José Bueno Villafañe. Nacido en Asunción, en un paradójico 1.º de mayo de 1987. Abogado, consultor y exfuncionario, su relación con la literatura viene de la infancia, en los momentos en que sus padres le leían cuentos para que durmiera y así dejase de molestar. Escribió en un periódico digital —El Independiente, publicación universitaria— y en la revista Y —publicación digital sobre literatura—, donde funge de subeditor y reseñista. Publicó ficciones en los libros digitales @normal: relatos de la pandemia, de Brasil, en el año 2019; Brevestiario: minirrelatos, de Chile, en el año 2020; y en formato impreso en Claroscuro: cuentos y ensayos sobre la transición a la democracia, de Paraguay, en el año 2025. Fue jurado del concurso de cuentos “Surgente” de la cooperativa Coopeduc de Villarrica, Paraguay. Vive en Asunción, todavía.
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Tríptico de abnegación
El amor de ellos se extendería por toda su vida, aun cuando no hubiese reciprocidad. Por ello es que, desde que nací, fui expulsado del Paraíso.
1. Buena crianza
Su prima de Encarnación la invitó a su casamiento. No tuvo con quién dejar a su hijo de seis años, entonces fue con él. Arribaron una hora antes a la terminal de buses. Mientras compraba el boleto, algo para comer y husmeaba entre los libros y las revistas, el hijo estaba atento y, cada tanto, le estiraba el brazo para hacerle preguntas ¿Mamá, por qué hay tanta gente? ¿Mamá, por qué aquel señor está en el suelo, acostado sobre un cartón, como en una cama? ¿Mamá, por qué ese nene tiene los ojos rojos y me mira así? ¿Mamá, dónde está el baño? ¡Quiero ir! Ella intentaba contestar en orden y sin condescendencia, pero no podía. Estaba muy alerta porque estaba muy sola. Recién sintió alivio cuando subieron al bus y se sentaron.
Como el viaje fue de noche y cenaron bien, durmieron todo el camino. Despertaron con el aviso del chofer. Cuando bajaron, sintieron el frío de la mañana. Una bruma espesa se apartaba de ellos, así como de la luz que, muy lentamente, aparecía en el horizonte. Ella leyó la dirección que su prima le había dado, se acercó a un taxi y, con el hijo, guardaron las maletas. En cinco minutos llegaron al destino final.
Vestía de negro con leve escote; exhibía parte de su espalda. Se peinó después de mucho y usó los pendientes que había guardado para ocasiones especiales. Los zapatos eran de taco bajo, negros y elegantes. Un único detalle no pudo prever: era imposible que dejase los anteojos. Le ofrecieron lentes de contacto, pero ella quería beber y bailar, así que no estaba segura. El hijo estaba precioso: peinado taza, cachetes rojos, corbata azul a tono con los ojos y un trajecito gris oscuro. Eran los capitalinos. No podían verse mal.
Después de la cena y el vals, ella y la prima bailaron. El DJ puso canciones de los setenta y ochenta: sus favoritas. Se sabía todos los pasos y la recién casada también. Ellas y la alegría de la tía/madre fueron las protagonistas. Cuando quiso traer al hijo a la pista, éste se negó. “Nunca te ví así, mamá”, dijo, asustado. Ella hizo un intento más y él inició un puchero. Quiso sentarse con él, pero otra tía los vio, se acercó y dijo “andá, divertite, que yo me quedo a cuidarle a este aburridito”.
Bus de retorno. Apenas subieron y se acomodaron, el hijo durmió. Ella lo abrazó, acomodó los cabellos con una caricia y le dio un beso de buenas noches. Mientras contemplaba el paisaje pensó que, ya en casa, debía enseñarle a bailar.
2. Caramelos y licores
Fría era la mañana, como el metal de la cadena y el portón de chapa del negocio. Sacó el candado y abrió puntual a las siete. Varios buses pasaban media cuadra más abajo donde se alzaba el Hotel Guaraní. Los rayos del sol encontraban su camino entre los vidrios, el hormigón y el cemento. Aquel iba a ser un día cálido, un poco más agradable que los demás.
Los primeros en llegar fueron los funcionarios de rango más bajo. Compraban cigarrillos, pan, jamón y queso; algunos se sentaban a beber una botella de coca-cola. Él encendía la radio y sonaban polcas, guaranias y se comentaban las noticias de la jornada. Alguno de esos clientes, muy de vez en cuando, hablaba con él. Nunca decían mucho. No tenían qué decir ni cómo hacerlo.
Llegó el turno de los escolares y sus padres. Era uno de los mejores momentos del día. Ofrecía a los niños jugos y caramelos, mientras los padres se entretenían escogiendo licores para ocasiones especiales. Sin embargo, acababan decidiéndose por los dulces y las gaseosas; el pan y el chocolate. Él no perdía cuidado en recordarles que, si guardaban las tapas de las botellas de gaseosa y reunían cierta cantidad, podrían canjearlas por un auto diminuto. Había seis modelos de diversos colores.
A las nueve, aparecía el cuñado. Era un hombrón lento, malhablado y ebrio; lo opuesto a él. La esposa lo enviaba para espiarlo y de paso sacárselo de encima. Lo saludaba con un fuerte apretón de manos, buscaba una silla y se tomaba un litro de coca-cola, mientras fumaba y escuchaba las noticias. Ella le decía a él que estaba deprimido, que había que entenderle. Él no podía entenderlo: trabajó demasiado, nunca tuvo tiempo para deprimirse. Además, sabía encontrar la alegría en lo pequeño y efímero. Sí. En lo pequeño y efímero.
El nieto llegaba al mediodía, dando saltos y haciendo barullo. Él lo levantaba por los aires, lo abrazaba y llenaba de besos, mientras el niño aterrizaba en el mostrador para jugar a las balitas. Si el nieto ganaba, lo que ocurría siempre, además de caramelos se llevaba otra cosa: autitos de colores, bolitas traslúcidas o figuritas de animales, soldados e indios. Entre las doce y la una todo era risas y alegría. En ese periodo salían los escolares que se llenaban de almíbar, sonrisas y gomas de mascar.
A la tarde iban los hombres de traje. Peinados, perfumados; vestían sacos italianos, corbatas de seda, ataja-corbatas, gemelos y botas bajas. Apenas le saludaban. Hacían largas consultas sobre los precios del whisky, el vino, el ron y la ginebra. Luego, los comparaban con otros lugares – siempre más baratos – narraban alguno de sus viajes a Estados Unidos o Europa – de dónde venían las bebidas originalmente – y, al final, elegían una o dos cajas pagaderas a cuotas. Los fulanos siempre honramos nuestras deudas, decían cada vez que dejaban un diez por ciento del valor total. A veces enviaban a sus ordenanzas, quienes iban balbuceando pretextos. Los hombres de traje aparecían meses después, como si nada hubiera pasado.
Anochecía. Era el momento de hacer las sumas y las restas. Contaba el dinero y lo volvía a contar, se rascaba la barbilla y hacía muecas de disgusto. Anticipaba discusiones en la cena. Guardaba algunas monedas en el bolsillo del pantalón para comer un sándwich o una empanada. Bajaba el portón con la cadena, salía por la pequeña entrada y la cerraba colocando el candado. Silbando en la oscuridad, caminaba media cuadra para esperar frente al hotel Guaraní, al lado de un puestito de minutas, el bus que lo llevaría a casa.
3. Abnegación
Eran las nueve de la mañana cuando ella salió a la calle para ver llegar a su nieto. Le avisó con un día de anticipación, por lo que debió levantarse más temprano y hacer una larga cola fuera del supermercado. Compró café, pan, manteca y dulce de leche para el desayuno; carne de primera, galleta molida, harina, ajo y limón para las milanesas. Ya contaba con arroz, queso y leche en el almacén. Nada de eso le apetecía mucho, pero sabía que a él le encantaba comer así.
Se saludaron con besos y abrazos. Aun adolescente, él era más alto que ella, quien no poseía baja estatura. Lo vio a los ojos mientras tomaba sus cachetes y sonrió: esa mirada hermosa tenía algo de ella, algo de su sangre, vida y trabajo. Mi nieto, dijo en voz baja, como para que él también escuchase y sonriera.
Fueron hasta la cocina. Él se sentó y empezó a hablar; ella abría con agilidad los compartimentos del almacén para sacar tazas, cubiertos, vasos, además de los potes de café y azúcar. El pan estaba sobre la mesa; él tomó uno tibio, lo partió a la mitad y devoró, sin dejar de contar lo que le pasaba y sentía. Ella batía el café, luego derramó el agua caliente con delicadeza. Le salió espumoso, perfecto.
―Hace poco leí a un poeta que escribió sus memorias y cómo, en un momento de su vida, fue adicto al café batido ¡Y cómo no!
Ella sonrió con él, aunque no entendiera la referencia. Verle sonreír le bastaba. Escucharle hablar de sus amores no correspondidos, planes, ideas y conflictos le bastaba. No pudo evitar, sin embargo, pensar en qué momento preguntaría por ella ¿Cómo se sentía, después de lo del abuelo? ¿Necesitaba alguna ayuda?
―¿Y vos cómo estás, abuela?
―Bien nomás, mi hijo.
Recogió los platos y las tazas, limpió la mesa y sacó los cubiertos para cocinar. Tabla, cuchillo y martillo; manteca y bandeja; ajo, crema y limón. Los golpes a la carne llamaron al silencio. Él se levantó y paseó en el patio; acarició al perro y dio de comer a la tortuga. Tomó unas fotos de flores, árboles y pájaros. Volvió cuando las milanesas se horneaban, la gaseosa fresca estaba servida y ella preparaba el arroz quesú que tanto le gustaba, “el mejor del mundo”.
Almorzaron en relativo silencio. Él decía que todo estaba rico, que ni en el colegio, ni en su casa, ni en ningún lugar comía así. Ella se ruborizó y dijo gracias. Antes de levantar la mesa, fue a buscar el helado que había comprado hace un tiempo y que compartió con su hijo, con quien tenía una rutina similar. El nieto devoró dos potes de helado. Agradeció y se disculpó; dijo que dormiría la siesta. Ella le ofreció un catre plegable, el mismo que usaba desde niño. Encendió el ventilador y lo dejó allí, solo, abrigado del calor.
Mientras lavaba, pensó en lo sola que se sentía… Pero se rectificó velozmente: mientras tuviera fuerzas cuidaría al nieto y al hijo, como lo hizo hasta el final con el padre, su marido.
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