Swing frente al nazi: el jazz como metáfora de la libertad (2016), de Mike Zwerin, por Maikel Ramírez

 

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Hasta ahora, el jazz le ha servido al cineasta norteamericano Damien Chazelle para metaforizar la libertad del individuo en diferentes matices. El reciente musical La la land, por ejemplo, cuenta la resistencia de Sebastian (Ryan Gosling) ante las nuevas tendencias del jazz , pues amenazan con desintegrar el espíritu salvaje y espontáneo de los viejos tiempos. Sin embargo, habrá un precio que pagar que terminará resolviendo el filme con una ambigüedad como la que encontramos en Whiplash, pieza en la que, aunque superficialmente la turbulenta relación alumno-maestro se ofrece superada, lo incómodo se instala definitivamente cuando presenciamos el desborde y la interdependencia del par contrapuesto libertad/autoritarismo, que prevalecen cuando las miradas satisfechas de alumno y maestro indican, resumo la tesis desconcertante, que el camino al genio solo podía ser transitado de la mano del inflexible y sádico maestro Fletcher, personaje encarnado por el imbatible J. K. Simmons. La crónica Swing frente al nazi: el jazz como metáfora de la libertad, escrita por el músico y crítico Mike Zwerin, y publicada por  Es  Pop Ediciones tras su publicación original y más breve en 1985, nos lleva a la Alemania del Tercer Reich, donde el jazz también fue entendido como una manifestación de la libertad humana.

Dice el escritor mexicano Juan Villoro que la crónica es el ornitorrinco de la prosa. A no dudar, la que nos presenta Zwerin puede reclamar esta denominación en razón de su hibridación de crítica musical, recuento histórico, análisis político, entrevistas a víctimas y victimarios del nazismo y narraciones de episodios íntimos que se desarrollaron en el terreno de muerte que Hitler iba dejando tras de sí con cada conquista del nazismo. Zwerin concibe este libro como la búsqueda de su Rosebud personal, semejante a aquel trineo que recordara Charles Foster Kane al momento de morir en el clásico filme El ciudadano Kane, del director Orson Welles. Apurémonos, ahora, a señalar que Zwerin escava en el tiempo en que el jazz era “joven y pobre”, pero disfrutaba de plena felicidad y, sobre todo, de una libertad que correrá el riesgo de ser triturada por el nazismo.

Análogo a la abominación del nazismo por el arte contemporáneo, manifestada de manera atroz en la exposición de Munich de 1937 sobre Arte Degenerado, el jazz sufrirá el desprecio y la censura, pero no sin antes, cómo no esperarlo, ser objeto de etiquetas hechas a la medida de sus inquisidores, tales como música “negrojudía” o “música de la selva”. Respecto a este lenguaje, el lingüista, y víctima directa del nazismo, Victor Klemperer nos dice en su conocido diario La Lengua del Tercer Reich que los nazis acostumbraban anteponerle el prefijo ‘judeo-’ a todo lo que querían estigmatizar, al igual que usaban metáforas de animales con el mismo propósito o, peor aún, para enmarcar  la perpetración de actos violentos, como sucedía cuando hablaban de “incursiones nocturnas”. Notemos, entonces, la asociación de ‘negro’ con lo que los nazis consideraban sus enemigos directos, los judíos, y, por otro lado, una metáfora que indirectamente llama a los negros ‘monos’, expresión coherente, por lo demás, con la idea de supremacía de la raza aria.

Los comentarios del filósofo y crítico literario venezolano Luís Miguel Isava a su traducción del influyente ensayo La obra de arte en la época de su reproducibilidad técnica, obra que legó Walter Benjamin a pocos meses de estallar la Segunda Guerra Mundial, merecen nuestra más atenta lectura, pues mucho nos pueden aclarar para entender el peligro que, al menos, los nazis intuían que palpitaba en el jazz. Para Isava, el ensayo enfoca lo que él ha profundizado y extendido con el nombre de ‘protocolos de experiencia’. En una palabra, no solo apreciamos el arte, sino que este puede reconfigurar nuestra  forma de experimentar tanto el arte mismo como el mundo. De vuelta a Benjamin, el cine comportaba un potencial emancipador contra el aburguesamiento de las expresiones del arte clásico y, en especial, se levantaba como un contrapunto al fascismo, cuya vertiente artística, el futurismo, se preocupaba por ‘el arte por el arte mismo’, pero no por la transformación del proletariado.

Si añadimos a lo anterior las ideas del campo de las ciencias cognitivas según las cuales las experiencias corporales y culturales constituyen nuestro sistema conceptual, sabremos que el jazz, en efecto, representaba una clara antítesis a la maquinaria totalitaria nazi, nada podría ser más opuesto a las marchas militares, a la estricta disciplina impuesta por el gobernante, a la rigidez de las categorías de género de una sociedad patriarcal y a los discursos de raigambre nacionalistas (el jazzista gitano Django Reinhardt desafía abiertamente esta última prédica). En las palabras de varios entrevistados, el jazz contraviene las intenciones de control de los ideólogos totalitaristas y este anhelo de vida se convierte, inevitablemente, en un acto de subversión. Fijémonos en este extracto en el que se amplía la definición del jazz  y algunas de sus implicaciones:

“Cuando uno improvisa, se acostumbra a tomar decisiones por cuenta propia. Tienes un sonido especial que no se parece al de ningún otro. La espontaneidad equivale a la libertad. Fuerza las notas, estira el ritmo, niega el ritmo si te da la gana. Mientras tanto, la música totalitaria es marcial, de ritmo cuadriculado; hay que marchar al compás. Goebbles fue un maestro a la hora de dirigir a la gente y prohibió el jazz porque su instinto le decía que escuchar jazz era una mala influencia para los buenos nazis”

En más de una ocasión, Zwerin reparte anécdotas que pueden afligir, incluso, al lector más prevenido. Un ejemplo ilustrativo, por lo demás muy doloroso, es el de Ghetto Swingers, banda de judíos de la fortaleza Theresienstadt que los nazis convinieron en que formaran con motivo de una visita de la Cruz Roja. La idea era filmar un documental que mostrara la buena vida que tenían los judíos en el campo. Pues bien, apenas el equipo de la Cruz Roja se marchó los músicos fueron enviados a Auschwitz, donde algunos de ellos fueron gaseados tan pronto pisaron el campo de exterminio. La crueldad hacia los músicos se hace patente en estas palabras de un oficial de las SS: “Tocáis muy bien. Durante seis semanas tuvimos una maravillosa orquesta gitana. Ellos también eran buenos, pero salieron por la chimenea”. Esta crónica, la verdad sea dicha, es un genuino documento sobre la dignidad y la libertad humana. De allí que Zwerin  se interese por los conflictos raciales en otras regiones del planeta, como la Sudáfrica del Apartheid, donde, a juicio de Zwerin, se efectuaba un sistema de exclusión racial parecido al de la Alemania nazi.

Victor Klemperer escribió que la voz de Hitler, además de ruidosa, se escuchaba constantemente y hacía omnipresencia en la Alemania del Tercer Reich. Sabemos por diversas fuentes, por igual, que los nazis distribuyeron gratuitamente radios para que la población se embriagara al ritmo de los devaneos y las estridencias del Führer. Esto, por cierto, este uno de los temas que hace suya una de las obras maestras de Charles Chaplin, El gran dictador. La crónica de Mike Zwerin es, recalquemos, un tributo a todos aquellos músicos que arriesgando su piel lucharon por silenciar la inminente y pestífera voz de la muerte.

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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