Víctor Ruiz Polanco (Cantabria, España, 1998). Es autor de los poemarios Cancionero del desplazado (XIV Premio Internacional Gastón Baquero) y Plano de una ciudad (I Premio de Poesía Joven Generación del 27), así como de las obras Poemas y Breve Catálogo de Críptidos (XLII y XLIV Premios José Hierro de poesía y relato, respectivamente). Ha traducido y prologado la antología poética de Baudelaire, Cambia París (Averso Poesía) y ha participado en revistas literarias como Piedra del Molino, Centauros, Letren Euria y otros medios online. Es graduado en Estudios Hispánicos por la Universidad de Cantabria y máster en Estudios Literarios y Teatrales por la de Granada, donde actualmente trabaja en su tesis doctoral.
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San Sebastián de los reyes y la poética del shock
Junto a un seco arroyo…
Baudelaire, «Le Cygne»
En uno de sus ensayos dedicados a Baudelaire, Walter Benjamin trató de explicar la poética de Las flores del mal mediante los conceptos de «experiencia» y «shock».[1] El primero de ellos —en alemán nombrado con un neologismo, «erlebnis», distinguiéndolo del sentido habitual de experiencia— proviene de la estética del Romanticismo y designa el principio vivencial sintético que determina ciertos momentos de autorrevelación subjetiva.[2] Momentos privilegiados en los que las piezas fragmentarias de nuestro habitar en el mundo —recuerdos, sensaciones, sentimientos, vivencias estéticas— de pronto parecen iluminarse mutuamente, formando una constelación hermenéutica que revela así un significado unitario. La experiencia también está detrás del concepto de imaginación de los poetas románticos ingleses, en tanto que en ella se activan todas las «potencias del alma», como definió Coleridge, con una avenencia especial: memoria, fantasía, sensación… funcionan al unísono para fabricar una imagen poética del mundo y de nosotros mismos. Wordsworth llamó a sus experiencias «spots of time», para diferenciarlas del acontecer lineal de la conciencia, y escribió The Prelude como una autobiografía de estos momentos privilegiados. La descripción más célebre y rigurosa, sin embargo, de los mecanismos de la experiencia proviene de Proust, cuya madalena desencadena, en el protagonista novelesco, sucesivas oleadas de recreación biográfica.
Buena parte de la poesía que hoy llamamos «moderna» ha sido una poesía de la experiencia. Y no me refiero, sin embargo, al movimiento español que recibió este nombre: infeliz confusión terminológica que ha ocultado, de hecho, la poesía que conecta con la experiencia filosófica arriba descrita. Poetas de la experiencia son Wordsworth, Coleridge, Yeats, Rilke, los herméticos… Y también Eliot, que nunca dejó de apelar a la necesidad —primero estética, después política— de organizar el caótico mundo moderno. El famoso párrafo en que Eliot describe la capacidad del poeta para organizar una percepción atomizada —olor de la cocina, lectura de Spinoza, teclear de una máquina de escribir…— ha de interpretarse en este sentido.[3] Ahora bien, en la obsesión con que Eliot enuncia este paradigma se percibe una ansiedad: que la experiencia, en el mundo moderno, es cada vez más difícil de aprehender. En los años 30, de hecho, Benjamin declaraba el fin del régimen experiencial en «Experiencia y pobreza».[4]
La galería de nombres recién citados tiene mucho de ridícula al tratar una literatura aparentemente tan poco libresca, tan radical como la de Alejandra Arroyo en San Sebastián de los reyes (2025).[5] Pero justo en esta incompatibilidad, en la distancia que media entre sus respectivos presupuestos, podemos definir la gran originalidad de este libro: San Sebastián de los reyes ya no es poesía de la experiencia, sino poesía del shock —aquel otro concepto al que apuntábamos antes.
El «shock», según describe Benjamin, tiene origen en la obra de Freud. El término describe el modo en que los estímulos externos se abren paso, violentamente, en la conciencia del sujeto. Para Freud, que imaginaba nuestra psique como una economía precaria, los shocks son peligrosos en tanto que amenazan con saturar el sistema cognitivo, impidiendo su regular funcionamiento. El exceso de shocks resultaría en una «capa cortical del cerebro quemada en tal grado por la acción de los estímulos que ya solo ofrece condiciones favorables para la recepción de estos»[6]; en detrimento, se entiende, de cualquier organización más compleja, como sobremanera son las experiencias. Para Benjamin, el shock es inseparable de la vida urbana moderna, donde el individuo está expuesto a muchos más estímulos que en otras organizaciones sociales. Todavía más, el shock es inmanente al capitalismo, ya que la escisión de las esferas del consumo y la producción resulta en el extrañamiento de la mercancía, impidiéndonos registrarla como experiencia —haciendo de nuestra relación con cualquier objeto, pues, un shock. Recordemos aquí cómo el poeta de la experiencia Rilke, que podía exprimirle una metafísica a cualquier flor, jardín, fuente, estatua…, se horrorizaba ante los «objetos sin historia» venidos de América, los cuales era incapaz de poetizar.[7]
A diferencia de manifestaciones anteriores de la poética del shock —Laforgue y Corbière, las vanguardias históricas, etc.—, la poesía de Alejandra Arroyo no se escribe desde una nostalgia al viejo mundo de la experiencia: en ella el shock es, sencillamente, el único modo en que el sujeto poético se relaciona con la realidad y consigo mismo. Como imaginaba Freud, en el individuo retratado en estos poemas, las «capas corticales» del cerebro ya están del todo fritas —lo que coloquialmente se llama «brainrot». El discurso poético de San Sebastián de los Reyes se caracteriza, entonces, por registrar una gran cantidad de estímulos en bruto; a la complejidad organizativa le sustituye la ambigüedad sintáctica y la parataxis de elementos diversos. El siguiente inicio de poema es un buen ejemplo:
el hombre del archivo
vuelve en forma de aire
en los sueños
es alto es alto es alto
te regaló un collar de delfín de oro
después dirás con doce años… (18)
El verso no es medida musical, sino registro en página de los estímulos tal cual irrumpen en la conciencia: el salto versal registra la aparición de un nuevo shock. Estos pueden ser de distinta clase —recuerdos, trozos de conversaciones o canciones, imágenes, mercancías…—, pero lo importante es que su heterogeneidad nunca se supera en una síntesis experiencial. El texto es, sencillamente, una sucesión de shocks y el silencio final coincide con la incapacidad de elaborar estos estímulos o de recibir nuevos. Este silencio no tiene nada que ver con las hoy populares mistificaciones de lo indecible, sino con la violencia de una materialidad que destruye la articulación subjetiva.
Todo lo anterior es patente a la vista del último texto del libro, «BDSM», tanto en el nivel del poema como en el de colofón del argumento narrativo de la obra. Y es que la composición no representa una solución catártica ni una asimilación de los episodios narrados, sino, de hecho, el estallido de una nueva crisis:
¿me dirás que soy tu niña? ¿me dirás que me he portado bien?
estaba intentando volver a casa pero a veces me parece que hay tantos caminos que podría tomar
no sé dónde está San Sebastián de los Reyes
creo que voy a llorar si no lo haces (61)
El libro termina, pues, donde el asalto de los shocks liquida la propia posibilidad de continuar la articulación lingüística. El poema en sí es ejemplo de lo descrito en la medida en que yuxtapone dos series de estímulos sin posibilidad de síntesis: los mensajes de sexting —la notificación al móvil es el shock por excelencia, interrumpiendo a cada paso nuestros procesos mentales— se intercalan en el flujo de conciencia de alguien que registra las contradicciones ideológicas que el BDSM conlleva.
Arroyo pone en primer plano, en la estructura narrativa «autobiográfica» del libro, uno de los principales motivos por los que el ataque del shock es especialmente violento hoy: la ausencia de un hogar fijo. Y es que este proporcionaba un anclaje decisivo —familiar, histórico, nacional…— para la articulación de las experiencias, así como un refugio frente a la intemperie del shock. Rilke tenía que escribirlos desde algún castillo, los lakistas se iban sus casitas de campo para componer poemas de la experiencia. El cambio de régimen es evidente en Baudelaire, que contrapone el hogar infantil del poema XCIX de Las flores del mal con su vagabundeo de arrendatario moroso durante el resto del libro. Lo mismo hace Arroyo, que organiza el libro alrededor de la pérdida del mundo vagamente experiencial de su infancia en el municipio de Madrid que da título al libro. Perdida la primera casa, así como la unidad familiar, solo queda vivir, como dice otro poema, con una «biblioteca de doble fila»; una biblioteca, de hecho, aparcada en doble fila en cualquier casa de alquiler «llena de cajas / que a veces no se vacían» (29).
Como adelantábamos, la economía capitalista es inherentemente hostil a la asignación de un valor experiencial a las cosas. Así lo deja ver Arroyo en «Renault laguna verde», donde el gran peso simbólico que el coche tiene para su experiencia y su construcción subjetiva, se anula en un ridículo valor de intercambio:
agosto de 2003 el tercer marido de mi abuela me llevó por Cantabria en un renault laguna verde no lloré hasta unas semanas después cuando supe que mi tío Emilio se lo vendió por ochocientos a un matrimonio de Mataporquera que estaba intentando tener un hijo (45)
Igual que pasa con las casas, la experiencia es cada vez más un modelo obsoleto a medida que la posesión de cualquier objeto —sobre el que imprimir, mediante el uso, un valor experiencial— desaparece en pro de una economía basada en la inmaterialidad de los «servicios». Ahora bien, el capitalismo también desarrolló su propio excedente simbólico para suplantar la aura experiencial: la fetichización de la mercancía.
La poesía de Arroyo, en extremo inteligente y sensible a la actuación del capital en los cuerpos, describe con frecuencia los bailes metafísicos de la mercancía fetichizada. En el poema «Sugerencia para una tarta de limón» (30), el análisis es particularmente sutil: se basa en la contraposición de las tartas de un escaparate, que «no […] parecen de este mundo», con la tarta casera que un amigo regala a la protagonista. Aquellas tartas, de hecho, no son de este mundo, ya que —como explicó Marx— mientras estén en el escaparate desarrollarán una dimensión suplementaria de valor que resultará, en última instancia, inaprensible: uno no puede saborear ni digerir el valor fetichizado, solo pagar por ello, agotándolo al instante.[8] El gesto genial de la anécdota, sin embargo, se encuentra en la rapidez con que la protagonista vincula incluso la tarta casera con «alguna receta en youtube», demostrando cómo no podemos abstraernos —ni del lado de la producción ni del consumo— de los mecanismos del sistema fetichista-espectacular. Más adelante, en otro texto que continúa la serie, el mero acto de hacer scroll de recetas resulta tranquilizador (53). Recordemos la idea de Freud: para el individuo shockeado, el shock es también un consuelo, en tanto que única forma que le queda de relacionarse con el afuera.
Este valor, digamos, «positivo» que el sujeto poético extrae de los dispositivos del shock reaparece con nitidez en «Five Guys» (43). El poema trata una ruptura de pareja que, de acuerdo con la narrativa del poemario, debería tener un énfasis mucho mayor del que se le da, ocupado como está el grueso del texto en reproducir las archiconocidas marcas comerciales de la cadena: «blanco rojo blanco rojo blanco rojo / la hamburguesa favorita de Obama / blanco rojo blanco rojo blanco rojo». De nuevo, la trivialidad es engañosa: gracias a la activación de estos símbolos en su conciencia —tiene la repetición mucho de conjuro—, la protagonista es capaz de sacar fuerzas para dejarlo; y es que, al fin y al cabo: «el Five Guys es el sitio al que viene todo el mundo a romper». El poema termina con un «mapa de todos los restaurantes de Madrid» en el que el sujeto poético ha roto con alguien, invocando una constelación de elementos significantes que nos recuerda a las constelaciones de la experiencia, pero pasada por completo —como todo en nuestro mundo y en este excelente libro— por los mecanismos del consumo.
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La última poesía española, en lo que a nuevas corrientes se refiere, podría agruparse de manera bastante convincente en dos líneas: por un lado, hallamos una reivindicación de los discursos de lo fantástico, lo sagrado o lo naíf, basada en el supuesto de que crear un nuevo mito o desincrustar nuestra relación con el lenguaje supone una forma de transformar nuestra relación con el mundo; por el otro, igualmente insatisfecha con la realidad, pero más enfocada en el momento negativo de la crítica, encontramos una vuelta a los discursos reivindicativos de las poéticas comprometidas. Asimismo, notamos cómo la primera corriente monopoliza las editoriales más modernas — Ultramarinos, La Bella Varsovia, Letraversal, empezó ya en DVD…—, mientras que la segunda, menos sofisticada, encuentra acogida en las más tradicionales —Adonáis e Hiperión—. Este primer libro de Alejandra Arroyo viene a suplir algo que, a mi juicio, falta en ambas corrientes, con mayor demérito de la segunda: me refiero al análisis material de la realidad, de los mecanismos del poder y del modo, en fin, en que estos actúan a través de los sujetos. Con plena conciencia de que no hay afuera de la ideología, San Sebastián de los Reyes captura con una facilidad solo aparente todas esas cosas que, sin saberlo, todos estamos haciendo.
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[1] «Sobre algunos temas en Baudelaire», en BENJAMIN, W. (1978): Iluminaciones II, Madrid: Taurus, pp. 128 y ss.
[2] Vid. GADAMER, H. G. (1977): Verdad y método I, Salamanca: Ediciones Sígueme, pp. 101-107.
[3] «The Metaphysical Poets», en ELIOT, T. S. (1934): Selected Essays, Londres: Faber & Faber, p. 287.
[4] En BENJAMIN, W. (1973): Discursos interrumpidos I, Madrid: Taurus, pp. 167-173
[5] ARROYO, A. (2025): San Sebastián de los Reyes, Barcelona: Ultramarinos. En adelante, citamos el número de página entre paréntesis.
[6] BENJAMIN, W. (1978): op. cit., p. 131.
[7] En RILKE, R. M. (1987): Teoría poética, Madrid: Júcar, 183-188. Sobre la política de los «Poemas de objeto» de Rilke, vid. ADORNO, T. W. (2019): «On Lyric Poetry and Society», en Notes to Literature, New York: Columbia University Press, pp. 61-62.
[8] MARX, K. (1973): El capital, México: Fondo de Cultura Económica, Vol. 1, pp. 37 y ss.
