Mi proyecto de Sexto Grado, por Sofía Mirabal (Venezuela, 1988)

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Joe Webb

Cabello alisado, labios rojos, vestido corto, medias negras. Un poco de perfume detrás de las orejas y en las puntas del cabello (ligero efecto para que cuando gire, se desprenda el aroma). Suena mi teléfono. No eres tú. Es viernes y estoy en Buenos Aires. Recuerdo que no compartimos el mismo punto geográfico (Estamos a siete horas de vuelo aproximadamente).

Tampoco coincidiremos en algún evento social. Puede que accediendo a tus perfiles en redes sociales, alguna foto o estado me permitan concluir acerca de cómo estás. De hecho, me gustaría preguntarte ¿Cómo estás? Porque sería un cómo estás sincero, no de esos que uno pregunta por costumbre o por educación, aunque realmente no nos interese. Quisiera saber de verdad cómo te va. Si el trabajo que haces te permite al menos alimentarte bien. Sé que la situación está difícil y que cada día empeora un poco más. Por eso, quizás piense que sería un poco irrespetuoso hacerte cualquier pregunta que se refiera a tú contexto económico-político y social.

A veces me pregunto porqué sigues ahí. Puede ser que tengas esa fe, que yo perdí hace mucho tiempo, esa fe que nació con aquel proyecto de vida que me mandó a hacer la maestra de orientación en sexto grado. Recuerdo que todos los profesores nos decían que para poder ser alguien en la vida, teníamos que estudiar y graduarnos. Ahora, pienso que desde que nacemos ya somos alguien en la vida. Sin embargo, dentro de mi ingenuidad hice caso y me gradué. Así como se graduaron muchos de mis compañeros de Ingenieros, periodistas, odontólogos, diseñadores, profesores, arquitectos, publicistas, abogados y pare usted de contar.

No obstante, a los profesores se les olvidó decirnos algo muy importante: Se les olvidó decirnos que aunque fuésemos profesionales, dependíamos principalmente del gobierno de turno. Se les olvidó contarnos que los proyectos profesionales y los sueños por cumplir podían ser estafados y aniquilados. Que aunque tuviésemos dos trabajos, era muy probable que tuviéramos que hacer una cola de ocho horas para conseguir con suerte un kilo de pollo a un precio accesible. Qué debíamos evitar enfermarnos, porque la escasez de medicamentos podía acabar rápidamente con nuestras vidas. Y que más temprano que tarde, íbamos a terminar regados por el mundo, con las ilusiones fragmentadas y la gran mayoría de los títulos guardados en la maleta. Se les olvidó decirnos que el aeropuerto iba a ser un lugar de despedidas y que nuestros padres tendrían que vivir extrañándonos.

Uno de mis sueños en aquel proyecto, fue recorrer el mundo. Visitar los países más conocidos por mí en aquel tiempo: Estados Unidos: Quería ir a Disney. Francia: Quería conocer la Torre Eiffel. Egipto: Quería conocer a los faraones y a las pirámides. Ahora, mi proyecto de sexto grado se modificó. Mi sueño de recorrer el mundo se simplificó al retorno.

Sueño con regresar a la Venezuela donde crecí. Trabajar en mi área. No ser millonaria, simplemente poder vivir tranquila. Sin paranoias, sin toques de queda, sin una inflación asfixiante, sin la inseguridad devorándonos y sin el descaro de los políticos en cadena nacional. Que mientras nos dicen que “al imperio ni agua”, ellos tienen una camisa con el logo de Adidas en el costado y a sus familiares haciendo mercado en Miami.

Por otra parte, también me quería casar de velo y corona, luego de la graduación de la universidad. Simplemente a nadie se le ocurrió proponérmelo. Soñaba con un anillo y ese momento especial que llegaría a mis veinticinco años. También soñaba con rosas y mariachis. Ahora simplemente no sueño. Esos no son sueños, son ideas que nos trasplantan como sueños para seguir el orden social. Yo quería seguir ese orden.

Y estás tú. El hombre que no soñé. Con todas las complicaciones que tampoco me explicaron los profesores. En otro país. Regalándome likes de vez en cuando que me desestabilizan el día. Comunicados desde un portal que grita silenciosamente. Sin dirigirnos la palabra, sin saludarnos. Simplemente distanciados en tiempo y espacio. Como siempre tuvo que ser.

Me despido, pero esta vez de verdad. Bloqueándote de todas mis redes. De mis cartas, de mis poemas, de mi proyecto. Porque cuando el proyecto se modificó, tú también fuiste parte de eso. Porque hoy es viernes otra vez y no te veré. Porque el perfume que me puse, lo compré para que pudieras olerlo tú y el labial que cargo, te quedase impregnado en la boca. Sin embargo, nuevamente no estás.

Tampoco podrás enloquecer con el vestido corto y las medias de encaje, porque tú no te quisiste ir del país y yo no me quise quedar.

En el colegio nunca existió una materia llamada “Decisiones”.

Queridos profesores, gracias. Espero que a la generación que viene, no les hagan hacer proyectos de vida irreales y que comiencen por los principios básicos de explicar que la vida no es una secuencia de acciones programadas, sino un suceso de cambios que muchas veces no tienen explicación. Gracias por toda la verborrea de la biología, las matemáticas (que de todo el tiempo que me hizo perder, hoy sólo sumo, resto, divido y multiplico) y la contabilidad. Gracias por no enseñarnos como afrontar la muerte de un ser querido, la nostalgia, el exilio y los amores imposibles. Gracias por no enseñarnos a convivir en un mundo real. Pero sobre todo gracias a aquella profesora que me mandó de tarea, realizar un proyecto de vida cuando estaba en sexto grado y me calificó con veinte puntos.

 

***

Sofía Mirabal (Venezuela, 1988) me quité los títulos cuando entendí que ya no me servían de nada.

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