Ex_ machina (2015), de Alex Garland; por Maikel Ramírez

Foto tomada de aquí

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“Eva se marchó
Solo me dejó
Con un gran dolor
Que era de los dos”
(Sentimiento muerto: Eva)

 

Entablar contacto con la otredad conlleva, además de empujarnos a escarbar hasta hacer visible el núcleo vital del otro, indagar sobre nuestra propia identidad, aquello en nosotros que nos hace únicos, suponemos, en todos los lugares y tiempos posibles. En este respecto, sobra decir que la ciencia-ficción ha hecho de la cuestión de la otredad uno de sus lugares comunes, cuya forma más radical, concedamos a buen gusto, consiste en arrojar la inteligencia humana a una crisis de la que es difícil reponerse. Dos obras literarias pueden venir en nuestra ayuda para ratificar este aserto: La guerra de los mundos, de H.G. Wells, y ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas?, de Philip K. Dick. La primera, mortificándonos desde su primer párrafo, en el que se habla de alienígenas con inteligencias más vastas que las nuestras; la segunda, con androides que parecen más humanos que los seres humanos mismos. Una rápida ojeada al título de esta última, incluso, nos asoma la posibilidad de que los androides tengan inconsciente, ese no lugar de la psique humana que, gracias a Freud, dotó de una nueva dimensión al estudio del comportamiento humano. Y es precisamente en esta dirección que se mueve la ópera prima del director Alex Garland, el filme Ex_machina.

            La acción transcurre en un futuro cercano, en el que el joven programador Caleb (Domhnall Gleeson) es escogido para visitar las paradisíacas instalaciones de Nathan (Oscar Isaac), un genio excéntrico que acaba de crear un robot humanoide al que llama Ava (Alicia Vikander) y que desea que sea interrogado por Caleb mediante una variación del test Turing. De seguido, el joven será atraído por una robot que demuestra inteligencia y, en especial, interés afectivo hacia él. Caleb descubrirá que Nathan agrede y abusa sexualmente de las mujeres robots que crea, por lo que acuerda escapar con Ava antes de que el científico le borre la memoria. A despecho de ambos hombres, Ava logrará huir, pero no sin antes asesinar a su creador y dejar a Caleb encerrado en el laboratorio-hogar-prisión.

            A juzgar por el nombre de la mujer robot protagonista y el entendido de que los científicos presumen usurpar el lugar del dios creador, leivmotiv fecundo para la ciencia-ficción, nos encontramos con una alegoría de la Creación, que nos puede conducir a interpretaciones incómodas. Fijémonos, para empezar, en que la pérdida de la virginidad y de la candidez de Ava ha sido prevista dentro del plan que meticulosamente ha diseñado Nathan. El científico, por así decirlo, es un dios perverso, cuya creación se corrompe porque él lo dispuso así. De allí que la pase bien (ilustrativo es el segmento de la absurda rutina de baile junto a su sirvienta-amante Kyoko), pues qué podría ser más estimulante que la materialización del obsceno plan que ha programado para Ava, y que, por supuesto,  involucra a Caleb. Al terminar esta última línea, recuerdo este fragmento sobre la Creación, contenido en la novela Un vampiro en Maracaibo, de Norberto José Olivar,  que puede venirnos instructivo para precisar mi argumento: “Si Dios, cuando terminó de hacer el mundo, vio que era bueno, le gustó lo que hizo, ¿por qué demonios tuvo que poner el árbol prohibido en medio del Edén?¿por qué sembrar el mal de esa manera tan burda?¿alguien en su sano juicio puede entender esa vaina?¿le gustó o no lo que hizo? Eso, a mi entender, es la primera maldad que se comete en este planeta…”

            Otra de las ideas que cabe extraer de Ex_machina es la de una subjetividad humana derivada de la interacción social. Por ejemplo, para superar el test de inteligencia, Ava debe seducir y engañar al cándido Caleb. La tesis que nos ofrece el filme de Garland es, por consiguiente, que para ser humano, y lograr ciertas metas, es menester saber manipular, convertirse en objeto del deseo del otro y, por qué no, tener una cierta dosis de violencia fundacional, como, al fin y al cabo, ha ocurrido con el nacimiento de las naciones, algo de lo cual las historias bíblicas no están exentas, como podemos verificar si repasamos, al menos someramente, una lista de crímenes que han dado paso a la civilización: Caín-Abel,  Rómulo-Remo, la conquista de América y la decapitación de Luís XVI. Con el asesinato del padre, Ava se independiza e inaugura una nueva era de la robótica, similar a lo que ocurre en el clásico Yo, robot, de Isaac Asimov, en el que se propone una mitología de la robótica con la construcción de Robbie.

            Por lo pronto, Ex_machina exhibe, con mucho, un reflejo de lo que implica ser humano. En su universo, encontramos remanentes de nuestros relatos fundacionales y una dimensión oscura que vibra en el fondo de nuestro ser. Ava nos devuelve el rostro que tratamos de suprimir. Recuerdo que hace poco tiempo, atendiendo al pedido de un amigo, intenté encontrar un texto mío en internet. El resultado, por demás desalentador, era que la búsqueda me arrojaba decenas de personas con mi mismo nombre. Reanimado por la urgencia, procedí a sumarle mi oficio a la barra del buscador, pero seguí obteniendo dobles dispersados por doquier. En cada nuevo intento, sentía una suerte de encogimiento. A mi parecer, la ópera prima de Alex Garland apunta en esa exacta dirección: muestra que incluso nuestro lado oscuro más esencial y recóndito podría dejar de ser monopolio exclusivo de nosotros los humanos.

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Maikel Ramírez. Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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