Un poema de Vicky Rocío Moscote Almazo (Colombia)

Vicky Rocío Moscote Almazo (Colombia, 1965). Radicada en Madrid, España. Administradora de Empresas y Contadora Pública egresada de la Universidad de La Guajira. Compositora, escritora, pintora y soñadora de tiempo completo. Lectora asidua de libros de superación personal, desarrollo mental y desarrollo financiero, me gusta explorar las páginas de todo libro que tenga el poder de cambiar la percepción del mundo. Mi mente es mi mejor aliada; ella me ha llevado hasta donde estoy y me va a llevar a donde quiero.

El día que el cielo bajó a despedirte

Hoy es tu sepelio, papá,
y el mundo amaneció torcido,
como si alguien hubiera tomado el cielo
y lo hubiera doblado por la mitad
para que no pudiéramos ver demasiado lejos.

Camino detrás de tu ataúd
y el suelo parece inclinarse,
cansado, triste, derrotado,
como si también él supiera
que está cargando a un gigante
que ya no respira.

Más de 500 personas que te acompañan
inclinan la frente,
guardando un minuto de silencio.
Incluso el viento—
ese viento que tantas veces jugó con tu risa—
hoy camina despacio,
sin ganas de mover las hojas.

Mi madre va a mi lado, mis hermanos al otro
pero sus sombras van atrás,
cargando algo que no podemos sostener:
el eco de tus pasos.
Juro que por un instante
vi tu figura caminar a nuestro costado,
igual de alta, igual de digna,
pero hecha de un polvo luminoso
que sólo el alma reconoce.

El cementerio nos espera
como una boca de piedra.
Y yo, tu hija,
trato de convencerme
de que seguimos en la tierra
y no en este territorio extraño
donde los vivos y los muertos
comparten el mismo silencio.

Cuando el ataúd baja,
algo en el aire se abre,
como si una grieta invisible
conectara este mundo con otro.
Y yo siento —no pienso, siento—
que tu alma se inclina hacia mí
por última vez,
como un padre que se agacha
para decir algo que no debe perderse.

Las flores que arrojamos
no caen:
flotan un instante sobre tu caja
como si quisieran atrasar
el descenso.
Como si la belleza misma
se negara a despedirte.

No entiendo la gravedad hoy.
No entiendo el tiempo.
No entiendo por qué la tierra
te reclama tan pronto.
Pero ahí estás, papá,
viajando hacia abajo
para ascender por otra parte
que yo todavía no puedo ver.

Cuando la primera palada de tierra cae,
todos la escuchan como un golpe.
Yo no.
Yo escucho un latido,
un ruido antiguo,
como si el universo hiciera una nota grave
para recibirte.

Cierro los ojos
y el mundo se vuelve líquido.
La realidad se dobla,
se curva,
se resquebraja.
Y de pronto estás frente a mí,
pero no como hombre,
sino como algo más:
una luz alta,
una chispa inmensa,
una presencia que no pesa
pero arde.

Hoy te entierro, sí.
Pero mientras todos lloran tu ausencia,
yo siento —sólo yo—
que algo tuyo asciende,
que sube por dentro de mi pecho,
que se queda habitando mi costilla izquierda
como si allí hubiera encontrado
su nuevo hogar.

Y cuando abro los ojos,
tu tumba está cerrada,
la tierra está quieta,
el mundo sigue girando.
Pero yo sé la verdad:

Tú no te fuiste del todo.
Sólo cambiaste de forma.

Eso es lo que duele.
Eso es lo que salva.

Eso es lo que me queda.