Domingo de revolución (2016), de Wendy Guerra; por Maikel Ramírez

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Los objetos no declarados que pesan sobre los hombros de los venezolanos que se marchan al exilio, ya lo vio el escritor Héctor Torres, son los atributos que conforman la llamada venezolanidad. En especial, al escritor de la llamada trilogía de Caracas le interesan los rasgos que terminan incomunicando al venezolano de la diáspora. De igual manera, aunque las anteriores novelas de la escritora cubana Wendy Guerra tienen como piedra angular la identidad de una generación que ha crecido a la sombra de la Revolución Cubana, la cubanidad se manifiesta de manera más feroz en Domingo de Revolución, su reciente novela publicada por Anagrama.

Encontramos en este nuevo título a la joven poeta Cleo, quien en mitad del duelo por la muerte de sus padres en un misterioso accidente automovilístico recibe la noticia de que su poemario Antes del suicidio (claro guiño a Reinaldo Arenas) acaba de ganarse un importante premio literario de España, por lo que asiste pese a los obstáculos estadales para poder viajar al extranjero. En lo que sigue, Cleo deberá enfrentar las sospechas que recaen sobre ella intra y extramuros, cuando tanto el gobierno cubano como sus amigos exiliados la acusan de ser una espía del bando contrario, como se manifiesta en estas líneas en la que, como se suele decir, los extremos se unen: “sembrar la sospecha, dividir con pistas falsas, vencer con ayuda del rumor. No hay nada más parecido a un comunista  que un decepcionado del comunismo”. Con todo, para mayor desconsuelo, serán las formas de la cubanidad, esa forma de sentirse otro muy diferente, lo que determinará la desolación que cuelga sobre la poeta a lo largo de la historia, lo que reverberará al amparo del descubrimiento y la búsqueda estéril de su verdadero padre, un norteamericano ex revolucionario cuya identidad el gobierno norteamericano mantiene como información clasificada.

Hace menos de un mes,  disfruté de una magnífica disertación de la poeta venezolana Eleonora Requena que, entre otras cosas, discurrió sobre el erotismo y la escritura creativa en mitad de crisis políticas y económicas agudas. Pensé en los riesgos que la deserotización comporta contra los cimientos de una sociedad libre. Pues bien, Wendy Guerra en esta nueva obra eleva más que antes la erotización como una forma de sublevación contra el control político. Aquí va un extracto amplio en el que se expone con claridad el control al que se somete el cuerpo y la disciplina que se ejerce sobre este:

“Siempre he pensado que en ese no estilo germina una condición inconfundible: el desprecio a lo bello, al valor de lo contemporáneo y sus estremecedores y simbólicos cambios estéticos e históricos. Ese desprecio, esa glorificada y perenne postura verde olivo colectiva patenta lo <> y lo uniforme, personifica el <<to’s tenemos>> que nos diluye en la masa fortaleciendo nuestro ideal  de vida guerrillera, aplastando así cualquier atisbo de individualidad, delicadeza, toque personal o guiño de independencia visual.

El poder no necesita llevar nada caro, lo verdaderamente caro es poseer un país y despojarlo de cualquier estilo, también de la posibilidad de elegir su sentimiento estético. Durante más de cinco décadas la escasez emborronó el cuerpo y aprendimos a vestir con casi nada, con lo que pudimos heredar, reciclar, recuperar del naufragio”

Otro de los elementos habituales de la obra de Guerra que encuentra acomodo parejo en Domingo de Revolución es el de la comunicación. Desde los diarios íntimos de Todos se van y Nunca fui primera dama hasta la interpretación de mensajes desde planos sobrenaturales en la novela Negra, la escritora cubana ha hecho de la comunicación uno de los puntos rectores de su obra. Domingo de Revolución, por su parte, reluce por la paranoia a la que aludí arriba. Acá sobran los malentendidos y los significados escurridizos.  

Domingo de Revolución oscila entre la autobiografía y la metaficción, entre las angustias de la escritora y la inspección de la construcción de su obra. Un ejemplo nítido lo proporciona este fragmento en el que Cleo responde la pregunta sobre cómo un escritor cubano reconoce que ha sido censurado por su gobierno:

 “Los autores que no vemos publicadas nuestras obras a tiempo en nuestros países de origen, los autores que somos apartados del proceso cultural de los países donde nacimos, terminamos hablando con y de nosotros mismos, haciendo protagonistas a nuestros verdugos, terminamos lacrados como una caja fuerte, peleando con enemigos invisibles, escribiendo de esto mismo en todas las novelas, terminamos trabados en el elevador del miedo, rompiendo con todo lo que se comunicaba con otra realidad, la del resto de los mortales.”

Me parece que esta novela llega a ser más incisiva que todas las que Wendy Guerra había escrito antes. Acá la violencia, el biocontrol, la censura y el aislamiento que padece el personaje central alcanzan un grado superlativo. Su final, por lo demás kafkiano, trae a la mente el absurdo de la burocracia que el director Tomás Gutiérrez Alea retratara con precisión en su clásico filme La muerte de un burócrata.  Y qué puede ser más amargo que acompañarlo con estas palabras en boca de Cleo: “Sin Cuba no existo. Yo soy mi isla”.

***

Maikel Ramírez (Venezuela). Profesor en la Universidad Simón Bolívar (USB). Narro y escribo artículos sobre la literatura, la lengua, el cine, la música y otras cosas de la cultura. Textos míos han sido publicados en Letralia, Ficción Breve, Sorbo de Letras y en el suplemento cultural del diario aragüeño El Periodiquito.

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