Tangled up in blue, por Irianna Chávez

509 copia

Conrad Roset

 

I

Una gotera se escucha en la casa. Marcelo está recostado y la alteración recorre su cuello. “¿Acaso hay una gotera?”, se pregunta. No es temporada de lluvias. Hace mucho calor y el sol que entra por la ventana cala como pequeñas agujas hirviendo. Marcelo cree reconocerse en una de ellas, justo cuando una clava en su espalda. Marcelo se imagina que es una uña la que lo traspasa, y ésa uña es un amor fracturado. Marcelo hace días que no ha podido dormir, el insomnio ha llegado a instalarse en los sillones de la sala, en los posters pegados de las paredes; incluso en cada artículo inacabado de la computadora. Marcelo se levanta y se dirige al baño, al parecer ahí el sonido de la gotera se escucha más fuerte. Conforme camina a lo largo del pasillo el sonido se desvanece. El espejo del baño está más impecable que nunca, hacia donde Marcelo se inclina para cepillarse la barba con los dedos, la cual aún sigue desaliñada después de haber dado vueltas en la cama toda la noche. La gotera se vuelve a escuchar y Marcelo se estremece. Su silueta en el espejo se mira borrosa, hasta cierto punto como si una onda se propagara a lo largo del cristal, como cuando era niño y arrojaba piedras al río. Va el estremecimiento de nuevo. Abre el grifo, el agua corre y se moja la cara. El sonido se apaga de repente. La nitidez en el espejo regresa y con ella su barba a medio arreglar. Marcelo crea en su cabeza un mundo blanquísimo, y en ése mundo orbita una sola idea. Marcelo piensa que el amor es un detalle imposible más allá de la gravedad del mundo. El amor es definido como un detalle minúsculo y punzante por el simple hecho de pertenecer a una parte del cielo: Un cielo roto, pedazos de emoción que se condensan en la blancura del firmamento; tan sombríos que es imposible pintar sobre ellos. A Marcelo le frustra aquello inasible en las manos.

Y a pesar de todo, a Marcelo no deja de apasionarle el misterio de lo que es inmenso. Marcelo se palpa una vez más la barba y un ímpetu dentro de él le hace mirarse frente a frente al espejo, de tal forma que reconozca lo que está del otro lado (tan claro, tan cercano; y a la vez tan nebuloso, tan distante). Marcelo escucha una vez más la insistencia de la gotera en alguna parte del techo. La gotera suena a algo que está más allá de los sentidos; de pronto el roce de la gota con el suelo retumba muy por afuera de él. Marcelo piensa, muy adentro de sí mismo, que es el cansancio de no dormir, que es la resaca.

“Hace un calor infernal. Las goteras viven en mí”, se dice Marcelo mirándose al espejo.

II

Hace días que Lizeth ha intentado escribir, piensa que la poesía es más fácil que la prosa; al menos en la poesía uno puede plasmar imágenes fuera del orden común, siempre y cuando se cumpla con el sentido estricto de la belleza; en la prosa, piensa Lizeth, es más difícil condensar una emoción con palabras que se articulen en una trama que, pocas veces, suele armar de cabo a cabo; y sobre todo si hablamos del cuento y su redondez que ha de ser perfecta. Lizeth intenta escribir sobre un personaje masculino, y a pesar de que aún no se decide por el nombre, el talle de su hombre invisible se acomoda con la idea de la demencia. “Él es, sin duda, un loco enamorado. O un enamorado loco.”, piensa Lizeth, indecisa. Comienza por acomodar ornamentos en el interior del departamento de su personaje. Coloca una maceta de orquídeas azules porque a su personaje le gusta ése color desde que leyó el tan conocido poema de Charles Bukowski:

“There’s a bluebird in my heart that
wants to get out
but I’m too tough for him…

…Then I put him back,
but he’s singing a little
in there, I haven’t quite let him
die.”

El personaje decidió comprar una maceta de orquídeas el día que él salió con su mejor amigo, después de haber cortado con su novia. Ese día, desde las cuatro de la tarde hasta las cinco del día siguiente, estuvieron bebiendo él y su amigo en el bar “Casa azul Hostel”. El personaje le decía a su amigo que un anciano vivía dentro de él y la única forma de liberarse de aquel yugo era a través del amor. “Mas o amor é uma bosta”, dijo el personaje riendo efusivamente, después de dar un largo trago a su cerveza. Hubo un minuto de silencio mientras que al fondo del bar se escuchaba “Tangled up in blue” de Bob Dylan. Entonces el personaje se palpó las venas hinchadas de su mano derecha, las cuales oscilaban entre un color verde o azul, imaginándose que dentro de él la sangre fluía de una forma accidentada, donde desde un ramal se bifurcaran dos ríos distintos, pero él, finalmente, decidía seguir la dirección del río que conducía a la avenida Ipiranga donde había vivido su infancia. Mientras tanto, al fondo del bar se escuchaba: “We’ll meet again someday on the avenue”. Tangled up in blue.”

Lizeth decidió hacer que en ésa madrugada, después de que su loco personaje saliera del bar abrazado de su mejor amigo, lloviera mucho, hasta tal grado de que llegara empapado a su departamento. Como recién se había mudado a aquel lugar, el dueño que se lo rentaba le comentó que había que hacer unas mejoras en el techo e impermeabilizar. Ésa noche su loco personaje no pudo dormir, mientras que a lo lejos se escuchaba la insistencia de una gotera golpear el piso del baño.

III

Marcelo logró conciliar el sueño. No recuerda a qué hora se quedó dormido, tal vez un poco después o un poco antes del mediodía. Estando dormido, Marcelo se acercó detenidamente hasta el ventanal y se vio a sí mismo en una ciudad donde el cielo no era azul, sino completamente blanco, las nubes se habían dilatado de tal forma que habían consumido todo el azul posible; abajo, en medio de las calles, había montones de ríos fluyendo con violencia. Mientras que en su sueño una llovía descendía con fuerza, Marcelo se percató de que la maceta rebosaba de agua y, dentro de ella, las orquídeas flotando fuera de la tierra. Marcelo tomó una de ellas entre sus manos y, desde el fondo del pasillo, se escuchó una música lejana: “All the people we used to know. They’re an illusion to me now.” Marcelo instantáneamente reconoció la voz de Dylan. La palabra ilusión se quedó vibrando en su cabeza, mientras la orquídea se reducía a cenizas color azul en su mano tensa. Marcelo, dirigiéndose hasta el baño, observó una gotera que caía con cierto ritmo contra el piso, iba y se estrellaba con tal gracia que le provocaba sentir mariposas en el estómago; y de nuevo, muy al fondo, la música: “Rain falling on my shoes. Heading out for the East Coast. Lord knows I’ve paid some dues getting through.Tangled up in blue.”

Marcelo, aún extasiado por la música, vio cómo sus pies se manchaban con un azul escandaloso y que las gotas se hacían cada vez más grandes. El nerviosismo de Marcelo llegó a tal grado que comenzó a darse cachetadas para ver si lograba despertar, pero nada pasó. Una vez que las gotas invadieron la casa, un moho azul comenzó a crecer impetuosamente alrededor de las paredes, mientras Dylan continuaba cantado: “We always did feel the same. We just saw it from a different point of view. Tangled up in Blue.”

En eso, Marcelo se despertó sudando mucho, y al momento de limpiarse el sudor de la frente, se dirigió al baño donde una mancha azul invadía el piso. Marcelo, mirándose al espejo, se dijo: “Soy una ilusión”.

=

Irianna Lizeth Chávez Esparza nació el 25 de mayo de 1987 en Chihuahua, Chihuahua, México. Egresó en el 2010 del Instituto Tecnológico de Chihuahua en la carrera de ingeniería industrial, pero siempre quiso estudiar letras españolas. Concluyó la maestría en Humanidades en la Facultad de Filosofía y Letras de la UACH, este año. Ha colaborado en varias revistas (Ombligo, Playground magazine, Radiador y Arihuá); asimismo, forma parte de la Selección de Poetas: Tenían veinte años y estaban locos, de la poeta española Luna Miguel. De igual forma, obtuvo la beca literaria, en la categoría de poesía, para asistir al Festival INTERFAZ ISSSTE-Cultura. Monterrey, NL; octubre, 2014.

Le apasiona el campo de la docencia, la investigación y viajar.

 

 

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