Another lucky night in Caracas, por Emmanuel Ferreira (Venezuela, 1995)

Johan Thörnqvist

Johan Thörnqvist

¿Qué hago en esta mesa? Rodeado de botellas de ron y vodka que no pagué yo, y que no podría pagar. El guardaespaldas me habla de su familia y de su vida en el barrio, antes de ser la niñera de este par de empresarios veinteañeros llenos de cocaína hasta el techo. Hace una hora, fumaba un cigarro escuchando algo sobre universidades de Estados Unidos y la economía de la Unión Europea. En un salón de fiesta en lo más alto de Terrazas del Ávila, entre desconocidos y reggaetón. Es mi primera vez en Holic. Entré acompañado por un chivo que nos pasó al VIP, luego de cruzar Caracas en un Volkswagen del 98 en la parte de atrás con seis panas. El sonido de los baches musicalizaba la travesía a través de la peligrosa noche de este viernes caraqueño.

            Alcohol gratis en una discoteca, ¿por qué no? Paseo por las mesas y la pista, queriendo acercarme a una mujer, ver lo que hay detrás de su maquillaje, tal vez un beso y un baile pegadito, pero yo no sirvo para eso. Armando se desmayó en la mesa. “Dale coca, eso lo levanta en un segundo” me dice el ecuatoriano que acabo de conocer y en el que no confío, él trata de exhibir su masculinidad, pero sus vibras homosexuales me confunden con tanto ron en las venas. “Luego de esto, nos buscamos unas putas en el Tamanaco” putas; ya va, yo no voy pendiente. El equipo de tipos que parecen sacados de la cárcel vigilando a sus clientes, tomándose su curda, engañando a las mujeres. Dinero, Los Roques, yates, dólares, cacao, plátano, eso es lo que logro retener de conversaciones que escapan a mi moral y entendimiento. Por qué estos panas le brindarían todo esto a un grupo de carajos desconocidos es algo que me desconcierta. No importa, luego de una cierta cantidad de tragos ya no te cuestionas nada. Ella viene, se sienta, se toma un par de tragos, un beso y adiós. Ella no es una mujer; son varias mujeres. Cualquier mujer de este antro que se acerque a la mesa bajo el cielo nublado de tanto humo.

            Como fantasmas, los dos carajos se desvanecen por la puerta trasera junto a su séquito. Me despierto en un sofá al lado de la mesa, con todo lo que dejaron. Cierto, las putas, debe ser eso. Nos bebemos todo lo que hay antes de que alguien venga a preguntar o cobrarnos la cuenta. Ya el sol salió, con su luz y pesadez metiéndose entre mis huesos. Nos subimos al poncho a duras penas, buscando cualquier lugar para comer algo antes de desmayarnos en nuestras camas. Las Mercedes, El Cafetal, Chacao, nada de nada. Decido fumarme un cigarro en la acera antes de entrar, tratando de entender la noche, intentando descifrar las caras y los recuerdos para sentarme a escribir esto. Pero no sé si se puede relatar una noche que nació del azar, del impulso, transcurrida en un alto nivel de ficción. Una noche comprada con dinero manchado de sangre y lágrimas. Ese dinero que no habla, si no susurra, y te marea hasta devolverte el estatus de don nadie que eras 5 horas antes, que siempre has sido. “Hermano, cuando llegué a la casa me di cuenta que me cortaron los frenos del carro y la manguera de la gasolina” leo en la pantalla de mi celular. Nada es gratis en esta vida, pero esta vez Caracas nos sonrió de vuelta.

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Emmanuel Ferreira (Venezuela, 1995). Estudiante de Letras en la UCAB. No tan fiel admirador de los Hermanos Coen, Charlie Kaufman, David Fincher y Lars Von Trier. A veces fotógrafo, a veces un intento de periodista. Consumidor de comida chatarra y literatura venezolana. Colaborador de El Ucabista, y del Fanzine Canibalismos.

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