El demonio de neón (2016), de Nicolas Winding Refn: el cuerpo que no existe; por Maikel Ramírez

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El demonio de neón
(2016), de Nicolas Winding Refn: el cuerpo que no existe

“He used to do surgery for girls in the 80’s
But gravity always wins”
(Radiohead: Fake plastic tree)

    Hacia los capítulos finales de su brillante ensayo ¡Divinas!: Modelos, poder y mentiras, la exmodelo Patricia Soley-Beltran anota que llegó a reconocer con melancolía que nunca se convertiría en la Gilda encarnada por la actriz Rita Hayworth, puesto que, como la Claudia Schiffer de las revistas, no era más que una imagen construida. De manera similar, ella misma se había convertido para otros en un ideal con el que nada tenía que ver. No requiere mayor esfuerzo reconocer en estas líneas la cosmovisión que subyace tras los personajes y las acciones presentes en el nuevo filme del director danés Nicolas Winding Refn, El demonio de neón, en el que, como en el caso de Soley-Beltran, el elemento que articula los deseos es un cuerpo que no existe.

   Nicolas Winding Refn nos introduce de inmediato en el mundo de la moda, donde Jesse (Elle Fanning), quien acaba de llegar a Los Ángeles con la aspiración de convertirse en modelo, pues se sabe hermosa, comienza un vertiginoso ascenso al éxito, la fama y, por descontado, la riqueza. En adelante, presenciaremos la transformación de Jesse y su derrumbe final a manos de compañeras del oficio que se alimentarán con su carne para hacerse de su belleza y de su juventud.

   En El demonio de neón, no hay personajes inocentes, pues todos persiguen o sucumben ante el cuerpo inexistente, cuerpo ideal que circula en la cultural, que configura el deseo de los individuos y que ha devenido una aspiración para ser un cuerpo reconocido, un cuerpo que cifre la verdad. Con todo, dicho cuerpo abstracto no es inmutable, sino que, por el contrario, se encuentra en perpetua transfiguración en nuestras sociedades de consumo. En términos de intertextos fílmicos, digamos que este cuerpo asemeja a Ese oscuro objeto del deseo, de Luís Buñuel, tanto más cuanto que el objeto del deseo, por mucho que el sujeto se esfuerce, siempre resultará una materia esquiva.

   Contemplados bajo esta luz, los personajes de El demonio de neón se muestran como claros símbolos de la red tejida alrededor del antedicho ideal: Ruby (Jena Malone), la mujer de oficio mediocre y que desluce en ese ambiente de belleza y glamour; Hank (Keanu Reeves), el hombre que abusa de los cuerpos de cuantas jovencitas aspirantes a fama desfilan por su  motel de mala muerte; Roberta (Christina Hendricks), Jack (Desmond Harrington) y Robert (Alessandro Nivola), quienes ven al cuerpo con la objetividad y el cálculo que demanda un producto que se pondrá en el mercado y quienes se muestran déspotas feroces; Dean (Karl Glusman), joven que idealiza la belleza al punto de creerla inherentemente vinculada a la virtud; las modelos Sara (Abbey Lee) y Gigi (Bella Heathcote), mientras que la primera está consciente de que el tiempo se pone en su contra, la segunda somete su cuerpo a repetidas intervenciones quirúrgicas. En cualquier caso, ambas están dispuestas a traspasar cualquier límite con objeto de alcanzar el cuerpo perfecto.

   Desde luego, Jesse es el personaje que simboliza plenamente la búsqueda por el cuerpo que no existe. Venida de un pueblo de Georgia, aspira a ser una modelo, pues sabe que es hermosa, pero sin ningún talento: “no puedo cantar, no puedo bailar, no puedo escribir”, ni siquiera terminó sus estudios de secundaria. Cada pequeño éxito que Jesse obtiene es acompañado con una sonrisa maliciosa y una mirada desafiante. Su transformación final ocurre cuando se le encarga cerrar el desfile de modas. Allí, Nicolas Winding Refn nos permite entrar en la mente de la joven modelo, espectáculo visual en el que la perfección geométrica de un triángulo y la del cuerpo se transforman en un templo y en la figura endiosada de Jesse, respectivamente. La joven modelo no hace más que deleitarse en sí misma, pues su reflejo se encuentra a cada lado. Su creciente narcisismo lo manifiesta en ralentizados besos a su propia imagen en los espejos, lo que  anticipa el consumo del cuerpo del que será víctima más adelante. De acá, Jesse saldrá con la idea de que las otras modelos aspiran a ser igual que ella.

   Como se aprecia, la ingenuidad de Jesse al profesar que encarna el ideal final que las demás modelos anhelan y su asesinato por el trío Gigi-Sara-Ruby, con el propósito de comer de su carne y bañarse en su sangre para embellecer sus cuerpos, no son más que caras de una misma moneda. Ninguna de ellas puede escapar de la torpe creencia de que existe un cuerpo absoluto. Narcisismo, vampirismo y canibalismo, por consiguiente, no son más que callejones sin salida por haberse tomado muy a pecho lo que solo es un breve tránsito, sobre todo en la dinámica cambiante y caprichosa de la moda.

   Algunos críticos han señalado que Winding Refn muestra a la belleza como un asunto dañino, pero convenir semejante idea sería excesivamente reductivo, ya que, como se ha hecho notar, el asunto central es el cuerpo inexistente, que, a fin de cuentas, no viene a ser lo mismo. En una palabra, el director danés acusa un ideal inalcanzable, que al tiempo que legitima a unos cuerpos a otros les resta importancia. Esto, por supuesto, termina convirtiéndose en una fábrica de acomplejados y deprimidos de la sociedad, o, como lo plantea el filósofo surcoreano Byung-Chul Han, en un reservorio de cuerpos agotados y frustrados tras el excesivo rendimiento y el esfuerzo (dietas, ejercicios, cosméticos, etc) por alcanzar el ideal, como bien lo ejemplifican Sara y Gigi, quienes, a pesar de ser muy jóvenes y hermosas, se sienten viejas y disconformes con sus cuerpos sanos y esculturales.

     Durante La semana de la moda de Milán en 2007, nos cuenta el filósofo Jacques Ranciѐre en El espectador emancipado, el fotógrafo Oliviero Toscani mostró un afiche que contenía la imagen de una joven anoréxica. Aunque polémica, una imagen intolerable como esta, a juicio de Ranciére, ayuda a configurar nuevos sistemas de aquello que puede ser visto, escuchado y pensado. A mi parecer, El demonio de neón con sus deslumbrantes construcciones visuales, sus vigorosos silencios comunicativos y, ante todo, su dimensión sórdida nos recuerda que existen otros cuerpos que importan.

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