco piadosa. Pensaba en esto mientras veía cómo volaba más pausadamente el pajarito frente a los portarretratos sobre el aparador —cuyas fotos poco a poco se han ido desdibujando—, casi como si los estuviera inspeccionando, o buscando dar con algo que yo no acertaba a adivinar. Tiempo después leí o me contaron —la memoria suele ser imprecisa con estos detalles— que los machos durante el ritual de cortejo suelen elevarse hasta los cuarenta y pico metros de altura para luego dejarse caer velozmente en picada, produciendo sonidos con las plumas de la cola agitadas por el viento; las hembras quedan perplejas y admiradas cuando estos se detienen de golpe apenas a centímetros del suelo. En cualquier caso, este colibrí parecía más bien solitario y sin muchas intenciones de impresionar a nadie. Yo lo veía andar de un lado a otro por lo que entonces me pareció un par de minutos hasta que de la nada empezó a ascender, volando con desespero hacia el techo; por un instante me dio la impresión de que habría querido traspasarlo. El vuelo del colibrí se volvía cada vez más errático y yo, pensando que buscaba una salida, me aparté de la ventana aún abierta, dándole paso para que pudiera salir por donde recién había entrado. El pájaro, que no se percataba de esto, volaba rapidísimo a ras del techo, recorriendo en cuestión de segundos la sala de un extremo a otro varias veces, trazando primero la figura de una cruz, de una equis y luego la figura de un ocho o quizá la de un infinito. Yo empezaba a preocuparme y traté de acercarme al animal cuando, sin previo aviso, se detuvo. De un momento a otro dejó de volar y cayó irremediablemente al piso: un golpe sordo, un sonido seco. Yacía ahí inmóvil y yo, que me compadecía del ave, quise recogerlo del suelo y examinarlo. Me acerqué, lo detallé por un segundo, medité brevemente qué hacer con él y si debía tomarlo ahí con las manos. Al final lo hice: sostuve al colibrí con las manos desnudas y pronto me asombró comprobar que había muerto. El asombro dio paso al espanto cuando, sosteniendo el cuerpo del pajarito sin vida, lo sentí frío al tacto. No, más que frío, helado como bloque de hielo. ¿Cómo era esto posible? ¿Cómo podía estar tan frío si apenas hacía solo un instante revoloteaba por mi sala? ¿Cuánto tiempo llevaba muerto el picaflor? Con lo frío que estaba, debía de haber muerto mucho, muchísimo antes de siquiera haber entrado por la ventana abierta esa mañana… Esas y otras cosas más me decía mientras soltaba horrorizado el cadáver del pájaro.
II
Esta mañana, al despertar después de una noche en la que apenas si pude conciliar el sueño, encontré la ventana cerrada como de costumbre. Me dispuse a abrirla esperando, tal vez ingenuamente, que entrara algún animal curioso o llamativo; si no un colibrí, quizá una mariposa del color de la plata, o una guacamaya que se contentara humildemente con alguna ofrenda de pan y fruta. Para mi desilusión, hoy no entró por la ventana ningún animal curioso, llamativo ni de otra índole mientras yo lo esperaba ahí, mirando acodado sobre el borde, sorbiendo despacio el café caliente, claro y dulce —como el néctar de las flores— de una taza que sostenía con manos temblorosas. Pronto, la espera se volvió impaciente y, eventualmente, desistí. Me preparé para ir a la oficina y, antes de salir, traté de recordar —aunque la memoria suele ser imprecisa— la imagen de un pajarito pequeño y colorido volando por mi sala. Me esforcé por proyectar un pájaro, una criatura alada y fugaz que quizá sea lo más cercano que nadie verá nunca a un ángel, pero solo alcancé a conjurar una mancha oscura, flotante, estática y difusa en el centro de la sala. Para quitarme el vértigo —el asco— que esto me produjo, cerré los ojos con fuerza, le resté importancia y me fui antes de que se hiciera más tarde. El día transcurrió como cualquier otro: sin novedad, sin particularidades. Cerca de la medianoche, ya de vuelta a casa, antes de irme a dormir, procuré cerrar —¿o abrir?— la ventana. Luego, al acostarme en la cama, encontré debajo de la almohada un puñado de plumas minúsculas y muy brillantes.
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