Tres poemas de Marcos Quirós (Costa Rica)

Marcos Quirós nace el 6 de octubre de 1997 en la provincia de Cartago, Costa Rica. Se inicia en la literatura al entrar en la universidad, donde toma cursos de carreras en ciencias sociales. Empieza a asistir a talleres literarios en el año 2017. En 2024 publica su primer poemario, Una manera de arder (Editorial Poiesis), en Costa Rica, y en 2025, su segunda obra, La mala fortuna (Valparaíso Ediciones), en España. También publicó los Poemas a la madre en el espacio virtual Santa Rabia Poetry.

Los íntimos sucesos

Yo deseé a una muchacha
en la noche de los bálsamos.
Y ella, seducida, recostó sobre mi pecho
la longitud de su ser adorado.

Lentamente posé mi boca sobre su cuello,
como buscando ingerir algo invisible.

Finalmente escribí
—oh ingenuo copista—
con tinta roja
los íntimos sucesos de esa noche.

Vos sos como un vampiro
me dijo aquel maestro

leyendo mis palabras.

La memoria me mentía
diciendo
que no era tinta lo usado
sino sangre impoluta.

Años después supe
por el folclor eslavo
que nosotros
los hijos ilegítimos
volvemos una vez muertos
para extraer el alma de los vivos.

Deseé ser

He aprendido a caminar descalzo
sobre la grava,
sobre tizones encendidos,
sobre el carbón, oscureciendo
la planta de mis pies.
He aprendido a caminar
sobre cualquier cosa
que pareciera doler o decir:
sí, vivir ha sido todo un ritual,
una prueba de fuego.

He deambulado eternamente en mis pocos años
por bosques llenos de espesura
donde asoman cabezas extrañas y sin rostro:
es el mundo, me digo. Esto es el mundo.
Ajenos e invisibles unos de otros,
eso somos, en eso andamos.

Pienso en el cielo, en la inmensidad de la estratosfera.
Madre siempre quiso ser un ave, recuerdo.
Siempre quiso volar. En realidad
creo que deseaba ser libre
de su circunstancia, dolorosa y acuciante.
Esto es propio de mí: interpretar las cosas.
Soy un Hércules de la interpretación.
(Si doy o no en la diana,
eso es harina de otro costal).
Leo los deseos, ejercito una mancia
nueva y eterna. Leo los actos, los gestos.
Hubiera sido un buen psicoanalista,
nunca se sabe. Nunca se sabe.
Esto lo confirmo cada día más.

Lo palpo como arena entre la yema
de mis dedos. Nunca se sabe.
El saber tiene una ligera

fragancia a posesión. Palito santo
dueño del olor desprendido.
Pero ¿se tiene, se posee algo realmente?
¿Qué se sabe? A ver: piensen.
¿No dice la ciencia que la verdad
está esperando su réplica,
su contestación, ser reemplazada?
Lo que pensamos ayer:
¿no es distinto de lo que pensamos hoy?
(Ya huelo a intelectual yo, mal hábito.
Si hay algo que no soy, es eso).
Yo no pienso, mi reino es el reino del sentir
cuando compruebo que pensar
es dar vueltas sobre sí mismo
—tal una esfera demoníaca—.

Ahora siento la lluvia caer.
Cae la lluvia inclemente.
(Vaya lugar común: cae la lluvia inclemente).
Es temporada de lluvias en el trópico.
Y hay destellos de rayos que se cuelan
por las pocas ventanas de la casa familiar.
Casa de la cual quise huir.
Lugar del cual deseé no salir nunca.
Testigo de mis paradojas pues,
de mis alumbramientos.
Testigo de cómo mis deseos contradictorios
me jalan de los brazos,
hasta hacer de mí
dos mitades esplendorosas.
Como deseé ser otro, señor.
Como deseé ser.

¿Un enfermo, un nini?

Tengo 28 años recién cumplidos.
Creo que soy una tortuga.
Creo que el tiempo es una liebre.
Debería estar creando un capital
para tener derecho a una vejez ociosa.
Contribuyendo, como todos, al inestable
sistema de pensiones del seguro social.
Optando por una pensión complementaria
en algún banco privado y de renombre.
Debería, por lo menos, estar ahorrando.
Pero estoy cansado: nací cansado, creo.
Puedo imaginar cómo escapa la vida de mí.
Cómo se gasta segundo a segundo.
Y yo no tengo un trabajo, un oficio, algo
que me permita subsistir independiente
(lo único que creo tener es un deseo
extraño y renovado por cultivar mi curiosidad).

Mis deseos por detenerlo todo son ávidos.
Mis deseos por congelar el tiempo,
por guindar a esa liebre de las patas
son viscerales, casi infantiles pues.
¿Cuál es la carrera? ¿A dónde he de llegar?
Los veranos están contados señores.
Venimos con un número determinado
de amaneceres, que solo un dios secreto
oculto en la sangre, conoce. Pero él es mudo.
Alguien debió honrar a este dios
—por lo demás omnisciente—
esculpiéndole un pañuelo en la boca
semiabierta, oscura y terrible, amordazado.
Dios que es puro ojo para ver el futuro
pero que no dice ni una sola palabra: nada.
Guarda un silencio sepulcral de lo que nos espera.
Un dios secuestrado por su propia lucidez.

He aquí un trauma: saber demasiado
y no poder decir nada. O hacerlo
y ser completamente incomprendido
(que es básicamente lo mismo).