El marciano (2014), de Andy Weir; por Maikel Ramírez

El-marciano

Tras iniciarse con la interrogante de si existen formas de vidas orgánicas que subsistan pese a que no se nutran de la energía solar, el documental Alienígenas en las profundidades, del director norteamericano James Cameron, avanza para mostrarnos la tenacidad de diversos organismos en su lucha por no perecer en los recovecos del océano. El propósito de Cameron y su tripulación, constituida en mayor proporción por personal de la NASA, es experimentar una serie de acciones que podrían acometerse en Europa, una de las lunas de Júpiter, en la que, según los datos recabados, un amplio océano yace bajo su superficie congelada. En lo tocante a las formas de vida que aguantan el embate de los ambientes más adversos, la novela de ciencia ficción El marciano, del escritor norteamericano Andy Weir, es un ejemplo sobresaliente.

            Pronunciando la contundente frase: “estoy muy jodido”, el astronauta estadounidense Mark Watney empieza el recuento de sus peripecias para sobrevivir en la atmósfera yerma y rojiza del planeta Marte luego de haber sido arrastrado por una tormenta de arena y de que sus compañeros de tripulación hayan partido de regreso a la Tierra tras darlo por muerto. Acompañamos a Watney durante sus días solitarios y de trabajo duro para resistir por cuatro años, tiempo en el que una nueva misión aterrizará en el planeta. No obstante, nuevas fotografías de la superficie del planeta rojo indicarán que Watney sigue con vida, lo que pondrá a la NASA y otros institutos del mundo a trazar un plan viable para rescatar al astronauta. Así, luego de un intento fallido, se pondrá sobre la mesa una propuesta que consiste en el riesgoso regreso  de los compañeros de Watney a Marte. Su rescate será tanto más extraordinario por todas las decisiones que implicará.

            Con esta novela, Andy Weir, quien, según nos dicen, condujo una investigación exhaustiva con el fin de darle verosimilitud a su novela, tramó una historia repleta de situaciones límites que mantienen al lector expectante en todo momento. Son fascinantes las ingeniosas soluciones con las que Watney resuelve los diversos obstáculos que lo separan milimétricamente de la muerte, como cuando obtiene agua del CO2 y cuando usa su propio excremento como fertilizante para sembrar las papas que, de acuerdo a sus cálculos, deberá consumir con un absoluto rigor en virtud de las calorías que su cuerpo necesitará.

            Octavio Paz escribió en El laberinto de la soledad que los norteamericanos eran una nación optimista que: “…por más amenazador que les parezca el futuro, tiene confianza en su supervivencia”. De ser cierta esta observación, la templanza de Watney se manifiesta en un humor movilizador que nada tiene que ver con el humor estéril y de autocomplacencia de los cínicos. Fijémonos en algunos ejemplos claros: “mi ano también está haciendo lo propio por mantenerme vivo” (cuando emplea el excremento como fertilizante); “los mendigos no pueden escoger” (cuando encuentra que la única serie de TV de la que dispone en video es Tres son multitud); “si arruinar el único icono religioso que tengo me hace vulnerable a los vampiros marcianos, debo arriesgarme” (cuando necesita usar la madera de un crucifijo); “es hidrogenolandia en el módulo habitacional” (cuando se hay suficiente hidrógeno en el módulo como para estallar). De cualquier forma, optimismo aparte, el humor de Watney no socava el clima de peligro que acecha constantemente.

            Pocas naciones se estiman tanto a sí mismas como lo hace la norteamericana.  La raíz de esto data de su fundación, cuando los peregrinos europeos, urgidos a causa de las persecuciones, dominaron la naturaleza hostil en la que se encontraban, cuyo resultado visible es su condición de potencia mundial actual. Si esta es la razón, o al menos una de ellas, por la que, aunque injusto para los latinoamericanos, en lengua inglesa se designe como ‘americano’ a un estadounidense, es una consecuencia lógica que el voluntarioso Mark Watney, después de sobrevivir en el inhóspito planeta rojo, obtenga la merecida nacionalidad de marciano.

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Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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