Traficantes de sueños (2008), de Alex Rivera: el cuerpo y el muro; por Maikel Ramírez

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“La clave de una tecnología exitosa consiste en convencer a los adictos
de que en ella late el futuro, que su sola aparición contiene la disolución inexorable de sus enemigos”

(Pola Oloixarac: Las constelaciones oscuras)

  Desde los inicios de su campaña por la presidencia de Estados Unidos, el magnate y candidato republicano Donald Trump no ha dejado pasar ninguna oportunidad en la que pueda endosarle a los mexicanos parte de los problemas económicos y sociales que padece la nación norteamericana, por lo que ha prometido endurecer las políticas de inmigración con su vecino sureño. De hecho, quienes apostaban a que Trump cedería un poco de terreno en los debates presidenciales televisados mundialmente han encontrado una inflexibilidad pétrea ni siquiera disimulada. Así, como suele ocurrir debido a sus atributos inmanentes, la ciencia ficción ya se ha anticipado al problema de los cuerpos migrantes y el muro que los contiene, como paradigmáticamente lo escenifica el filme cyberpunk Traficantes de sueños, del director mexicano Alex Rivera.

    El argumento del filme nos instala en el distópico estado mexicano de Oaxaca, donde una corporación ha pasado a controlar el agua de la que se nutrían los pobladores de la zona, quienes ahora deben pagar un alto precio por ella. En esta atmósfera opresiva, el joven Memo (Luís Fernando Peña) se divertirá por las noches interceptando frecuencias radiales hasta que la compañía trasnacional capture su señal y sospeche que se trata de una actividad terrorista, por lo cual enviará sus drones para que exterminen a los supuestos insurrectos ante una transmisión televisiva en vivo. Tras la muerte de su padre en el ataque, el muchacho se movilizará hasta Tijuana donde, como tantos otros  jóvenes cuya perspectiva de futuro ha sido desintegrada, conseguirá que su cuerpo sea conectado para que desde allí pueda trabajar en Estados Unidos por medio de robots, pues las políticas de inmigración estadounidenses han recrudecido y, por supuesto, han sido reforzadas por medio de un portentoso muro a lo largo de su frontera. En adelante, Memo, en compañía de otros personajes, se rebelará  para devolverle a su gente el líquido del que fueron despojados y, es obvio, la vida digna.

     Traficantes de sueños nos pone ante lo que el estudioso de la ciencia ficción Michael Philips estima como una de sus característica distintivas, como resultan ser las reconceptualizaciones que operan en obras del género a causa del cruce entre la humanidad, la ciencia y la tecnología en coordenadas de espacio y tiempo, por lo general, adelantadas a nuestra época. En la visión distópica que ofrece el filme de Rivera,  se puede identificar la reconceptualización del ‘sueño americano’ como una narrativa cultural que los extranjeros pueden realizar al controlar un robot en alguna ciudad de Estados Unidos, mientras que sus cuerpos permanecen y son explotados en sus países de origen. Otro de los conceptos resemantizados es el del coyote, término metafórico con el que se denomina a la persona que ayuda a que los inmigrantes penetren el territorio norteamericano de manera ilegal,  como se retrata en el reciente filme Desierto, del mexicano Jonás Cuarón, cuya problemática se centra en el implacable empeño de un xenófobo (Jeffrey Dean Morgan) por cazar a un inmigrante (Gael García Bernal) luego de haber exterminado la mayor parte del grupo con el que viajaba por el desierto. Un ‘coyotek’, en cambio, es aquel que instala nodos en el cuerpo de los nuevos inmigrantes para que laboren en Estados Unidos y rindan eficientemente vía red.

    Si la ciencia ficción, a fe de Susan Schneider, comporta un experimento mental, mantengamos que Traficantes de sueños proyecta e hiperboliza uno de los problemas que, según lo conjeturan diversos estudiosos de la materia, apunta a agravarse en las próximas décadas, como consecuencia de los conflictos bélicos y de Estados canallas que impulsan el desplazamiento de cientos de miles de sus ciudadanos hacia países que aseguran mejores de condiciones de vida. Ejemplar de esto es Venezuela, donde algunas organizaciones calculan que la población migratoria alcanza cerca de 2.000.000 de personas, por razón de la escasez, el desabastecimiento, la inseguridad, la inexistencia de servicios básicos, entre otras condiciones de precariedad y miseria. Respecto a la actual situación de los refugiados en Europa, por poner otro caso, el filósofo Slavoj Ẑiẑek se muestra firme cuando señala que, aun cuando la solidaridad global sea una utopía, se debe luchar por ella por el equilibrio y la seguridad mundial.

    El filme de Rivera, por lo demás, hace posible las ideas sobre los dispositivos de control y vigilancia líquidos que el sociólogo Zygmunt Bauman ha llamado ‘banópticos’, es decir, aquellos que seleccionan y excluyen como fases previas al control y a la vigilancia: “los dispositivos panópticos y sinópticos se ponen en marcha una vez la labor de limpieza del terreno de los ‘banópticos se ha completado”. Adicionalmente, el filme ejemplifica la advertencia que hace Francis Fukuyama con relación a la biotecnología, pues, ya se habrá notado, los cuerpos de estos migrantes son vaciados de su energía más honda y vital, la genética. Se trata, entonces, de la absorción más intensificada de la masa de cuerpos trabajadores.

    Con motivo de la celebración de los doscientos años de la independencia de Estados Unidos, Isaac Asimov compuso una de las obras más hermosas y fundamentales de la ciencia ficción: El hombre bicentenario. Este cuento, que narra el periplo del androide Andrew en la consecución de su estatus humano, representaba las luchas de todos aquellos grupos que vivían en una nación que los marginaba aun cuando dos siglos atrás había alcanzado su independencia de Inglaterra por las mismas razones. El filme Traficantes de sueños, sobra remarcar, participa de un alegato análogo.

 

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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