Poesía en un tiempo sin poesía, por Miguel Chillida (Caracas, 1991)

Yelena Bryksenkova

Yelena Bryksenkova

-La poesía -dijo Eugenio- es un refugio donde guarecerse de las inclemencias de la intemperie.  

Vicente inclinó levemente la cabeza varias veces sobre el volante, afirmando y tomando el ticket que la máquina expulsaba, dándoles la bienvenida al estacionamiento y deseándoles un feliz día.

-Así es, amigo mío, y más en este tiempo extraño, en que las máquinas hablan y reciben dinero. Los poetas nos hemos ido quedando cada día más al margen.

La luz apenas se filtraba entre las columnas, iluminando débilmente el suelo rayado de blanco y amarillo. Vicente buscaba con la mirada un puesto vacío, aferrándose al volante, con calma, lento, y Eugenio apenas lo ayudaba a ver, perdido como estaba en su ensoñamiento. Pero al fin, entre los rayos del sol que se colaban por las columnas de concreto, vieron al fondo un puesto donde unas cabezas de Diente de León se movían pausadas en el aire, sobre un charco de aceite seco. Y hacia allí dirigió Vicente el carro, como aproximándose al punto de todos los encuentros fallidos, pensó Eugenio pero no lo dijo.

-Últimamente me da muchas vueltas por la cabeza eso de “ciudades sin ciudades”, Vicente, ¿sabes? Cuando veo a mi alrededor, caminando por una calle, siento que hubiera nacido en otro sitio, y que este en que vivo hoy es irreal, sólamente irrealidad.

-Tienes razón, ¿cómo va uno a agarrarse de esos inmensos edificios? Uno se siente pequeño, insignificante.

-Claro -dijo enseguida Eugenio-, porque a uno lo han vaciado de significado literalmente.

Vicente se quedó callado. El auto apagado ya no sonaba. Ningún ruido había en el estacionamiento. Y su mirada permaneció perdida en las cabezas de Diente de León que flotaban sobre el capó, iluminadas por la luz del sol. Así se quedó, sintiendo sus manos llenas de lunares posadas sobre el volante: el hueso y la carne que llenaban sus dedos redondos. Ningún pensamiento, sólo ráfagas de sensaciones por su pecho. Y apenas la casi imagen de un pueblo destruido en Europa por la guerra y un paisaje rural. Luego nada, sólo silencio: las cabezas de Diente de León movidas entre la luz por el viento de la tarde.

-Ahora son pocos estos momentos de belleza, ¿no? -le dijo Eugenio.

Vicente no respondió nada, y al rato agregó:

-Vas a ver, es muy buena la comida en ese sitio.

Ambos se bajaron del carro y caminaron por la semipenumbra del estacionamiento, entre los autos lujosos y los más destartalados. Subieron por el ascensor y llegaron a un piso del centro comercial donde había algunos restaurantes. Vicente tomó a Eugenio por la espalda, haciéndolo pasar a uno casi desapercibido, con un letrero en mandarín al frente.

-Buenas tardes -les dijo un chino en impecable español unos minutos después de sentarse en una mesa- ¿Qué desean?

-Yo quisiera un tercio -dijo Vicente.

-Y yo también -añadió Eugenio viendo al mesonero a los ojos.

Esperaron y al rato llegaron las cervezas, servidas en unos vasos fríos, cristalinos.  El líquido burbujeaba desde el fondo y llegaba al tope. Vicente se dió un trago que le mojó el labio superior y Eugenio se dió un trago. Al fondo sonaba una música oriental muy calmada, adormecedora, y en la barra bebía un hombre solitario.

-Es que a veces pienso que la poesía va acabarse después de nosotros en este mundo. Tú sabes lo que digo, no la poesía, es decir, no la esencia de la vida, pero sí la capacidad para vivirla y ponerla en palabras, Vicente, ¿sabes?

-Ya lo creo, eso se viene en el horizonte. Y ya nosotros no estaremos para verlo. Pero lo percibimos.

-Igual me preocupa: cuando dejemos nuestros huesos en la tierra ¿qué sucederá con las palabras en el país? No habrá más comunión con los objetos y seres de este otro mundo, y no habrá más palabras para tomar por asalto el paraíso perdido, la utopía. No porque muramos, sino porque los que vienen, los que están, no conocen otra cosa.

-Algo tendrá que haber, Eugenio, tranquilo -dijo Vicente sorbiendo un trago.

El hombre en la barra cerró los ojos, se tambaleó internamente. Y del baño salió un muchacho que se apostó detrás de una cerveza olvidada. Los dos poetas lo vieron sentados en la silla, conmovidos y estremecidos por la edad del joven. Quizás estaba por debajo de la permitida para beber, fuera de la legalidad, en la periferia, como ellos. Sin embargo, bebía despacio su cerveza, sin sobresaltos. Y su mirada se perdía entre el reloj y el televisor, con todo el tiempo que perder.

-¿Pero cómo va un joven a tener una experiencia poética en una ciudad como esta? -dijo Eugenio volviendo la mirada a Vicente, que a su vez puso los ojos sobre el vaso.

-No lo sé, el pueblo se ha perdido, la harina del padre se ha perdido, pero todavía queda el hombre -respondió Vicente.

-Pero ¿qué hombre? -replicó Eugenio.

-El hombre que sigue viniendo de la noche y yendo hacia ella aunque esté perdido -repuso Vicente.

-No lo sé… no lo sé…. -dijo Eugenio.

El joven sorbió lentamente un trago de cerveza. El aire acondicionado dejaba escapar una casi imperceptible bruma por el local, que se metía en los pulmones. De la cocina salía un poco de humo y los del servicio hablaban en otra lengua. Eugenio volteó hacia la ventana y afuera el sol brillaba, resplandecía sobre la calle cubierta de carros corneteando.

Al otro lado del local el mesonero volteó hacia la mesa, y haciendo una seña de ojos Vicente pidió otras dos cervezas. El mesonero las puso sobre el mantel rojo, cubierto por un paño blanco, y las sirvió. Nuevamente las burbujas subieron aceleradas hasta el tope.

-Habrá una aldea interna -dijo Vicente-, un interna aldea perdida y llena de vergüenza y de dolor, pero por fortuna o por desgracia habrá una aldea. Y si me fuerzas, un país, una patria perdida y reencontrada.

Eugenio quedó con ojos atónitos. No parecía su amigo de hace unos años, sino otro. Entre ellos corrió el viento, un viento que hablaba en su lenguaje sobre las pérdidas, sobre la muerte de los seres más queridos. Y por eso ambos permanecieron mucho rato en silencio, sin apetito. La duda, la total incertidumbre, se había elevado sobre ellos mismos, sobre el techo del establecimiento y sobre toda la ciudad. Desde allí veía a todos con ojos despiadados. Algo así sintió Eugenio por dentro, un rato después de las palabras de Vicente, y luego sólo la certeza incierta de Dios y la necesidad de orar los recorrió, como si recorriera un prado cubierto de flores amarillas bajo un clima nublado.

El joven, un poco tambaleante, pidió la cuenta. El cajero se la trajo y ambos comenzarona hablar muy cerca. Ponían sus dedos sobre los dígitos en el papel, y el muchacho le hacía señas hacia el bolsillo roto de su pantalón. Vicente, un poco nervioso al otro lado, en seguida vió la escena. Y le hizo señas al camarero, como de mano invisible firmando un papel invisible en el aire. Este se acercó y le preguntó frente a Eugenio, en perfecto español:

-¿Está seguro?

Y Vicente sólo movió la cabeza de arriba a abajo con los ojos cerrados. El mesero se fue y en la barra le susurró algo al joven en la oreja. Este volteó hacia la mesa de los dos viejos poetas y con una mirada endurecida hizo un gesto apenas perceptible de agradecimiento. Se fue y los poetas quedaron junto a su vasos, viendo cómo se marchaba por la puerta que dejaba sonando en el aire unas diminutas campanas.

Al rato llegó el mesonero y les preguntó si querían ordenar algo de comer.

-No, la verdad no tengo hambre -respondió Vicente.

-Yo tampoco -agregó Eugenio-, sólo la cuenta.

El hombre en la silla de enfrente perdió de nuevo el equilibrio en su columna cuando el mesonero pasó de regreso a su lado para buscar la cuenta. Luego, Vicente y Eugenio pagaron en efectivo, y se retiraron del local. Hasta el carro caminaron en la total penumbra del estacionamiento, y Eugenio le dijo a Vicente:

-Lo siento mucho.

-Ya sólo hay que orar -respondió Vicente, haciendo sonar la alarma del carro.

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Miguel Chillida (Caracas, 1991). Ha sido estudiante en la Escuela de Letras de la Universidad Católica Andrés Bello -donde comenzó a escribir poesía en el taller que dirigía Miguel Marcotrigiano- y en la Escuela de Letras de la Universidad Central de Venezuela. Escribe ensayo, poesía y narrativa, pero también se interesa por géneros periodísticos como la entrevista. Sus trabajos de investigación están encauzados hacia la lectura de los textos literarios y sus relaciones con otras ramas del saber y, en definitiva, de la vida. Inéditos permanecen relatos, ensayos y un libro de poesía titulado Anécdotas. Actualmente reside en Montréal.

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