Los 43 de Iguala, México: verdad y reto de los estudiantes desaparecidos (2015), de Sergio González Rodríguez; por Maikel Ramírez

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“Así pues los muchachos fantasmas cruzaron el
valle y se despeñaron en el abismo”
(Roberto Bolaño: Amuleto)

Semanas atrás, el presidente venezolano Nicolás Maduro manifestó en cadena televisiva que, en ocasiones, le provocaba lanzar corruptos desde un helicóptero. Sus ojos destellantes de gozo y la sonrisa ladeada antes las cámaras preocuparon por dos razones: que su metamensaje iba dirigido a la oposición, pues en su ideología monolítica y determinista un opositor es alguien deshonesto por naturaleza y, no menos grave, que sus palabras refrescaban las imágenes de las prácticas más siniestras de las dictaduras latinoamericanas. Un poco después, Maduro anunciará la renovación de las OLP (Operación Liberación del Pueblo), a las que se unirá la letra ‘H’ de humanismo. Con insuperable acrobacia eufemística, habló entonces de “percances” en referencia a  lo que han sido probadas masacres ejecutadas en diversas regiones de Venezuela, como, entre otros defensores de los derechos humanos, lo ha denunciado la diputada Delsa Solorzano, quien ha recogido las voces de las madres de las jóvenes almas desaparecidas durante estos dudosos operativos para combatir la delincuencia. Así pues, atendemos el reto que nos hace el escritor Sergio González Rodríguez según el cual historias como la de los 43 estudiantes normalistas masacrados en México el 26 de septiembre de 2014 se repiten en otros lugares del mundo. Puntos de contacto de esta naturaleza, a no dudar, nos instan a leer su valiente crónica Los 43 de iguala, México: verdad y reto de los estudiantes desaparecidos, publicada por la editorial Anagrama.

Para muchos lectores, conectar el nombre de este escritor mexicano con este tipo de disecciones a una realidad enrevesada y dolorosa no es una tarea difícil. Sus investigaciones, por recordar un ejemplo ostensible de su influjo, van y regresan en cada página de la parte de los crímenes de la novela 2666, del escritor Roberto Bolaño, pues le presentaron a este los más completos pormenores, al igual que una reflexión hipodermíca sobre las brutales violaciones y asesinatos de mujeres en Ciudad Juárez, lo que, estrictamente adhiriendo la terminología de González Rodríguez, podemos denominar  ‘maquina del feminicidio’.

Hablando de términos o, más específicamente, de neologismos, y aun cuando el diccionario de la Real Academia Española no lo registra hasta donde sé, el concepto ‘juvenicidio’ que nos ofrece esta crónica, y que nos recuerda a la honesta y desesperada búsqueda de Martín Caparrós por nombrar el horror en su vital crónica El hambre, nos permite pensar desde un amplio marco conceptual la masacre sufrida por los 43 estudiantes normalistas de Iguala la noche del 26 de septiembre de 2014. Dicho de una vez, existe juvenicidio allí donde, por acción u omisión, los Estados trituran los sueños de  los jóvenes por un futuro mejor: la pobreza, el desempleo, el crimen, las drogas, la injusticia, la exclusión,  la explotación sexual y la economía informal son parte del deprimente horizonte al que son condenados millones de jóvenes en el mundo, la irreverente consigna “No future!” de los punketos Sex Pistols hecha carne. Sostiene González Rodríguez que el juvenicidio se pone en marcha, convengamos en subrayar, con el simple ataque a las universidades o su total destrucción. Las siguientes líneas exponen con claridad lo que encaran los jóvenes en el estado de cosas actual:

“También están sujetos a la posibilidad de autodestrucción. Los jóvenes enfrentan la disyuntiva de la legalidad o la ilegalidad, ya que la opción del voto como instrumento de participación o cambio se muestra precaria bajo la sombra del nuevo autoritarismo encubierto de tres pilares: una democracia formalista y ciega ante lo sustancial, que protege reformas ajenas a una deliberación cabal y apoya francas contrarreformas; la tendencia habitual a sostener <<estados de excepción>> como recurso de gobernabilidad, y legitimación mediática a través de poderes monopolísticos de los negocios de la comunicación masiva, que dominan la práctica y el discurso políticos, y lo hacen a partir de la uniformidad de la versión oficial y la propaganda basada en <<percepciones positivas>>, mientras las redes sociales se conforman con ser una válvula de escape a la usanza de una oclocracia, un gobierno de la muchedumbre o de la plebe, según el diccionario, reducida a un número de caracteres en una pantalla interconectada con el mundo virtual.”

La historia de aquellos 43 estudiantes de la escuela rural de Iguala es emblemática  de las nefastas consecuencias que padecen los jóvenes al reclamar los derechos por mejorar sus vidas precarias. Sus cuerpos torturados y quemados con la  clara intención de borrar cualquier recuerdo de su existencia pertenecen, nos informa González Rodríguez, a viejos métodos ejecutados por policías y sicarios mexicanos. Lo que agrava el caso de los estudiantes normalistas es la acción coordinada de miembros del gobierno, las fuerzas policiales del Estado mexicano y el grupo delictivo Guerreros Unidos. Según la secuencia de eventos, José Luís Abarca, Presidente municipal del Estado de Guerrero y su esposa María de los Ángeles Pineda, ambos conectados con Guerreros Unidos, habrían ordenado a la fuerza policial que detuvieran  los autobuses que llevan a los estudiantes normalistas. En el acto, algunos habrían sido asesinados por el fuego abierto por la policía. Tras torturas, los estudiantes fueron entregados al grupo criminal para que procedieran a ejecutarlos y quemar sus cuerpos para eliminar las pruebas del crimen.

La inmersión de González Rodríguez en la masacre de los estudiantes de Iguala nos permite conocer que la violencia ha sido moneda corriente en esta región mexicana (“…durante los setenta <<salían aviones con cadáveres y personas vivas para ser tiradas al mar…”), sobre todo desde que el Estado mexicano emprendiera la guerra contra el narco en 2005. Desde entonces, el exterminio, las desapariciones forzosas y las fosas comunes han marchado campantes por la región, al punto que han disminuido las denuncias, lo que ha llevado al Gobierno a mostrarse triunfante ante la ilusoria disminución del crimen.  Desde luego, este crecimiento exponencial se arropa con el manto de la impunidad. En lo que toca al caso de los estudiantes normalistas, el gobierno encabezado por Enrique Peña Nieto se mostró indiferente desde el principio a pesar de que todo apuntaba al concierto de jerarcas del gobierno, fuerzas del orden del Estado mexicano y grupos criminales. Peor aún, se descubrirá que el gobierno ocultó información clave, que forzó la evidencia para que se acoplara a la versión oficial y que se aprovechó de la situación al simular  la captura de Abarca en un estado gobernado por un militante del partido opositor PRD. La ruptura entre el gobierno y las familias de las víctimas alcanzó tal desgaste que estos acudieron al jefe de otro grupo criminal para que investigara qué había pasado con los jóvenes desaparecidos.

Pero Sergio González Rodríguez no es un escritor que haga concesiones y esta no es una excepción. Será tajante: “Debo hablar de lo que nadie quiere ya hablar. Contra el silencio, contra la hipocresía, contra las mentiras, habré de recordarlo”. La primera verdad incómoda que desnuda es la de sectores izquierdistas que se aprovechan de las acciones de los luchadores estudiantiles de las escuelas normalistas o de lo que resulte de ellas. Igualmente, hablamos acá de excesos que, al margen de los justos reclamos, acusan un deterioro en la percepción que la población tiene de los jóvenes. En opinión del escritor mexicano, este tipo de impunidad se afianza bajo la luz del dogma izquierdista que reza que cualquier crítica solo ayuda a la derecha. Otro punto que debate el escritor mexicano es la participación de Estados Unidos en la masacre del grupo de estudiantes, con base en su semejanza con operaciones paramilitares y de contrainsurgencia llevadas a cabo en Centroamérica, y en el tráfico y ventas de armas que proliferan en la región.

Del resto, el registro lingüístico de Los 43 de Iguala combina concisión, tintes irónicos  y un lirismo tan penetrante como desolador, como cuando trata de recrear la infausta noche de la masacre: “Unos corren, otros tropiezan en un charco, el fango espeso, y caen de rodillas, o se detienen ante la muerte inminente. Y en la boca de todos la sed de lo irreversible en medio de la neblina gris que absorbe ruegos y sollozos”.  Nada como este compuesto de elementos y los consejos finales para  que haga cuerpo su observación inicial de que la escritura posee la cualidad de sondear la perversidad que pretende hacerse invisible.

El escritor italiano Niccoló Ammaniti cuenta en su novela distópica Anna la historia de un virus que en el 2020 ha exterminado a la población adulta del mundo, pues afecta sólo a aquellos humanos que ya puedan procrear. Seguimos entonces a la pequeña Anna y a su hermanito Astor por un periplo que acabará en Calabria sin mayores esperanzas. Aventuras y diversión apartes, lo tierno y trágico de estos personajes es que, sin saberlo, ya están muertos, porque que sin poder alcanzar la edad adulta se hace imposible que desarrollen herramientas o medios para curarse. Este es uno de los temas que el libro pone de relieve: los adultos deben cuidar de los jóvenes para la propia sobrevivencia humana.

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

 

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