Julián David González Vera (Medellín, Colombia, 1995). Profesional en literatura de la Universidad Pontificia Bolivariana (UPB) sede Medellín. Algunos poemas suyos aparecen en la revista de poesía Otro Páramo, de Bogotá. La selección de poemas que presenta pertenece al libro Títere sin cabeza, una propuesta de poesía narrativa, incluso dramatúrgica.
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1989
Fue en el año de 1989
cuando dos hombres entraron en mi casa
y decapitaron a mi madre.
Desde entonces a mi madre
no le gusta recibir visitas en la casa.
Prefiere que no la vean en esa condición.
Los primeros días fueron complicados para ella,
a veces lloraba, pero aprendió a vivir así;
incluso se podría decir que la ha pasado bien
desde que la decapitaron;
pues con los días aprendió a mandaba el cuerpo a cocinar
mientras ella se quedaba en la cama durmiendo o viendo la telenovela; además, le ordenaba a su cuerpo limpiar la casa
o lavar las ropa acumulada,
mientras ella se quedaba en el balcón, hablando con las vecinas.
Pero cuando más acostumbrada estaba a su nueva forma de vida,
y sin darse cuenta, su cuerpo se fue cansando,
se volvió lento y renegaba cada vez que lo mandaba a cocinar
o barrer o lavar los baños…
Y así fue como una mañana no encontramos el cuerpo de mi madre.
Se había ido.
Lo que no sabía su cuerpo,
era que después de cierta distancia entre las partes,
la cabeza sufriría de ataques de demencia,
—y si crece la distancia aún más— el vínculo se perdería para siempre,
entonces el cuerpo terminará en cualquier lugar, dando vueltas en círculo.
Así pasaron dos meses sin poder encontrar el cuerpo de mi madre
hasta que una noche llamó a mi casa la policía,
pidiendo que fuéramos a la estación a reconocer el cuerpo.
Y mi madre les dijo
—tal vez en un ataque de locura o profunda lucidez—
“yo no voy a ir a ninguna parte a que me devuelvan nada,
porque a ese cuerpo yo ya le hice el luto”
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Vecinos
Tras las paredes los vecinos
tienen pegadas las orejas
porque quieren oír del enfermo
los berridos
porque quieren saber si la niña llora
o si se ríe la niña cuando duerme.
Los vecinos tienen pegas las orejas al muro nuestro que les toca a ellos.
Por no aguantármelos me bien a vivir al monte: me cansé
de escucharlos tragar todo el día su pan con gusanos
y de que hablaran entre ellos a susurros como si se dedicaran
a besar serpientes
con sus viperinas lenguas.
Porqué dije muros, porqué dije paredes
si debí llamarlas telas
sábanas debí decir.
Sí, delgadas, templadas sábanas blancas que traslucen los morbosos ojos,
trapos apenas donde se abultan las orejas
de nuestros vecinos.
Si les escupieras a esos muros
tendrían que sentir vergüenza los vecinos
de que el escupitajo les chínglete la cara;
pero esos chismosos, esos inescrupulosos
esos doble cara
esos cizañeros hijueputas
qué van a sentir cualquier vergüenza
si muchas veces en vez de poner el oído
quisieran meter la lengua.
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Ritual del ciego
Presiento que pronto no me servirán para ver los ojos
y por eso me preparo para volverme ciego
Debo estar listo para cuando llegue el día:
Comienzo por tropezarme voluntariamente con las cosas
y antes de salir de la casa, paso rauda la mano encima de los fogones
y reviso con los dedos, las puntas de los grifos para saber que no gotean,
desconecto los enchufes de los televisores para saber que quedan apagados y no en silencio. Tranco puertas y ventanas con doble picaporte, porque desde que me vengo preparando y no abro los ojos nunca, me siento indefenso. Y me pregunto, si ya estaré ciego o me sigo haciendo?
pero no me rindo y en la mañana me calo la ropa desperfectamente: los botones de la camisa los encajo en un ojal más arriba o más abajo, dependiendo del genio, pero siempre asimétrico;
y me dejo abajo el cierre del pantalón;
el suéter me lo pongo al revés, ya sea volteado, o con la marquilla expuesta;
uso nonas las medias y amarro a punto de soltarse los cordones
de mis zapatos. Esto de ser ciego tiene su misterio.
Y no es tan fácil como simplemente quedarse ciego,
ser ciego tiene su protocolo, tiene su criterio.
Pero no me quiero rendir en mi intento:
y por eso arrastro los pies, para saber si hay escaleras o huecos,
y me huelo la mano cada vez que saludo con ella a una muchacha
y poco a poco comienzo a distinguir cuándo la gente tiene hambre
con sentirles el aliento, y ya sé el peso de las monedas y la textura exacta de los billetes; todo esto es la ardua tarea de quedarse ciego.
Para más, sepan que comencé a hablar con las gentes mirando al cielo; entonces mi hermana me dijo: “¡ay! Qué bueno sería si en verdad fueras ciego; hermanito, porque es la primera vez que siento que me escuchas, y te siento a todo lo que digo tan atento”
Luego de eso comencé a entender las cosas por sus texturas y mi mujer después de terminado el sexo me tomó las manos y me dijo: “¡Qué suaves las tienes! Qué bueno sería que en verdad te quedaras ciego, Amor mío, porque te siento tan curioso, tan lúbrico, tan deseoso y así, tú ciego como estás ahora, me siento tan tranquila, tan libre y a la vez tan deseada.”
Era cada día más difícil y más fácil llevar mi nueva vida de ciego: me explico, antes me desesperaba y quería abrir los ojos y me sentía angustiado, pero con el paso de los días aprendí a calmarme, aun así, cada día me doy cuenta lo mucho que me falta por aprender para ser un ciego de verdad.
Me falta, por ejemplo, un gran paso: para ser un ciego de verdad, se debe confundir la amabilidad con la lástima; y los ciegos debemos resistirnos, incluso hasta resentirnos con eso, para ser verdaderos ciegos; porque nosotros somos autosuficientes y no debemos permitir que nadie crea que puede venir a ayudarnos, simplemente porque uno en ciego. En las calles muchas gentes querían ayudarme justo cuando yo no las necesitaba, se acercaban a mí para hacer conmigo su obra de caridad; no, eso no lo podemos permitir. Debemos seguir confundiendo la amistad con la lástima y el amor con la lástima, porque ¿quién, en verdad, puede querer a un ciego?
Con ese pensamiento fui donde mi madre a declamar mi rabia, y ella me calmó diciéndome que era normal que sintiera todo eso, que eran sentimientos que no se irán nunca, pero que debía aprender a llevarlos para no convertirme en un indeseable y que eso era peor que estar ciego.
Además, con el tema de lo indeseable me dijo: “hijo, ojalá hubieras nacido ciego —y yo la escuchaba llorar— ¿qué mal hicimos tu padre y yo? Mírate ahora que te finges ciego, lo agradable que te ves. Porque cuando tenías esa mirada tuya, tu hermana no era capaz de mirarte a los ojos sin sentirte rabia; y tu esposa, que cuando la mirabas se sentía intimidada adentro de tu casa; y en la calle se sentía menospreciada por la lascivia podrida con que mirabas a otras.
Hijo, deberías hablar con los médicos y preguntar, nada se pierde con preguntar, a ver si hay manera de que te quedes ciego de una vez.”
Me fui de la casa de mis padres muy pensativo. Sé que me estoy preparando para quedarme ciego, aunque pienso que toda preparación es inútil.
¿Acaso servirán de algo las horas que pasamos pensando en la muerte, para ese momento, cuando estemos frente a frente y solo nos quede resignarnos?
Aun así, me preparo para volverme ciego, tal vez eso sea lo que necesitaba, desde hace tanto tiempo.
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