Tubo desinflado, por María Fernanda Bolaños Salcedo (Colombia)

María Fernanda Bolaños Salcedo (Cartagena de Indias, 2003). En estos momentos, soy estudiante de quinto semestre de Estudios Literarios en la Universidad Javeriana. Antes de ingresar a la universidad, participé en un concurso de cuentos organizado por la Fundación Mapfre y fui ganadora a nivel nacional con mi cuento “Un acto de amor”. Además, en junio de 2025 se publicó la antología poética Entramado en la que participé con cinco poemas. En ellos exploró el tema de las amistades disueltas: aquellas que ya no están, pero que todavía duelen. Fue un proyecto gestado desde la amistad y tejido junto a personas maravillosas que hicieron de esta publicación un puente de afectos. Actualmente, forma parte del equipo de coordinación de El Higuerón, una revista creada por estudiantes de la Facultad de Ciencias Sociales.

Tubo desinflado

“¿Sufres de inflamación crónica del colon? Este video es para ti”.  No me queda más que dejar mi tubo de 1,8 metros en manos de un  extraño en TikTok que me promete hacerme cagar en menos de 3 pasos.

Antebrazos en la rodilla, piernas flotando y una oración a un santo para que en un ángulo de 35° salga mi mierda. Suena la alarma, han pasado más de 10 minutos y la mierda dura sigue en mi colon ascendente, lo siento palpitar y apretar la parte baja de mi abdomen. Me quedo en la taza, armo una carpa de calzones y toallas mojadas esperando a que el milagro acontezca. Mientras, me dedico a la pedagogía de estudiar mi trastorno inflamatorio a través de comentarios de internet que comienzan con “yo no soy médico, pero tengo lo mismo que tú”. “El agua me inflama”. “El doctor me ha prohibido consumir refresco, huevo, leche, café, alcohol, lechuga, tomate y mierda salada porque el sodio me afecta la microbiota”. “¿Es normal defecar heces con sangre?”. Repito sangre en mi cabeza de nuevo y siento cómo se me baja el mundo en el estómago; un vacío de jugos gástricos se desborda en mi esófago. No siento náuseas ni contracciones, pero sí la sensación de que algo sube y baja por todo mi cuerpo. No soy persona entre estas cuatro paredes. No soy nieta, ni hija, ni estudiante. Solo cerebrointestino. Digiero una masa de pensamientos sobre mi temprana muerte, y el estruendo de mis gases acumulados confirma el augurio. El esfínter se relaja; la señal nerviosa de mi pánico ha sido enviada con éxito. Mi última comida de hace cinco horas comienza a moverse; lloro; pido nacer de nuevo con un colon eficiente. La agonía no termina, sube hacia arriba y hacia los lados hasta llegar al ano. Plop. El agua se torna rosácea.

Lo sabía: moriré y todo por culpa de las dos cucharadas de arroz. Le tengo miedo a la comida; nunca pienso en su sabor u olor, sino en el dolor futuro de la obligación de comer para no morir. Recuerdo las palabras del décimo doctor que visité: “Si no te cuidas con la boca, es probable que en 10 años desarrolles cáncer de colon. Sí, doctor, yo y 2.291 personas más en Colombia. Estamos jodidos. Todos los días salen noticias nuevas de productos cancerígenos tipo 1. Mientras escribo, leo que la OMS anunció que el consumo frecuente de embutidos daña la mucosa intestinal. A la mierda lo que se ve, pero también lo que no se ve en las etiquetas, he pasado dos décadas consumiendo nitritos y conservantes. ¿Qué puedo hacer? El daño hecho está. Maldigo a la tienda de mi barrio, al Oxxo, al Estado colombiano, al sistema capitalista, a EE. UU.; maldigo al mundo por hacer de mi colon un órgano siempre a medio vivir.